Por Camilo Parada

Escribo estas líneas de forma desordenada, de la tripa y atravesadas inevitablemente, por las emociones, por mi vida, pido de antemano disculpas si a alguien le puede parecer tedioso formalmente este texto.

Hoy se cumplen 50 años del golpe argentino, estamos a 53 del golpe chileno, en ambos países hay gobiernos que se posicionan como los grandes defensores del neoliberalismo más salvaje, entremedio de la crisis global de capitalismo y un modelo que hace aguas una y otra vez, que es incapaz de asegurar, ya no derechos básicos, sino condiciones mínimas para poder vivir. En ambos lados de la cordillera, hay gobiernos negacionistas, relativizadores de la barbarie, de los crímenes de lesa humanidad cometidos por dictaduras referenciales, tanto para Milei como para Kast.

Hay muchos vasos comunicantes que atraviesan las montañas, también hay particularidades, que vale la pena entender, analizar, aprender y aprehender. La principal, a mi parecer, es la salida de la dictadura: en Chile, es bien sabido, la salida fue pactada por arriba, con amarres, senadores vitalicios, impunidad, y muertos escondidos en el placard; en Argentina un cúmulo de acontecimientos sociales e históricos llevaron al fin de la dictadura, la derrota de la Guerra de las Malvinas frente a la asolada imperialista del Reino Unido; la profunda crisis económica y social, con una inflación descontrolada y una deuda galopante; pero sobre todo, la ejemplar resistencia y lucha de las organizaciones de derechos humanos, Madres, Abuelas, partidos de izquierda, movimientos sociales, etc. En ambos países las dictaduras son vehiculadas por la clase económicamente dominante, buscando desarticular la creciente y dinámica movilización popular y politización de las masas, ambas buscaban una reestructuración radical capitalista y neoliberal, en Chile la contrarrevolución fue de manera abierta, una jugada de restauración capitalista, transformándose, a vista y paciencia del mundo crepuscular de la Guerra Fría, en el laboratorio de los “Chicago Boys” alabado por Thatcher, Nixon y Kissinger.

Pero tanto en Argentina como en Chile el Estado fue capturado por las fracciones más reaccionarias de la burguesía y la oligarquía terrateniente, aliadas con el capital imperialista estadounidense, nacionalistas, ultracapitalistas y ultraderechistas, no siempre conviviendo de manera equilibrada, con rencillas interna, con el vector común del anticomunismo, el antimarxismo. La violencia estatal (terrorismo de Estado) fue utilizada sistemáticamente para aplastar las organizaciones sindicales y políticas de la clase trabajadora, revirtiendo conquistas sociales y disciplinando la fuerza de trabajo, es decir en ambos lados, lo que se instaló fue un capitalismo autoritario por la vía de la violencia política, violaciones a los derechos humanos mediante y el control de todos los poderes concentrados en una cúpula civil militar (en caso argentino, también eclesiástica).

Hoy, asistimos en ambos lados de la cordillera, a la instauración nuevamente, de gobiernos de corte capitalistas autoritarios, después de ciclos más o menos largos, del progresismo, de la centro izquierda renovada, con las sempiternas promesas rotas, con esa eterna incapacidad de ruptura con la administración “ordenada” según parámetros neoliberales, del modelo. Sí, del modelo impuesto en dictadura. No escribo esto desde el resentimiento ni desde el chicaneo político fácil, sino desde el más profundo sentimiento de que es necesario hablar de todo, criticar todo, transformar todo.

Las dictaduras necesitaron aplicar crímenes de lesa humanidad y ruptura institucional para imponer los términos que la burguesía precisaba en momentos de crisis, en la actualidad, las derechas, no requieren del brazo armado de las ramas militares, al menos a buenas y primeras, llegan a los gobiernos por la vía de las democracias liberales y constitucionales, para volver a dar una vuelta de tuerca, implementando una profundización del capitalismo autoritario, abrir (liberalizar) lo que queda de las economías, a fuerza y punta de decreto, pero por sobre todo, ajustar a la clase trabajadora, para que paguemos la crisis, cuando en paralelo se le otorgan regalías tributarias a la clase parasitaria de los millonarios. En dictadura, en Argentina, en Chile y por doquier, se utilizan las peores aberraciones para imponer el nuevo orden: torturas, vuelos de la muerte, desaparecides, niñeces robadas, violencia político-sexual, exilio, ejecuciones, relegaciones, censura, etc. De nuestros días, el andamio legal para reprimir, ha sido preparado con la ayuda de los progresismos que, fueron la antesala a Milei y Kast.

Al escribir esto, que no sé muy bien dónde va, es inevitable rodearme de fantasmas, de todos mis muertos, de mi viejo José Manuel Parada, degollado por el departamento de inteligencia de Carabineros, de mi abuelo materno, secuestrado en 1976 por agentes del Comando Conjunto, que pasó por los horrores del Cuartel Simón Bolivar, y que pudimos recuperar algunos trozos de huesos en el 2001 en la Cuesta Barriga, es decir de 1976 al 2001 fue un desaparecido; de tantas y tantos compañeros que fueron víctimas de estas tiranías. Pienso también en todas las personas asesinadas, torturadas, dañadas, de todos los partidos que sufrieron la persecución, en las, les, los compañeros revolucionarios que se rearticularon como pudieron, en la solidaridad, muchas veces escondida tras el gran relato, en les compas del PST en la hermana Argentina, en tantas historias de tormento que compartimos, que son importantes de ser dichas y visibilizadas, como es importante decir, nombrar, reivindicar, el por qué, el cómo, el dónde, el cuál, el cuántos, el quiénes de las y los caídos, es decir recuperar la dimensión militante, el mundo por el que peleaban y dieron la vida. No todo debe ser cubierto de dolor, es necesario rescatar la dimensión combativa y la luz de una lucha que tiene todo el sentido de la urgencia hoy, a 50 años del golpe en Argentina.

Este presente que nos vuelve a difuminar una frontera marcada en las cornisas, con aprendices de brujo del capitalismo neoliberal, uno rubio, nazillón alemán, el otro pelo graso, echando espuma por la boca, ambas dos son figuras de la violencia de clase. José Antonio Kast (Partido Republicano, Chile) como Javier Milei (La Libertad Avanza, Argentina) representan a las fracciones más brutales del capital. Su programa busca una profundización extrema de la desregulación, la flexibilización laboral total y la represión de la protesta social, con un cuadro legal dibujado por sus antecesores reformistas; ambos dos cuentan con centrales sindicales burocráticas y sin independencia; ambos dos son fiduciarios de la lógica de la Guerra Fría, juegan con ella, aunque es un mundo fósil; ambos utilizan un discurso de odio contra el «marxismo cultural», el feminismo, la diversidad sexual y las organizaciones de derechos humanos. Son la continuidad ideológica de las dictaduras, aunque en un marco institucional democrático, no hay espacio para ingenuidad al respecto.

La posibilidad de que esto haya ocurrido combina elementos de la decepción de las masas con el proyecto social-liberal de los reformismos latinoamericanos, con un plan de restitución capitalista/patriarcal, entremedio de la disputa por la hegemonía interimperialista, Kast y Milei son funcionales a los intereses de los monopolios, el capital financiero y las élites extractivistas, toda su política, así lo expresa de manera abierta, son lacayos de Trump. Milei y Kast reflejan por otro lado, la crisis de representación de la democracia liberal y el agotamiento de los gobiernos progresistas que no rompieron con la estructura de poder del capital.

Obviamente ambos países, ambos procesos, tienen particularidades propias, pero lo que me interesa acá son los nexos y la sintomatología social de carácter global. Desde esta perspectiva, las dictaduras burguesas y los gobiernos de Kast y Milei no son fenómenos aislados, sino expresiones de la crisis orgánica del capitalismo dependiente en América Latina, y proyectos alineados con los intereses imperialistas de Estados Unidos, es decir, no solamente están los puentes entre los proyectos, sino que existe un puente espaciotemporal de ambos proyectos con las dictaduras. Las formas cambian, no hay dudas (golpe militar vs ajuste electoral), el contenido de clase es el mismo de siempre, con mayor o menor sofisticación y maquillaje: imponer las condiciones de explotación que el capital necesita para acumulación en momentos de crisis mundial, intentar hacer todo lo posible para quebrar la capacidad de resistencia de la clase trabajadora, es decir, aplicar disciplinamiento, represión, bombardeo de medidas para inmovilizar, etc. El modelo capitalista-patriarcal-neoliberal que se impone bajo las dictaduras, nunca fue superado por los gobiernos progresistas del siglo XXI (Kirchner, Bachelet, Boric, Fernández, etc.), quienes administraron el capitalismo sin atacar sus bases estructurales, es decir, nunca representaron una alternativa genuina, más bien fueron la válvula de escape a la presión social, por no decir el freno de emergencia para los cambios necesarios.

Quizás, frente a la crisis de hegemonía, donde la ultraderecha capitaliza el descontento popular que la izquierda social-liberal no logra encauzar, el marxismo debiera proponer una estrategia basada en la autonomía de los de abajo y la ruptura con el capital, y tal vez, en este punto, Argentina cuenta con una reserva militante anticapitalista más sólida que Chile, con la experiencia del Frente de Izquierda, con la acumulación que este hecho significa, ahora bien, visto desde acá y con el respeto correspondiente, esa reserva militante será poderosa si el mismo Frente de Izquierda logra sobrepasar el cuadro electoral, y transformarse en algo más que un frente electoral. En Chile de momento, la situación es más adversa para la izquierda revolucionaria, fraccionaria, muy mermada, profundamente sectaria, tenemos tareas distintas y enormes de ambos lados, pero son tareas que hay que dar y debemos conocernos de un lado y otro, porque sabemos que al fin y al cabo, esta lucha es mundial, y que mejor comenzar por conocer, compartir experiencias, de los países vecinos, cuyas fronteras para nosotres, no son más que el trazado de los poderosos para repartirse el pastel.

La salida no puede ni debe ser puramente electoral dentro de la cancha liberal, la salida debe ser en primer término política y social. Se requiere superar la fragmentación actual (trabajo formal, informal, precarizado, productivo, reproductivo, trabajador/a estable) para reagrupar desde abajo, por izquierda, anticapitalista, socialista, comunista, de los movimientos sociales, siempre que sean de ruptura, no en los términos de los Partidos Comunistas o Socialistas tradicionales y herederos del estalinismo o de la más nefasta socialdemocracia, que solo guardan el eco de un nombre histórico, sino en el plano de los significantes reales. Esto implica recuperar el hilo rojo revolucionario, la huelga general, la tradición de fábricas recuperadas en Argentina, la lucha por una seguridad social digna en Chile, entendiendo que ninguna concesión dentro del capitalismo es sostenible, que no hay salida administrando el modelo sin desarmarlo para construir las condiciones para un gobierno de las y los trabajadores.

Vamos, seamos honestos en estos momentos de decadencia total del sistema, tanto las dictaduras como los gobiernos actuales de ultraderecha han sido impulsados por intereses imperialistas, Trump lo ha declarado sin tapujos. La salida socialista en Argentina y Chile no puede ser nacionalmente aislada, debemos federar las luchas que responden a los mismos intereses. La experiencia muestra que los gobiernos de del reformismo socioliberal latinoamericano, que tanto admiran a las experiencias frenteamplistas europeas, no pueden resolver la crisis estructural porque respetan los límites del capital y de las instituciones internacionales del sistema, como el FMI. La salida implica construir una alternativa anticapitalista y ecosocialista que expropie a las grandes fortunas, socialice los sectores estratégicos (minería, energía, alimentos), que se creen mecanismos democráticos para decidir qué, cómo, cuánto y para qué se produce, con parámetros de derechos laborales y equilibrios ecológicos y que se rompa con las cadenas de dependencia del imperialismo. Nunca fue, es, ni será fácil, si hay algo que sabemos quienes no aceptamos los hechos consumados de la distopía capitalista, es que ningún derecho, ninguna conquista, cae del cielo, por el contrario, se arrancan con lucha, con organización, con la clase trabajadora y con las masas.

La dictadura argentina fue una máquina de terror que deja sin dudas, cicatrices, los Kast y Milei utilizan las urnas, las redes sociales, las amenazas, la corrupción y la represión, para que la crisis la paguemos las y los de abajo. Es esencial entonces romper con esa lógica, dejar de pensar que es el único mundo posible, porque el mundo necesita, para que valga la pena la vida en su expresión más avanzada, que organicemos, vivamos, pensemos, y materialicemos otras formas de organizarnos, de poder, donde las mayorías decidamos todo, sobre producción, distribución y el destino de los bienes comunes, aquello que, con espuma en la comisura de los labios, los Milei y los Kast llaman recursos para inversión extranjera.

Mientras las burguesías nacionales se unifican, teniendo claridad en su posición dentro de la lucha de clases, mientras reagrupan con su institucionalidad carnicera en las cámaras de comercio, en la banca privada, en el FMI y en las Fuerzas Armadas, la izquierda anticapitalista, corre el peligro del sectarismo y de la autoproclamación. La derrota de los 70 no fue únicamente por el monopolio de las armas en manos de la derecha, por la brutalidad del enemigo, por la concentración de capital, por su entreguismo yanacona al imperialismo yankee, en parte sí, pero también por la incapacidad de construir un frente único de todos los explotados contra la reacción, por las alianzas de la socialdemocracia con la burguesía, por el sectarismo de nuestro campo. Es fundamental aprender y aprehender de nuestra historia, de nuestros propios derroteros, no por flagelo, sino como modo de afinamiento táctico, por responsabilidad y también por voluntad real de poder.

En ese camino, la apuesta por el reagrupamiento internacional de les revolucionaries, en tanto proceso estratégico mediante el cual las fuerzas revolucionarias de izquierda (socialistas, comunistas, anticapitalistas, antiautoritarias, internacionalistas, ecosocialistas, feministas de clase, disidentes antisistema, etc.) superemos la fragmentación histórica, que sólo sirve al enemigo y su máquina de despojo, para que seamos capaces de construir un sujeto político colectivo para disputar la hegemonía frente al capital y sus expresiones ultraderechistas decadentes y autoritarias. No vamos a borrar de manera artificial las diferencias teóricas ni las interpretaciones y caracterizaciones de momentos cruciales, se trata de construir unidad política, estratégico-táctica en la acción a partir de acuerdos fundamentales, de esculpir con nuestras manos y de manera generosa un reagrupamiento que sea una verdadera alternativa, sobre la base de una unidad de clase autónoma, alianzas claras con programa propio, independencia política y capacidad de pelearle, tanto a la derecha como a los gobiernos que traicionan los intereses populares.

El reagrupamiento de les revolucionaries anticapitalistas, socialistas revolucionaries, comunistas antiburocráticos, marxistas, ecosocialistas, feministas del 99, disidentes, trotskistas y antiautoritaries es, en el contexto actual, una necesidad histórica, que debe conocer y reconocerse, aceptando que existen diversas tradiciones y que ninguna por si sola es el faro de la revolución mundial. Hablamos de la condición mínima para que la clase trabajadora y los pueblos oprimidos de Chile, Argentina y América Latina puedan enfrentar con posibilidades de éxito a un enemigo que (como en los años 70) se unifica para pasar la aplanadora, la motosierra y lo que sea, para que la crisis la paguemos nosotres. Seamos responsables, no le demos ese gusto. Ese lugar y el motor de esta necesidad, a mi parecer residen en este momento en la Liga Internacional Socialista, pero es un llamado que todas las dirigencias revolucionarias debieran estar trabajando en conjunto.

El mañana es siempre hoy, por les desaparecides, la lucha sigue porque tenemos un mundo hermoso por crear.