Publicado originalmente en Asian Marxist Review

En un comunicado de prensa conjunto emitido por la Campaña de Defensa Sindical de Pakistán (PTUDC), el Frente Revolucionario de Estudiantes (RSF), la Federación Nacional de Estudiantes de Jammu Cachemira (JKNSF) y el Frente Revolucionario del Pueblo (PRF), afirmamos que la escalada del conflicto pakistaní-afgano a convertirse en una guerra directa por la cuestión del terrorismo transfronterizo no es sino una tragedia. Una vez más, serán las masas pobres de ambos lados de la Línea Durand -especialmente las poblaciones pashtunes- las que se llevarán la peor parte de este conflicto. Esta situación no surgió de un dia para el otro, es el resultado de décadas de aplicación políticas del imperialismo estadounidense, las monarquías del Golfo y los Estados de la región, incluido Pakistán, que nos lleva a esta coyuntura crítica.

Desde el lanzamiento de la «Yihad del Dólar» para aplastar la Revolución Saurí en Afganistán hasta la aplicación de la llamada política de «profundidad estratégica» (por parte del Estado pakistaní), estos grupos fundamentalistas armados (que operan en diversas formas y bajo diferentes nombres, incluidas facciones de los talibanes y de ISIS) han sido fianciados y utilizados como apoderados imperialistas. En este sentido, se estableció una vasta red de miles de madrasas (seminarios religiosos) para el reclutamiento y su financiación; se facilitó la creación de grupos fundamentalistas políticos o misioneros supuestamente «pacíficos»; y, con la cooperación de la CIA estadounidense, se inició la empresa criminal de la producción y el contrabando de narcóticos. El desempleo generalizado, la pobreza, la alienación entre millones de jóvenes, junto con la embestida de la retórica y las ideologías reaccionarias a través de las instituciones educativas y los medios de comunicación, colaboraron a crear un entorno propicio para este proyecto imperialista. Son hechos históricos amargos que se han ocultado sistemáticamente. Hoy, sin embargo, los principales representantes de los Estados Unidos y Pakistán-incluidos los que celebraron la toma de Kabul por los talibanes en agosto de 2021- se ven obligados a reconocerlos.

Con el tiempo, sin embargo, todo este proceso adquirió una lógica relativamente autónoma. Estos grupos yihadistas no sólo han crecido en número, sino también en capacidad militar y poder financiero, escapando gradualmente al control de sus antiguos patrocinadores. Con el involucramiento de nuevas potencias imperialistas como India, China, Turquía y Emiratos Árabes Unidos, esta nueva era del «Gran Juego» se complejiza aún más. Tras dos décadas de derramamiento de sangre en Afganistán, el imperialismo estadounidense y sus aliados huyeron de la noche a la mañana, dejando atrás grandes cantidades del armamento más avanzado. Esto envalentonó no sólo a los talibanes, sino también a otros grupos fundamentalistas, concediéndoles una mayor autonomía y un entorno operativo más favorable. Tras apoderarse de Kabul, los talibanes han desatado una brutal represión contra el pueblo afgano -especialmente contra las mujeres- y están decididos a arrastrar a Afganistán de nuevo a la Edad de Piedra. Mientras tanto, los atentados terroristas en Pakistán perpetrados por grupos afiliados como el TTP (los talibanes paquistaníes, que en su mayoría operan desde Afganistán) se han multiplicado. En estos atentados mueren en gran número de personas, pero no sólo policías y personal de seguridad (la mayoría de los cuales proceden de familias pobres de clase trabajadora), sino también civiles de a pie.

No sólo la experiencia de la última década y media, sino incluso una ligera comprensión de la mentalidad, los métodos y los fundamentos económicos de estos grupos terroristas dejan claro que cualquier negociación o reconciliación con ellos es imposible. La insistencia -hasta hace poco- de ciertas facciones dentro del Estado y de fuerzas de tendencia fundamentalista como Jamaat-e-Islami e Imran Khan en «negociar» equivalía a facilitar y envalentonar a estos grupos. La confusión difundida deliberadamente en nombre del diálogo, junto con las políticas de distinción entre talibanes «buenos» y «malos», contribuyeron a llevar la situación a este punto. Como resultado de esta vacilación, duplicidad y el planteamiento de recortes parciales en lugar de desarraigar el problema por completo, las operaciones militares no han dado resultados significativos a pesar de las cuantiosas pérdidas humanas y materiales entre las poblaciones tribales y las fuerzas de seguridad; de hecho, las condiciones empeoraron. Sin embargo, contrariamente al pensamiento oficial y a las ilusiones liberales, también aclaramos que esta cuestión no puede resolverse por medios puramente militares. Hasta que no se lleve a cabo una lucha política, social, económica y cultural masiva -respaldada por las amplias masas de la región- no sólo contra los fanáticos religiosos armados, sino contra todas las formas de fundamentalismo, no será posible una paz ni una estabilidad duraderas.

En este sentido, exigimos:

  • El abandono de la doctrina de la «profundidad estratégica» y de las políticas asociadas a inventar talibanes «buenos» y «malos», grupos proxy o los llamados «activos».
  • Poner fin al apoyo o la facilitación indirecta de estos grupos «yihadistas» no sólo a lo largo de la frontera occidental, sino también en Cachemira y otras partes del país y territorios administrados. Deben desmantelarse sus redes de financiación: las llamadas donaciones y obras benéficas, las actividades comerciales legales e ilegales, los secuestros para exigir rescates, los narcóticos, los asesinatos por encargo y la extorsión.
  • En las zonas afectadas por el terrorismo, el gobierno, la policía y la defensa deben organizarse a través de panchayats/jirgas elegidos localmente (básicamente formas locales de consejos populares). Los comités de defensa armados bajo control y la participación de estudiantes, trabajadores y el público general son el único medio para enfrentarse y derrotar a los elementos perturbadores, fascistas y terroristas.
  • Debe garantizarse la transparencia en las investigaciones de atentados transfronterizos y operaciones antiterroristas nacionales mediante la participación de representantes públicos de base (y, cuando sea necesario, de otras personas no controvertidas y dignas de confianza). Debe ponerse fin a las acciones extrajudiciales y las desapariciones forzadas, y los implicados en el terrorismo deben ser procesados por los tribunales. Eliminar los atrasos y obstáculos procesales es responsabilidad del Estado.
  • Creemos que los talibanes no tienen nada que ver con la seguridad o la soberanía de Afganistán. Son una fuerza de ocupación fanática y fascista impuesta al pueblo afgano por el imperialismo y representan la mayor amenaza para la integridad de Afganistán. Por lo tanto, es deber de los trabajadores, estudiantes y activistas políticos progresistas de todo Pakistán, incluido el Punjab, extender su solidaridad y apoyo político a la lucha del pueblo afgano contra este monstruo.
  • Decenas de miles de madrasas en todo el país se han convertido en fábricas de fundamentalismo, donde niños indigentes de entornos pobres son sometidos a las peores formas de abuso y utilizados como materia prima para el terrorismo. Se trata de una gigantesca tragedia humana derivada tanto de la facilitación estatal como de la abdicación de responsabilidades. A menos que se nacionalicen estas instituciones y se integren en un sistema educativo moderno, no será posible erradicar el fundamentalismo y la violencia asociada a él.
  • Hay que abordar las condiciones sociales objetivas que sustentan el fanatismo religioso y el terrorismo: la pobreza, el desempleo, la desesperación y la alienación. Todas las formas de capitalismo en Pakistán, incluido el modelo neoliberal, han fracasado, provocando inflación, dificultades económicas y un acceso cada vez menor a empleos dignos, a la educación y a la salud. Estas condiciones empujan a muchos jóvenes hacia las drogas, la delincuencia o las tendencias fundamentalistas en busca de apoyo social y económico. Exigimos el abandono de las políticas neoliberales imperialistas basadas en la privatización, la austeridad, las tramposas deudas y las leyes antiobreras. El Estado debe asumir como responsabilidad la educación, la salud, la vivienda y el empleo, y garantizarlos como derechos humanos fundamentales mediante una planificación económica concreta.
  • Todas las organizaciones, instituciones y congregaciones políticas y no políticas que promueven directa o indirectamente el extremismo religioso, el fanatismo y la violencia -y que a menudo sirven de vivero de grupos terroristas armados- deben perder su patrocinio oficial. El Estado debe confiscar sus bienes y prohibir los canales de televisión y periódicos relacionados con ellas.
  • Hay que eliminar el material reaccionario, dogmático y acientífico de los planes de estudio y adaptar el sistema educativo a las necesidades actuales.
  • En lugar de gastar enormes recursos en guerras y operaciones militares, debe ponerse en marcha un plan de desarrollo urgente y global de cinco a diez años para las zonas tribales (antiguas FATA) bajo la supervisión y el control de los representantes locales electos. Estas zonas deben estar dotadas de sistemas adecuados de abastecimiento de agua y alcantarillado, hospitales e instituciones educativas modernas (incluidas universidades), industrias e instituciones de servicios adecuadas a los recursos y necesidades locales (priorizando el empleo local), transporte público asequible y digno, y unidades de vivienda. Las personas implicadas en el cultivo y el comercio de estupefacientes deben recibir medios de vida alternativos. Los pequeños agricultores y las empresas deben recibir préstamos de fácil acceso y sin intereses.
  • Que se levante la prohibición de los sindicatos estudiantiles, que ha sido impuesta durante la oscura dictadura de Zia-ul-Haq no sólo facilitó las tendencias fundamentalistas, sino que también permitió que florecieran tendencias fascistas y de culto a la personalidad, como las asociadas al PTI. La supresión de la actividad política y la sindicación en los centros educativos ha dañado gravemente la conciencia de los estudiantes y ha provocado una crisis ideológica y cultural. Por lo tanto, la prohibición de los sindicatos estudiantiles debe levantarse en la práctica -no sólo retóricamente- para promover procesos políticos sanos, valores democráticos y el debate intelectual.
  • El actual clima de guerra y operaciones militares alimenta los prejuicios lingüísticos bilaterales y los odios nacionales. Esto es profundamente preocupante y lamentable. La hostilidad mutua entre los oprimidos siempre beneficia a las clases explotadoras y dominantes, ya sea el Estado pakistaní o los talibanes afganos. En las condiciones actuales, algunos círculos pashtunes nacionalistas y liberales, junto con elementos reaccionarios como el PTI, apoyan a los talibanes simplemente por hostilidad al Estado pakistaní o por chovinismo nacional. Se trata de una postura antipopular, reaccionaria y oportunista. Por otra parte, no faltan chovinistas punjabíes/paquistaníes que vomitan veneno contra los afganos o los pastunes, una postura igualmente tóxica y condenable. Estas tendencias aparentemente opuestas son, de hecho, dos caras de la misma moneda, que se refuerzan y completan mutuamente. Todo individuo consciente debe oponerse a ellas y luchar no contra los oprimidos de otra nación, sino contra el verdadero enemigo en casa.
  • Rechazamos toda forma de prejuicio étnico, odio y hostilidad nacionalista o estatal entre los pueblos de Afganistán y Pakistán. También queremos dejar claro que incluso si, hipotéticamente, el régimen talibán cayera como consecuencia de un ataque externo de Pakistán o de cualquier otra potencia, no sería sustituido automáticamente por un gobierno sano, democrático y favorable al pueblo. Como ya hemos visto en la forma de un gobierno títere respaldado por Estados Unidos, tales resultados no traen un cambio genuino. La crisis se ha vuelto tan grave que no puede curarse sin una cirugía revolucionaria. Sólo mediante la solidaridad de clase entre los oprimidos y explotados de todas las naciones, y la lucha contra el sistema capitalista imperialista que engendra guerras, terrorismo, pobreza y hambre, se puede asegurar una paz duradera y un desarrollo y prosperidad de amplio alcance.