El imperialismo australiano entre Estados Unidos y China

Los gobernantes de Australia saben que las tensiones imperialistas entre Estados Unidos y China podrían conducir a la guerra. También podrían obligar a Australia a actuar aún más directamente como potencia imperialista por derecho propio. Es por eso que Australia está acelerando su gasto en equipamiento militar.

por Sam Pietsch

La actualización estratégica de Defensa del gobierno australiano traza un rumbo para el imperialismo australiano en una era caracterizada por el ascenso del poder de China, la intensificación de las rivalidades interestatales en la región del Indo-Pacífico y la posibilidad de que un conflicto militar pueda estallar sin previo aviso. La actualización, publicada a principios de julio, no aliviará las tensiones. Como él mismo documento admite, se trata de “un nuevo marco de política estratégica que indica la capacidad y la voluntad de Australia para proyectar poder militar y disuadir acciones en contra nuestra”. Para garantizar que los otros países reciban el mensaje, se gastarán 270.000 millones de dólares en nuevo armamento en un periodo de diez años.

En un lenguaje inusualmente franco, “la búsqueda activa de China de una mayor influencia en el Indo-Pacífico” se identifica como la principal amenaza para Australia. Las tensiones han ido en aumento en los últimos meses. Ha habido discusiones diplomáticas sobre el manejo de China de la pandemia de COVID-19 y el movimiento democrático de Hong Kong. Las exportaciones australianas se han visto afectadas por sanciones comerciales. Abundan las denuncias de ciberataques chinos, provocaciones militares o “interferencia” en la política australiana.

Sin embargo, durante años, el creciente desarrollo económico de China ha sido una mina de oro para el capitalismo australiano, impulsando las exportaciones de carbón, mineral de hierro, educación internacional y más. China fue el destino del 33 por ciento de todas las exportaciones australianas en 2018-19, eclipsando a cualquier otro mercado, según cifras comerciales del gobierno. En un mundo donde el dinero contante y sonante normalmente reina supremo, y ​​el COVID-19 ha desencadenado la peor crisis económica mundial en décadas, ¿por qué arriesga el Estado australiano las relaciones con un cliente tan importante? Por un lado, los intereses económicos no pueden reducirse a los mercados de exportación. El acceso a fuentes de capital extranjero también es vital para el capitalismo australiano. Las inversiones estadounidenses en Australia totalizaron casi $1 billón en 2019. China tiene menos de una décima parte de eso. Más fundamentalmente, las relaciones internacionales bajo el capitalismo están determinadas por más que beneficios financieros inmediatos.

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Contrariamente a las fantasías neoliberales, el desarrollo del capitalismo a nivel internacional no conduce a un orden global armonioso basado en el comercio y la inversión mutuamente beneficiosos. En cambio, la lucha económica dentro de un estado se desplaza a la arena internacional. La clase capitalista de cada nación se vuelve hacia su propio estado de origen en busca de protección para sus intereses a nivel internacional, por ejemplo, asegurando oportunidades de exportación o inversión extranjera, u obteniendo acceso a materias primas o mano de obra. El imperialismo adopta la forma de competencia interestatal generalizada y sistémica, de la que ningún estado capitalista individual puede permitirse abstenerse.

La fuerza militar juega un papel tan importante en esta lucha como la riqueza. Pero la competencia estratégica tiene su propia lógica, que no se puede reducir a intereses económicos directos. En épocas de grandes conflictos como la primera y la segunda guerra mundial, el imperialismo se convierte en una lucha a muerte en la que se dejan de lado los cálculos de costo-beneficio.

Australia es una potencia de tamaño medio dentro del sistema global del imperialismo. Fue la decimocuarta economía más grande del mundo en 2019, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, lo que la convierte en un actor económico importante en Asia y dominante entre las naciones insulares del Pacífico. Esta fuerza económica está acompañada por el ejército más fuerte del sudeste asiático, con una capacidad mucho mayor para proyectar fuerza más allá de sus fronteras que cualquiera de sus vecinos cercanos.

No obstante, Australia no es una potencia de primer nivel. La amenaza de enfrentarse en soledad con una potencia asiática hostil es la preocupación permanente del pensamiento estratégico australiano. El miedo a China no es nada nuevo, se remonta al siglo XIX, cuando fue un factor importante que condujo a la política de la Australia Blanca. Por lo tanto, Australia siempre ha buscado alianzas con “grandes y poderosos amigos”. Al principio, esto tomó la forma de participación voluntaria en el Imperio Británico. Después de que Japón destruyera el poder de Gran Bretaña en el este de Asia en la Segunda Guerra Mundial, la clase dominante australiana se alió con Estados Unidos, la economía más grande del mundo y la potencia militar más fuerte.

La alianza no es prueba de la dominación estadounidense o de un complejo de inferioridad entre los políticos australianos, como afirman los nacionalistas de izquierda. El acceso al equipamiento militar más moderno, redes de inteligencia compartidas, respaldo diplomático de la nación más poderosa del mundo: todo esto mejora la capacidad del estado australiano para perseguir sus propios intereses. En última instancia, la alianza proporciona una póliza de seguro contra el ataque de otras potencias importantes. Esto le ha ahorrado a la clase dominante australiana el gasto, por ejemplo, de desarrollar sus propias armas nucleares.

Aislada geográficamente de sus principales socios estratégicos y económicos, Australia ha estado preocupada durante mucho tiempo de que los accesos marítimos hacia el norte y el noreste, incluido el archipiélago de Indonesia y las islas del Pacífico Sur, estén bajo el control de regímenes amigos. Esto a menudo se expresa como un deseo de “estabilidad”, ya que cualquier “estado fallido” podría brindar una oportunidad para que una potencia hostil se apodere de una región. Esta podría luego usarse como plataforma para ataques en el continente australiano, o más probablemente para amenazar rutas comerciales y líneas de comunicación militares.

Durante décadas, cualquier amenaza seria a los intereses fundamentales de Australia parecía una posibilidad remota. La supremacía militar de Estados Unidos en el Este de Asia permaneció indiscutida, apuntalando el orden económico neoliberal basado en el “consenso de Washington”. Esto ha sido de enorme beneficio tanto para Australia como para los Estados Unidos, que por lo tanto predican sobre la “estabilidad regional” y el “orden basado en reglas”. El orden existente siempre parece virtuoso a los ojos de sus arquitectos; las reglas del juego son siempre justas según sus autores.

Por supuesto, las empresas australianas han estado muy contentas acumulando enormes ganancias durante las últimas dos décadas, sostenidas por el auge de las exportaciones a China. Continuarán haciéndolo mientras haya un dólar para ganar. Durante un tiempo, pareció que los intereses económicos y estratégicos de Australia no entrarían en conflicto. Se argumentó con optimismo que Australia podría incluso actuar como mediador para garantizar que China se acomodara pacíficamente bajo la égida del continuo poderío estadounidense en la región.

Esto ya no parece posible. Como todos los estados imperialistas, China busca un poder estratégico acorde con su creciente poder económico. Ya no está dispuesto a aceptar el orden regional existente. El agravamiento del antagonismo entre Beijing y Washington se expresa a través de las disputas comerciales en curso y las peleas diplomáticas en torno al COVID-19. La actualización estratégica de Defensa reconoce que “la competencia estratégica, principalmente entre Estados Unidos y China, será el principal impulsor de la dinámica estratégica en nuestra región”.

No hay duda de qué lado elegirá Australia. Esto traerá aparejado dolor para algunos capitalistas australianos. Las empresas agrícolas pidieron recientemente “separar” sus ventas en China de las tensiones políticas. Esto es una fantasía. Si bien se pueden encontrar mercados de exportación alternativos, no puede haber ningún sustituto para el poder militar estadounidense. Y permitir que China se convierta en una potencia hegemónica regional sin desafíos es simplemente inconcebible.

En respuesta al desafío de China, la actualización estratégica de Defensa prevé proyectar el poder militar australiano “desde el noreste del Océano Índico, a través del sudeste asiático marítimo y continental hasta Papúa Nueva Guinea y el Pacífico sudoccidental”. Esta vasta franja del mundo se considera la “región inmediata” de Australia, una vista que demuestra ambiciones enormes, pero de larga data.

El nuevo factor es la evaluación de que el conflicto entre las principales potencias regionales es cada vez más probable y que Australia debe estar preparada para posibles ataques con poca o ninguna advertencia. En respuesta a esto, el ejército se estructurará con el objetivo primordial de combatir en el Indo-Pacífico. Los despliegues en el Medio Oriente en apoyo de los EE. UU., por ejemplo, seguirán ocurriendo, pero tendrán una prioridad menor en comparación con el enfoque central en el combate regional. Este cambio recuerda el “giro hacia Asia” de la administración Obama y, cómo esa doctrina, puede ser difícil de implementar por completo. No obstante, es una indicación de intención.

La alianza con EE. UU. no se ha declarado obsoleta y aún se confiaría en ella en caso de cualquier guerra abierta con China. Pero hay una sensación cada vez mayor de que, en otras contingencias menos graves, Australia debe ser capaz de proteger sus intereses sin asistencia. Esto no será barato. De modo que el gasto militar de Australia aumentará, año tras año, de forma indefinida. Para 2029-30, el presupuesto anual de defensa será de $74 mil millones por año, frente a los $42 mil millones en 2020-21. Se han confirmado las compras anunciadas anteriormente de aviones de combate, barcos y submarinos modernos. Pero la lista de compras se ha ampliado para incluir misiles de mayor alcance, sistemas de vigilancia y satélites, drones, herramientas de guerra cibernética, reservas de municiones más grandes, centenares de personal adicional y más.

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El poderío militar proporciona un apalancamiento esencial, tanto frente a los adversarios potenciales como con los aliados, en la lucha de los estados por obtener ventaja e influencia. En el noreste de Asia, las relaciones clave de Australia son con Japón y Corea del Sur. Estos se encuentran entre las economías más desarrolladas de Asia y son socios comerciales establecidos desde hace mucho tiempo. Comparten las preocupaciones de Australia sobre el creciente poder de China y deben lidiar con la proximidad de Corea del Norte, aliado nuclear de Beijing.

Australia tiene un acuerdo de seguridad formal con Japón, pero, lo que es más importante, los tres países están vinculados por alianzas militares con Estados Unidos. Como legado de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea, Estados Unidos mantiene enormes bases navales y de la fuerza aérea tanto en Corea del Sur como en Japón. Ubicados a una corta distancia de China, han provocado una gran inversión china en su armada, fuerza aérea y tecnología de misiles por temor a verse rodeados.

En el otro extremo del Indo-Pacífico, Australia está buscando lazos más estrechos con la India, coqueteando con el odioso régimen de extrema derecha de Narendra Modi. India, la quinta economía más grande del mundo, es considerada como un destino alternativo para las exportaciones australianas, como el carbón y la educación internacional. India tiene sus propias quejas con China y ya realiza ejercicios navales conjuntos con Estados Unidos y Japón, a los que Australia ha intentado unirse.

China está rechazando estos intentos de contención en el Océano Índico, que amenazan sus vínculos con Europa, Oriente Medio y África. A finales del año pasado, el New York Times informó que China pudo haber concluido un acuerdo secreto para construir una base naval y aérea en Camboya. Otro aliado potencial de Beijing es Sri Lanka, que está fuertemente endeudado con China. Contrarrestar esta influencia es una de las razones por las que Australia mantiene lazos amistosos con el gobierno de Rajapaksa, a pesar de su responsabilidad en la guerra genocida contra los tamiles y su continua opresión.

Sin embargo, la región más preocupante para Australia es la marítima del sudeste asiático. Esta es el área a la que apunta la concentración militar de Australia. El aumento del poder naval y los misiles de largo alcance, en particular, están destinados a obstaculizar cualquier intento de fuerzas hostiles de penetrar los accesos marítimos a Australia.

El área está siendo desestabilizada por reclamos territoriales chinos en el Mar de China Meridional, que es una ruta de navegación crucial para muchos países, incluida Australia. China ha respaldado sus afirmaciones mediante la construcción de instalaciones militares en una serie de islas diminutas. Estados Unidos y sus aliados demuestran constantemente su determinación de presionar contra la expansión china, por ejemplo, realizando patrullas navales cerca de las islas en disputa. Los países más pequeños de la zona se oponen a que China infrinja lo que también reclaman como su territorio. Pero también deben estar preocupadas por el peso económico y estratégico de su vecino gigante. Los viejos patrones de influencia y alineación ya no pueden darse por sentados, incluso entre aliados occidentales tradicionales como Malasia, Singapur y Filipinas.

Indonesia es el país más importante para Australia dentro del sudeste asiático. Aunque no representa una amenaza en sí, un régimen hostil, débil o fracturado en Indonesia podría permitir que una potencia más fuerte como China use el archipiélago como base para actuar en contra de los intereses australianos. Por lo tanto, Australia ha buscado durante mucho tiempo asegurarse de que Indonesia esté controlada por un gobierno estable y amigable, que podría actuar como un escudo auxiliar de la propia Australia.

En el pasado, eso significaba apoyar a la asesina dictadura de Suharto y la ocupación de Timor Oriental. Hoy significa defender la “integridad territorial” de Indonesia contra las demandas de autodeterminación en Papúa Occidental y hacer hincapié en la “cooperación en materia de seguridad” con el ejército indonesio, conocido por sus violaciones de los derechos humanos.

Australia tiene pocas otras monedas de cambio en Yakarta. Un acuerdo comercial que entró en vigor en julio puede impulsar lo que es una relación económica relativamente menor para vecinos tan cercanos. Pero China será inevitablemente de mayor importancia económica para Indonesia, ya que domina las relaciones comerciales y es cada vez más importante como fuente de inversión de capital y ayuda extranjera.

La necesidad de Australia de protegerse de la influencia china se plantea aún más crudamente en Timor-Leste, Papúa Nueva Guinea (PNG) y otras pequeñas naciones del Pacífico Sur. El Primer Ministro John Howard declaró en 2006: “El Pacífico es nuestro patio trasero, y somos el país que tiene la responsabilidad principal de velar por las exigencias de seguridad a medida que surjan”. Esta es el área de especial preocupación del imperialismo australiano, donde incluso Estados Unidos debe quedar en segundo plano.

En 2016, Australia anunció la política de “intensificación en el Pacífico”, destinada a mantener esta preeminencia. La financiación de asistencia, aunque sigue siendo una pequeña fracción del gasto en defensa, aumentó a $1.4 mil millones en 2019-20 y se complementa con un plan de préstamos de $2.000 millones para infraestructura. Esto es en respuesta a la iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda China, que ofrece a las islas del Pacífico una fuente alternativa de crédito. Ambas grandes potencias asumen que quien suscriba los proyectos de desarrollo ganará influencia sobre los gobiernos locales, más aún en algunas de las economías menos desarrolladas del mundo. En 2018, Australia intervino apresuradamente para financiar la construcción de una nueva conexión a Internet submarina entre PNG, Australia y las Islas Salomón, ganándole la mano a la empresa de telecomunicaciones china Huawei.

Papúa Nueva Guinea es por mucho la nación más grande del Pacífico y fue una colonia australiana hasta 1975, por lo que es una parte celosamente custodiada de la esfera de influencia de Australia. Incluso antes de la crisis mundial inducida por el COVID-19, PNG enfrentaba graves problemas financieros. La ayuda australiana asciende al 8 por ciento del presupuesto habitual del gobierno de PNG. Australia otorgó un préstamo adicional de 440 millones de dólares en 2019 para cubrir un déficit presupuestario, ya que, se reportaba que China también estaba preparada para ayudar. Se espera que este año se requiera un rescate mucho mayor. La dependencia financiera permite a Australia determinar las prioridades de gasto, y el personal australiano está desplegado directamente en el ejército, la fuerza policial y el servicio público de PNG.

La competencia militar también se está intensificando en el Pacífico. Temerosa del aumento de la actividad naval china, Australia ha lanzado un programa de seguridad marítima en el Pacífico, que proporciona a las naciones del Pacífico botes de patrulla naval y capacidad de vigilancia aérea. En 2018, Australia concluyó un acuerdo para reconstruir la base naval de Lombrum en la isla Manus, frente a la costa norte de Nueva Guinea. Construida originalmente como un puesto de apoyo en la ofensiva para expulsar a Japón del sudeste asiático durante la Segunda Guerra Mundial, la base revitalizada ahora ayudará a Australia y Estados Unidos a defenderse del desafío de China en el archipiélago indonesio y el suroeste del Océano Pacífico.

Es una síntesis clara de cómo se actualizan y reafirman los intereses estratégicos a largo plazo de Australia. Hemos entrado en una nueva y aterradora fase de competencia imperialista. Una guerra abierta entre China y Estados Unidos no es inminente ni inevitable. Ciertamente, es un resultado que la clase dominante australiana quiere evitar. Pero un conflicto regional en algún nivel ya no es impensable. Las últimas maniobras de Australia solo aumentan el peligro.