La dinámica actual del capitalismo demuestra que la guerra en Ucrania, la agresión imperialista en Venezuela y el hostigamiento militar contra Irán no son eventos aislados, sino una de las expresiones críticas de la disputa interimperialista por el control de las fuentes de energía. El bloqueo del estrecho de Ormuz expuso las fracturas en la hegemonía militar de Estados Unidos, evidenciando que el control de las rutas comerciales terrestres y marítimas es uno de los ejes sobre los cuales las potencias capitalistas intentan monopolizar la cadena de valor y el sistema energético mundial. El modo de producción capitalista es incapaz de superar sus propias contradicciones estructurales, chocando inevitablemente contra un cuello de botella histórico: la necesidad de asegurar el flujo ininterrumpido de insumos energéticos para sostener la producción y garantizar la ganancia.
La estrategia de Estados Unidos
La década del ’70 reconfiguró la situación energética de Estados Unidos, que se vio obligado a explorar alternativas ante el fin del petróleo barato. Con el siglo XXI llegaron nuevos métodos de producción como el fracking, lo que garantizó nuevas fuentes de abastecimiento al imperialismo yanqui. Por otra parte, durante los últimos años la Casa Blanca fue otorgando más relevancia al gas natural licuado (GNL) y reforzando el control de las rutas marítimas de suministro.
A partir de 2014, la política para ocupar el lugar de importador de gas le permitió consolidarse como el principal proveedor de Europa, suministrando el 28% del GNL que recibía el continente en 2021 al 58% en 2025. El mercado de GNL está estructurado de una manera fragmentaria a partir de la sumatoria de contratos bilaterales, intereses empresariales, políticos y una infraestructura expuesta a las tensiones regionales, diferenciándose del mercado petrolero mucho más homogeneizado. Sin embargo, no escapa al condicionamiento impuesto por el transporte del recurso, siendo profundamente dependiente de las rutas marítimas y, por lo tanto, susceptible a las disputas en desarrollo por su funcionamiento y control.
Como consecuencia de la estrategia seguida, las exportaciones energéticas estadounidenses lograron un salto el último año, pasando de 87.5 mil millones de dólares en 2025 a 146.5 en 2026. El aumento del 67% en exportaciones no supuso solamente el aumento del volumen exportado sino también más captura de valor en un contexto de fuertes cruces entre las potencias mundiales. El total de las exportaciones está compuesto por 55.000 millones del petróleo crudo, 33.5 mil millones del gas natural y 58 mil millones de productos refinados.
Regiones como Medio Oriente son de especial importancia para el control energético. La reorganización de los yacimientos ubicado frente a Siria, Palestina y Líbano promovida por Estados Unidos e Israel es interpretada por algunos periodistas como un intento de reemplazo geopolítico del Nord Stream del mar Báltico por el corredor EastMed-Poseidon del Mediterraneo.

En defensa de la hegemonía
Por otra parte, la estrategia de Washington para contener la expansión global de Pekín se centra en sofocar las cadenas de suministro que alimentan el crecimiento industrial y tecnológico del gigante asiático. Al imponer severas sanciones y restricciones comerciales a países claves como Rusia, Venezuela e Irán, Estados Unidos intenta bloquear el flujo de materias primas críticas—especialmente petróleo, gas y minerales estratégicos—hacia los mercados chinos. Esta política busca debilitar la base manufacturera de China y, al mismo tiempo, encarecer los costos de producción de sus empresas, limitando su capacidad para competir en sectores de alta tecnología e infraestructura a nivel internacional.
Sin embargo, esta ofensiva desde Occidente choca frontalmente con la contraestrategia sostenida desde Pekín, asentada sobre el monopolio casi absoluto de los elementos tecnológicos del futuro: las tierras raras. Lejos de replegarse, el gigante asiático consolidó un avance asimétrico y estratégico en este sector clave. De acuerdo con los informes de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), China no solo domina cerca del 69% de la extracción minera global de tierras raras, sino que ejerce un control vertical asfixiante al concentrar más del 90% de la capacidad mundial de refinamiento y separación y el 95% de la fabricación de imanes permanentes, insumos indispensables para la producción de vehículos eléctricos, microchips, aerogeneradores y armamento de última generación.
Frente a la presión de Washington, Pekín transformó este monopolio técnico en un arma de coacción macroeconómica. A través de sucesivas oleadas de restricciones y licencias de exportación de doble uso aplicadas a minerales críticos, compuestos de tierras raras (como el samario o gadolinio) y tecnologías de procesamiento, China demostró su capacidad para paralizar o encarecer drásticamente cadenas de valor enteras en Estados Unidos, Europa y Japón. De hecho, análisis recientes advierten que el endurecimiento de estos controles fronterizos pone en riesgo directo más de 6.5 billones de dólares anuales en producción industrial manufacturera fuera de las fronteras chinas. Al vetar el suministro a contratistas de defensa estadounidenses y estrangular las cuotas de exportación de imanes permanentes, Pekín busca invertir la ecuación de dependencia: mientras Washington intenta asfixiar el suministro energético fósil de China, el Politburó responde bloqueando los cimientos minerales de la transición tecnológica de Occidente.
La presión estadounidense sobre estos tres proveedores estratégicos busca desmantelar los corredores logísticos y financieros alternativos que Pekín ha construido en los últimos años. Irán y Rusia representan pilares fundamentales para la seguridad energética china, proveyendo millones de barriles de crudo diarios a través de rutas que eluden los puntos de control tradicionales de la Armada estadounidense. Al sancionar a las entidades financieras y a las flotas de transporte que facilitan este comercio, Washington intenta cortar los ingresos de estos regímenes y obligar a China a depender de mercados energéticos globales más susceptibles a la influencia o regulación de Occidente.
Armamentización y suministro energético
El mapa energético global ha dejado de ser un terreno de consensos diplomáticos para convertirse en un crudo escenario de acumulación y reconfiguración de poder. En las últimas décadas, Washington ha operado un giro estratégico fundamental: las crisis de abastecimiento ya no se perciben como amenazas a la seguridad nacional, sino como ventanas de oportunidad para la rentabilidad financiera y el reposicionamiento geopolítico. Esta lógica mercantilista instrumentaliza la inestabilidad global, transformando la vulnerabilidad de regiones enteras en el motor que consolida la hegemonía económica de las corporaciones estadounidenses.
La urgencia detrás de esta carrera por los recursos fósiles se ve hoy exacerbada por la eclosión de la inteligencia artificial y la infraestructura digital de última generación, cuyas demandas eléctricas e industriales son masivas e insaciables. En su disputa frontal contra China por la supremacía tecnológica y económica, Estados Unidos recurre cada vez más a la economía de guerra y a la desestabilización geopolítica como mecanismos para derribar obstáculos materiales y asegurar el control de nuevos territorios estratégicos. La violencia y el conflicto armado se revelan, bajo esta perspectiva, no como anomalías del sistema internacional, sino como las herramientas necesarias de una potencia que busca monopolizar los recursos indispensables para la industria del mañana.
Sin embargo, aunque se planifique como solución, la política militar de Trump resulta en más problemas incluso para el propio Estados Unidos. El desequilibrio en los precios del petróleo a partir del conflicto con Irán se combina con la situación crítica de las reservas petroleras estadounidenses, que llegaron a su nivel más bajo en 43 años.
Capitalismo sin salida
Muy atrás parecen haber quedado los años en donde las cumbres internacionales pasaban días enteros hablando de la urgente “transición energética” y el supuesto compromiso de los Estados con la descarbonización. En este momento, con las ultraderechas gobernando, la burguesía apuesta por los métodos más destructivos para sostener sus ganancias. Aun así, la burguesía no tiene garantizado su dominio por las fuerzas militar. Los tropiezos de Trump en Irán y Putin en Ucrania reflejan que a los imperialismos no les alcanza con la fuerza para imponer sus intereses. Respuestas como las del pueblo de Bolivia se multiplicarán en un mundo donde el bienestar y la paz son negados para la clase trabajadora.
Con el sostenimiento del capitalismo, hacia delante nos esperan más enfrentamientos, depredación ambiental y explotación, pero también resistencia de los pueblos. Por eso, es urgente fortalecer una alternativa socialista en el mundo para cambiar el rumbo de la historia. Una salida estratégica resulta imposible sin la construcción y consolidación de una herramienta revolucionaria internacional. Esta herramienta es indispensable para superar la dispersión de las luchas actuales, unificar las resistencias en un solo frente y organizar a las masas con la independencia política para disputar el poder. Sin un instrumento de esta naturaleza, la fuerza lograda por las movilizaciones actuales corre el riesgo de dispersarse. Por todo esto, el agrupamiento internacional de los revolucionarios es la tarea más urgente para demoler las estructuras del sistema y abrir paso a una sociedad socialista.
Por Manuel Velasco







