Por Imran Kamyana

La agresión estadounidense e israelí contra Irán ha conmocionado al mundo entero en cuestión de días. Por un lado, está la cuestión de la vergüenza militar de Estados Unidos y las cuantiosas pérdidas financieras y estratégicas que ha sufrido en tan sólo unas semanas por el uso indiscriminado de armamento extremadamente caro. Esto ha supuesto otro duro golpe para la imagen de Estados Unidos como única «superpotencia».

Es cierto que las guerras son muy rentables para la industria armamentística y para otros sectores y contratistas vinculados al militarismo. Sin embargo, la guerra no es un proceso constructivo ni productivo. Es una auténtica devastación, en la que los recursos se desvían de la construcción a la destrucción. Pero la cosa no acaba ahí. En este mismo proceso de destrucción, las fuerzas productivas se arruinan y socavan aún más.

Así, la guerra funciona como un arma de doble filo: mientras continúe, no sólo provoca matanzas masivas, sino que también empobrece a la humanidad. Aumentan la escasez, las privaciones y la inflación. Para financiar los gastos de guerra, los Estados se ven obligados a recurrir al déficit y a la deuda. Pero, en última instancia, ¿quién soporta estos déficits y quién reembolsa estas deudas? Desde la producción de armas hasta la destrucción causada por su uso, el coste lo soporta en última instancia la clase trabajadora.

Se argumenta, en relación con las guerras y las industrias militares, que éstas impulsan los avances de la ciencia y la tecnología, que más tarde se utilizan con fines pacíficos o para el bienestar humano. De este modo, surgen nuevos sectores e industrias que reportan beneficios económicos de gran alcance. A menudo se esgrime un argumento similar en favor del propio capitalismo: aunque es un sistema de coerción y explotación, fomenta la innovación en ciencia y tecnología y, a largo plazo, eleva el nivel de vida (aunque los criterios capitalistas de «nivel de vida» sean en sí mismos discutibles).

Curiosamente, hay algo de verdad en ello. Muchos inventos modernos -incluidos numerosos artículos de uso cotidiano- han surgido de guerras o industrias militares. Desde cohetes modernos, radares, GPS y motores de reacción hasta Internet, ordenadores, hornos microondas, cinta aislante, caucho sintético, relojes de pulsera, compresas y aerosoles.

Sin embargo, el punto crucial es el siguiente: si tal destrucción y desolación a gran escala pueden, indirectamente, dar lugar a tantas invenciones, entonces ¿a qué alturas podría elevarse la humanidad mediante esfuerzos directos de innovación, desarrollo y construcción? En otras palabras, ¿es la guerra una condición necesaria para la innovación? ¿Por qué no reorientar desde el principio esos enormes recursos, junto con las capacidades creativas y productivas, hacia el desarrollo y el bienestar humanos?

El mismo razonamiento se aplica al llamado «desarrollo» o crecimiento económico resultante de la guerra (con el que el capitalismo intenta salir de las crisis). En realidad, esto equivale a destruir lo que ya existe sólo para reconstruirlo («falacia de la ventana rota«), en lugar de crear riqueza adicional o nueva. Pero lo mismo se aplica a la naturaleza más amplia del propio sistema capitalista. Durante un cierto período histórico, a pesar de toda su opresión y explotación, fue una necesidad objetiva, cumpliendo un papel progresivo en el avance y expansión de las fuerzas productivas. Hoy, sin embargo, su opresión y explotación -de hecho, su propia existencia- no sólo son innecesarias, sino históricamente reaccionarias. Se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas y en una grave amenaza para la civilización humana.

En la actualidad, la humanidad ha alcanzado un nivel de conciencia y capacidad organizativa en el que la burguesía ya no es necesaria para la organización y expansión de la producción. Rompiendo las limitaciones y barreras impuestas por el capital, sería posible alcanzar un ritmo de desarrollo creativo muy superior a todo lo concebible bajo el capitalismo.

El problema de la guerra actual no se limita a Estados Unidos, Irán o Medio Oriente; está resultando extremadamente costosa y perjudicial para todo el mundo. Ni siquiera en la historia reciente -incluidas las guerras de Afganistán e Irak- se había producido una situación tan grave. Si el conflicto se agrava aún más en escala o intensidad, no sólo Medio Oriente se enfrentará a una devastación catastrófica (incluido el posible uso de armas nucleares), sino que una crisis energética y alimentaria envolverá al mundo entero.

El problema no se limita a las interrupciones del suministro de petróleo o al aumento inmediato de los precios. Una economía no puede funcionar en condiciones de incertidumbre prolongada. Cada día llegan noticias contradictorias sobre el alto el fuego, las negociaciones y la reanudación de las hostilidades. Como resultado, los mercados fluctúan bruscamente: suben en un momento y bajan al siguiente. En tales condiciones, la inversión deja de ser inversión y se convierte en especulación, que es precisamente lo que está ocurriendo.

La razón clave de esta incertidumbre radica en el caos dentro del Estado estadounidense y la desintegración en curso del bloque imperialista occidental tras el regreso de Donald Trump al poder. Esta pandilla de imprudentes, poco fiables y dementes, ahora en control de la maquinaria militar más poderosa del mundo, ha iniciado la guerra en un estado de frenesí. Sin embargo, al carecer de un objetivo claro o de una estrategia coherente, ahora se ven incapaces de trazar una salida.

La eliminación de la cúpula política iraní ha complicado aún más la situación en lugar de resolverla. Sin embargo, en un estado de frustración creciente, cabe esperar que figuras como Donald Trump y Benjamin Netanyahu -marcadas por el narcisismo y la saña- lleguen a cualquier extremo. En respuesta, es poco probable que Irán se contenga.

El capitalismo mundial ya está sumido en una crisis prolongada. La embestida de las políticas neoliberales no sólo ha infligido daños económicos a sociedades de todo el mundo, sino que también las ha dejado marcadas cultural y políticamente. En las últimas décadas, las tendencias lumpen han crecido rápidamente, mientras que las capacidades de inteligencia y observación (a menudo medidas en términos de «CI») han disminuido.

Esta situación se expresa en el auge de las políticas populistas y de extrema derecha, así como en la proliferación de nuevas formas de vulgaridad en las redes sociales y en la vida cotidiana. En el fondo, se trata de una crisis del orden social existente, que no es temporal ni accidental, sino histórica y estructural por naturaleza, y que se manifiesta en todas las esferas, incluidas la economía y la política.

Figuras como Donald Trump no son la causa de esta crisis, sino más bien sus síntomas.

La dialéctica del papel del individuo en la historia es muy intrigante. La expresión inmediata y más clara de la condición histórica de un sistema se encuentra en sus personalidades prominentes o gobernantes. Según León Trotsky, en la mayoría de los casos, los rasgos «individuales» y «distintivos» de las personas son en sí mismos huellas de la época y las circunstancias dadas. Cada persona puede reaccionar de forma diferente cuando le hacen cosquillas. Pero cuando se les toca con hierro candente, todos reaccionan de la misma manera. «Como un martillo de vapor convierte en chapa una esfera y un cubo por igual, así bajo el golpe de acontecimientos demasiado grandes e inexorables las resistencias se hacen añicos y se pierden los límites de la «individualidad».»

Esto no implica una negación del papel del individuo en la historia, que a veces puede ser desproporcionadamente grande y decisivo. Sin embargo, a medida que se intensifica la presión de las circunstancias, disminuye el margen de acción y elección individual. El estado terminal de un sistema suele generar precisamente este tipo de circunstancias. En una situación así, aunque llegara al poder un individuo muy inteligente y capaz, sólo podría retrasar temporalmente los dictados del «destino» (a la inversa, si asume el poder un individuo excepcionalmente incompetente, el proceso de decadencia puede acelerarse).

Además, cada época eleva personalidades de acuerdo con su propio carácter; de hecho, se podría decir que «encuentra» el tipo de individuos que necesita. Por lo tanto, la cuestión no es simplemente que la crisis del imperialismo estadounidense (o del orden imperialista en su conjunto) haya llevado al poder a una figura maleducada, mentirosa, brusca y poco fiable como Donald Trump. Más bien, esa conducta -la detestabilidad, la falsedad, la vulgaridad y el engaño- se convierte en una necesidad para él. Cuando el propio sistema se vuelve irracional, ¿cómo pueden sus representantes seguir siendo civiles y racionales?

Sin embargo, hay otra dimensión en toda esta situación. Puede resultar sorprendente para gran parte del mundo, pero pocos la han examinado en profundidad: el mediador clave en este conflicto es Pakistán. En otras palabras, la mayor potencia económica y militar del mundo, que durante mucho tiempo ha reclamado el papel de resolver las disputas mundiales, se encuentra ahora con que su propia crisis está siendo resuelta por Pakistán.

Dicho de otro modo (independientemente del papel entre bastidores de China u otras potencias), las aspiraciones de paz y supervivencia en el mundo parecen centrarse, en este momento, en Pakistán, un país cuya propia historia está marcada por la represión estatal, la violencia y las guerras proxies y que lleva mucho tiempo sin lograr su propia paz y estabilidad.

Si la situación no fuera tan grave, parecería casi irónica.

Es cierto que, tras el enfrentamiento entre Pakistán e India en mayo del año pasado, Pakistán ha ganado cierto grado de estatura a nivel internacional. Al mismo tiempo, ha marcado el comienzo de un proceso continuo de humillación y declive para el gobierno de Narendra Modi, que también revela lo hueca, internamente frágil y oscura que es realmente la realidad de la «India resplandeciente» de Modi. Los gobernantes de Pakistán han tratado de sacar el máximo provecho de esta situación y, al menos a corto plazo, han logrado cierto éxito.

Sin embargo, éste es sólo un trasfondo parcial de la situación más amplia. En realidad, Pakistán no se ha convertido en una gran potencia de la noche a la mañana. Más bien, es el declive relativo del imperialismo estadounidense lo que está creando unas condiciones en las que muchos Estados subordinados o satélites pueden afirmarse con relativa independencia o adoptar una postura más autónoma. En este contexto más amplio de incertidumbre e inestabilidad, existe también un discurso creciente en torno a nuevos acuerdos de defensa. Los Estados con capacidades militares y estatus nuclear comparativamente más fuertes están ganando importancia, e intentan capitalizar estas oportunidades.

Como ocurre con el tiempo, el temperamento de Donald Trump puede cambiar rápidamente. Sin embargo, desde que regresó al poder para un segundo mandato, ha elogiado repetidamente a los gobernantes de Pakistán, en particular a su poderoso «mariscal de campo». Esto indica, una vez más, la voluntad de Trump de entablar relaciones oportunistas con cualquier actor y de recibir «favores» de él siempre que sea posible. De hecho, es difícil encontrar un ejemplo más claro de cómo las cosas pueden convertirse en sus opuestos.

Sin embargo, la urgencia por parte de las autoridades pakistaníes también está impulsada por el hecho de que realmente no desean una catástrofe mayor en la región. Si la situación se deteriora aún más, no sólo se volvería insegura otra de las fronteras de Pakistán, sino que la devastación económica resultante estaría más allá de lo que Pakistán puede soportar.

Sin embargo, por mucho que la importancia de Pakistán haya aumentado en las condiciones actuales, sin una economía desarrollada y duradera debe considerarse un fenómeno frágil y pasajero. De hecho, estos nuevos acuerdos de defensa y esfuerzos de mediación también podrían resultar contraproducentes. Ya se ha visto un atisbo de ello, cuando un país «hermano», tras sentirse ofendido, exigió la devolución de sus fondos, obligandoa Pakistán a obtener recursos de otro Estado «hermano».

Incluso más allá de este episodio, el Estado pakistaní parece caminar por la cuerda floja, intentando mantener un equilibrio extremadamente delicado y precario en condiciones muy difíciles.

Tras la guerra, una nueva oleada de inflación, cierres patronales y cortes de electricidad ha empeorado aún más la situación interna. El crecimiento económico lleva ya varios años estancado. Si la guerra continúa, la crisis económica podría agravarse y provocar la ira generalizada de la población. Los gobernantes también son conscientes de ello. Sin embargo, están atrapados en el callejón sin salida de su propio sistema.

Es un hecho histórico y científico que las economías subdesarrolladas como Pakistán no pueden lograr un desarrollo sostenible y a largo plazo a través del capitalismo. Los proyectos e iniciativas de escaparate pueden continuar, pero ni siquiera una mejora mínima y cualitativamente significativa en la vida de las masas de esos países es posible sin violar las propias normas del capitalismo. Sin embargo, no cabe esperar semejante «falta de respeto» de gobernantes obedientes instalados y condicionados por el imperialismo.

A partir de aquí, la situación podría evolucionar en cualquier dirección. Es posible que se prorrogue el alto el fuego y se llegue a un acuerdo temporal. Sin embargo, si la guerra se reanuda, es probable que sea mucho más severa y desenfrenada. Es dudoso que incluso el propio Donald Trump sepa lo que dirá o hará al día siguiente.

El futuro de la humanidad, en cualquier caso, está rodeado de peligros. Los intervalos de «paz» entre guerras son cada vez más cortos, mientras que la inestabilidad y la locura de las élites gobernantes siguen intensificándose. La desintegración de la dominación imperialista estadounidense, y del orden imperialista asociado a ella, puede tardar varias décadas en desarrollarse plenamente. Durante este período, puede haber fases de fluctuación y recuperación parcial. Sin embargo, contrariamente a las ilusiones de ciertas tendencias ingenuas (o estúpidas) de la izquierda, es probable que el llamado mundo «multipolar» que está surgiendo sea más inestable y desordenado.

El capitalismo es un horror sin fin, y la supervivencia y la prosperidad de la humanidad dependen en última instancia de su derrocamiento revolucionario.