El 24 de febrero se cumplieron cuatro años de la invasión rusa a gran escala sobre Ucrania en 2022. La guerra sigue abierta, con un frente estancado, enormes pérdidas humanas y materiales, y una creciente disputa geopolítica que redefine a Europa y al orden mundial. Mientras se abren negociaciones, las potencias presionan por una salida en función más de sus intereses que de los del pueblo ucraniano.  

Por Oleg Vernyk y Rubén Tzanoff

Devastación y resistencia

La invasión rusa está dejando un saldo devastador para Ucrania: decenas de miles de muertos, millones de desplazados internos y refugiados, ciudades arrasadas y una economía profundamente dañada. La infraestructura energética ha sido blanco sistemático de ataques, agravando las condiciones de vida de la población. A pesar de ello, el Estado ucraniano ha logrado sostener su funcionamiento y la sociedad ha mostrado una notable capacidad de resistencia frente a una agresión de gran escala.

Rusia no ha logrado derrotar a Ucrania

El objetivo inicial del Kremlin de una victoria rápida fracasó. Las fuerzas de Vladímir Putin no lograron quebrar la resistencia ucraniana ni tomar el control total del país. Sin embargo, el conflicto ha derivado en una guerra de desgaste, con un frente relativamente estabilizado. Rusia, el país agresor, es una potencia militar que mantiene superioridad en recursos militares, capacidad industrial y volumen de tropas. Su control sobre territorios en el este y sur de Ucrania le otorga una posición estratégica relevante. No obstante, enfrenta problemas logísticos, sanciones económicas y desgaste de sus tropas. Por su parte, Ucrania, el país agredido, es pobre, dependiente,  está en inferioridad de condiciones en todos los terrenos que definen una guerra. Las ayudas militares y económicas de EE. UU., la Unión Europea y otros países son elementos tan claves como limitados: permiten que Ucrania no se rinda, pero son insuficientes para derrotar a Rusia.

Soldados ucranianos preparan un dron en el frente de Járkiv.

El factor determinante para que en clara inferioridad de condiciones Ucrania sigua luchando es la resistencia del pueblo trabajador ya que está severamente cuestionada su propia existencia soberana y su soberanía territorial. La resistencia se articula con una gran dosis de heroicidad y solidaridad, pero tiene la gran debilidad de no contar con una dirección revolucionaria, ni con organismos democráticos e independientes de existencia determinante ni en el frente ni en la retaguardia. La justa causa ucraniana es conducida por Zelenski con un régimen corrupto y un gobierno pro imperialista occidental y neoliberal, que agrede a la clase trabajadora con medidas reaccionarias en medio de la guerra. Aún en estas condiciones, el pueblo ucraniano es el baluarte de la defensa territorial y la movilización social.

Europa: militarización y crisis

El conflicto ha transformado a Europa en múltiples dimensiones. Con la excusa de la guerra y una eventual “invasión rusa” los imperialismos europeos impulsan un rearme generalizado, el aumento del gasto militar en detrimento de las partidas sociales y el salvataje de la maltrecha y criminal OTAN como eje político-militar. Países históricamente neutrales modificaron sus posiciones, mientras la Unión Europea en crisis de existencia,  proyecto y a los tumbos intenta redefinir su relación con EE. UU. y otras potencias en las mejores condiciones posibles ante los embates y presiones de Trump.

En el plano económico, la ruptura energética con Rusia provocó inflación, encarecimiento del gas y tensiones sociales. La guerra también aceleró tendencias de crisis industrial en algunos países y profundizó desigualdades internas. Europa aparece así más militarizada, más dependiente estratégicamente y con mayores tensiones sociales, manifestadas en luchas por la vivienda, los derechos laborales y contra el avance de la ultraderecha.

La política de Trump: presión y negociación

En su intento de cambiar el orden establecido luego de la Segunda Guerra Mundial y recuperar la hegemonía estadounidense, Trump ha introducido un factor de incertidumbre y desorden global, también presente en Europa del Este. Su postura combina presión sobre Ucrania para negociar y una actitud ambigua hacia Rusia, que incluye señales de acercamiento a Putin. Trump ha cuestionado el nivel de ayuda militar a Kiev y ha planteado la necesidad de alcanzar un acuerdo rápido, incluso a costa de concesiones territoriales.

Las negociaciones se desarrollan todavía sin resultados definitivos. Entre los puntos en discusión aparecen: un eventual alto el fuego que congele las líneas actuales del frente, el estatus de los territorios ocupados por Rusia, garantías de seguridad para Ucrania y el levantamiento parcial o total de sanciones a Rusia, entre otras.

Las diferencias siguen siendo importantes. Ucrania insiste en la recuperación de su integridad territorial, mientras Rusia busca consolidar sus conquistas. Las potencias occidentales presionan por una salida negociada que estabilice la región, pero sin una solución clara sobre las causas estructurales del conflicto.

La política de los revolucionarios

A cuatro años de invasión del imperialismo ruso y sin resultado definido, hay algunas cosas claras. Se equivocaron quienes confiando en el imperialismo estadounidense se negaron a rechazar la política de Trump y la OTAN. Se equivocaron las corrientes de izquierda que caracterizaron el conflicto como el inicio de la Tercera Guerra Mundial entre imperialistas y definieron como orientación el derrotismo revolucionario, sin diferenciar a los agresores de los agredidos. Y también los campistas que, partiendo de un justo y compartido odio a los asesinos del imperialismo occidental y la OTAN, se ubicaron al lado de las falsas justificaciones de Putin sobre una cruzada “anti nazi” y “anti imperialista”, cuando rusia representa intereses imperialistas y la dupla Trump-Putin se prodiga guiños de acercamiento.

Desde la Liga Internacional Socialista (LIS) reafirmaos que la guerra en Ucrania tiene carácter dual, ya que intervienen tanto la justa causa por la autodeterminación como la disputa inter imperialista por la hegemonía. Esto implica una doble tarea: rechazar la invasión rusa y defender el derecho del pueblo ucraniano a resistir, a defenderse con todos los medios a su alcance, al mismo tiempo que se denuncia el papel de la OTAN y las potencias occidentales, que instrumentalizan el conflicto para sus propios intereses en el Este europeo. Todo con una política independiente del gobierno de Zelensky y desde una perspectiva socialista y revolucionaria.

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Por supuesto, el derecho a la autodeterminación que debe aplicarse a la nación ucraniana también debe aplicarse en las regiones con fuerte presencia de la nacionalidad rusa. No puede realizarse bajo las imposiciones de las tropas invasoras que deben retirarse, ni bajo la presión de fuerzas ucranianas, sino con mecanismos realmente democráticos.

La salida no vendrá de negociaciones a espaldas de los trabajadores y el pueblo, entre gobiernos que responden a intereses de clase dominantes, sino de la acción independiente de la clase trabajadora y el pueblo, tanto en Ucrania como en Rusia y Europa. Solo una perspectiva internacionalista y socialista puede plantear una solución socialista de fondo que supere la lógica de guerra, ocupación y explotación que hoy domina el escenario. En tal sentido, la LIS seguirá impulsando el reagrupamiento internacional de los revolucionarios como una tarea urgente e indispensable.

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