Declaración de la Liga Internacional Socialista (LIS) por el Día Internacional de los Trabajadores
Hace treinta y cinco años, tras la caída de la URSS, las clases burguesas de todo el mundo anunciaron una nueva era de paz, prosperidad y progreso. Pero el mundo ha ido y va en dirección opuesta. La barbarie del capitalismo recae sobre la clase trabajadora y la gran mayoría de la humanidad. Las conquistas sociales de la posguerra son progresivamente desmanteladas. El medio ambiente es objeto de saqueo como nunca. Los derechos democráticos más elementales son atacados, mientras se expanden tendencias xenófobas y reaccionarias. El colonialismo desempolva sus peores crueldades, como en Palestina. Viejas y nuevas potencias imperialistas se disputan el reparto del planeta y, por ello, multiplican la carrera armamentística y el recurso a nuevas guerras de conquista. Trump, Putin y Netanyahu son hoy los rostros más emblemáticos de la criminalidad imperialista y colonial.
Quienes en la izquierda exaltan o reivindican el “multipolarismo” como alternativa al trumpismo y como posible vía de paz, tienen una visión invertida de la realidad. Precisamente la existencia de varios polos imperialistas impulsa las políticas de guerra. El imperialismo estadounidense, que tras la caída de la URSS aspiró a la dominación mundial, vio frustradas sus ambiciones frente al surgimiento del imperialismo ruso y, sobre todo, de la nueva potencia imperialista china. Donald Trump responde al declive estadounidense con un giro nacionalista radical (America First): ruptura con las viejas estructuras “multilaterales” de la globalización capitalista, guerras comerciales, control monopolístico de América (piratería en Venezuela, amenaza a Cuba), ofensiva en Oriente Medio apoyándose en el monstruo sionista, relación negociadora directa desde posiciones de fuerza con los otros polos imperialistas para el reparto de las zonas de influencia, incluida Ucrania. La crisis entre el imperialismo estadounidense y los imperialismos europeos es reflejo de este giro. El rearme europeo, empezando por Alemania, es su consecuencia.
En esta competencia imperialista global no existen “imperialismos buenos”, ni campos a defender o a los que atribuir un papel progresivo. Todas las potencias imperialistas, viejas y nuevas, son enemigas de la clase trabajadora y de los pueblos oprimidos. Todas pisotean sus derechos de autodeterminación. Para ellas, los derechos de los pueblos son solo moneda de cambio. Las abstenciones de Rusia y China en la ONU respecto al plan colonial de Trump y Netanyahu para Palestina, a cambio de concesiones de EE. UU. sobre la guerra en Ucrania, son un ejemplo de este cínico trueque.
Oponerse a todos los polos imperialistas significa defender incondicionalmente a todos los pueblos oprimidos que estos atacan o invaden, independientemente del imperialismo agresor y de la dirección política de esos pueblos. A diferencia de otras organizaciones, la LIS no aplica “doble rasero”. Defendemos incondicionalmente al pueblo palestino frente a la barbarie genocida sionista, con independencia política de Hamas. Defendemos incondicionalmente a Irán frente a la agresión sionista-estadounidense, al tiempo que combatimos su régimen teocrático desde la perspectiva de los trabajadores y jóvenes iraníes. Defendemos incondicionalmente al Libano frente a la invasión y las masacres perpetradas por el Estado de Israel desde una posición independiente del claudicante gobierno libanes y de la estrategia política de Hezbolá. Defendemos incondicionalmente a Ucrania y su derecho de resistencia frente al imperialismo ruso invasor, al tiempo que nos oponemos al gobierno burgués de Zelensky y defendemos el derecho de autodeterminación de las poblaciones del Donbass. En todos los casos, vinculamos las luchas de liberación nacional a una perspectiva socialista, la única capaz de garantizar plenamente la autodeterminación de los pueblos.
Una nueva generación ha salido a las calles y plazas del mundo contra el genocidio en Palestina. Es la misma generación que se moviliza en EE. UU. contra Trump, que se opone a los gobiernos europeos, a su complicidad con el sionismo y a su carrera armamentística, y que en diversos países de África y Asia se ha levantado contra regímenes opresores hasta derrocarlos. Ponerse al frente de esta generación es una tarea de la clase obrera internacional.
La clase obrera internacional es una fuerza potencial inmensa, pero carece de conciencia de sí misma. Su conciencia ha sufrido un profundo retroceso a escala global por responsabilidad de sus direcciones políticas y sindicales. Devolverle esa conciencia y dotarla de un programa revolucionario es la tarea de los marxistas revolucionarios en todo el mundo.
Hace tiempo que se ha agotado el espacio histórico del reformismo. Primero con el fin del auge económico, luego con la caída de la URSS y finalmente con la gran crisis capitalista de 2008. La actual competencia entre imperialismos armados lo ha enterrado definitivamente. Las viejas y nuevas izquierdas reformistas (Sánchez, Lula, el nacionalismo burgués o pequeño burgués latinoamericano) intentan periódicamente reavivar la ilusión de reformar el capitalismo. Pero sus gobiernos acaban gestionando contrarreformas. Las llamadas izquierdas “radicales” que participan en esos gobiernos sufren fuertes retrocesos (como en Italia, Grecia o actualmente en España). Y a menudo son las fuerzas más reaccionarias las que se benefician de estos fracasos.
Es tiempo, entonces, de una izquierda revolucionaria. La disyuntiva histórica de la humanidad es entre revolución y reacción, entre socialismo o barbarie. Los procesos de polarización global reflejan esta contradicción. Se trata de poner a la clase trabajadora en sintonía con ese dilema. Solo puede hacerlo una izquierda independiente del reformismo fracasado, de las ambiciones ministeriales, de las ilusiones constitucionales y de la subordinación a la diplomacia imperialista. Una izquierda que, en cada lucha, conecte las reivindicaciones inmediatas con una perspectiva anticapitalista: un gobierno de trabajadores y trabajadoras basado en su propia fuerza y organización.
La Liga Internacional Socialista (LIS) trabaja a escala mundial para construir esa izquierda y una nueva Internacional revolucionaria que organice a la vanguardia más combativa de la clase obrera y la juventud. Construir este partido es difícil, pero es la única vía para un futuro distinto para la humanidad. A diferencia de otras organizaciones, no recurrimos a proclamaciones sectarias. Apostamos por la unidad paciente en torno a un programa leninista común entre organizaciones y corrientes diversas. Rigor en los principios y rechazo del sectarismo: ese es el método que ha permitido el desarrollo internacional de la LIS, presente en cuarenta países y en todos los continentes. Es el método que proponemos a los marxistas revolucionarios de todo el mundo.
Contra todos los imperialismos, viejos y nuevos
Por la defensa de todos los pueblos oprimidos y de su resistencia
Por la revolución socialista internacional
Por una nueva internacional revolucionaria






