Francia: Huelga general, bronca social y espacio político

Convocada por las centrales sindicales CGT, FSU y Solidaires junto a algunas seccionales de FO y CFDT, el 29 de setiembre tuvo lugar en toda Francia un paro general por aumento salarial y contra la reforma jubilatoria de Macron. Hubo marchas y protestas en París y otras 200 ciudades. No sólo está creciendo el descontento social contra el gobierno, sino también el espacio político para la izquierda radical.

Por Pablo Vasco

La incidencia efectiva de la huelga fue bastante relativa, en torno a un 20% en la industria y un 30% en los servicios, ya que la clase trabajadora está cansada de las “jornadas de lucha” aisladas y sin continuidad que convoca la burocracia en vez del plan de lucha que hace falta. La medida de fuerza fue parcial entre los empleados estatales, el transporte (RATP, SNCF), la salud y la educación públicas. Aun así, hay en curso conflictos obreros importantes con paros de varios días en las plantas del Grupo PSA (Peugeot-Citroën), en las refinerías de la petrolera Total, Carrefour, la química Arkema y otras empresas privadas.

Pero eso sí: la movilización en las calles fue mucho mayor a lo previsto, expresando el clima de bronca popular creciente. En París, donde los grandes medios de comunicación preveían sólo unas 4.000 personas, más de 25.000 manifestantes marcharon los cuatro kilómetros que separan la plaza Denfert-Rochereau de la plaza Bastille. El reclamo salarial fue claramente dominante. Antes de la cabecera iban por separado los “autónomos” y detrás de las nutridas columnas sindicales se agruparon las centrales estudiantiles con sus propias demandas y Lutte Ouvrière, el NPA y otros grupos de la izquierda combativa. “Aumenten los salarios, no la edad jubilatoria” y “Las calles son nuestras”, escuchamos una y otra vez entre otras consignas; “Abajo el Estado, la policía y los patrones” cantaban las y los jóvenes, más radicales.

El 3 de octubre está prevista una reunión de las ocho centrales sindicales nacionales para coordinar acciones frente a la reforma previsional que apunta a elevar a 65 años la edad de retiro, aumentar los años de aporte o ambas medidas a la vez. Y para el domingo 16 de octubre, La Francia Insumisa, la alianza de centroizquierda que lidera Mélenchon -cuyo coordinador Quatennens debió dejar su cargo por violencia de género-, llama a una marcha “contra la vida cara”.

Macron oscilaba entre lograr su contrarreforma por ley antes de fin de año o al inicio de 2023. Pero tanto rechazo social genera, que hasta la ultraderechista Marine Le Pen se ha posicionado en contra. Ante dicho rechazo y las dificultades parlamentarias, inclusive dentro de su partido En Marcha y otras fuerzas de derecha, ahora el presidente prevé una tercera vía: un proyecto de ley rectificativo del financiamiento de la Seguridad Social (PLRFSS), que bajo la forma de un “cambio presupuestario” podría salir por decreto[1].

Además de los bajos salarios, la inflación del 8% anual y la reforma jubilatoria pendiente, otro desafío para el gobierno es la crisis energética, agravada por la guerra entre Rusia y Ucrania. Varias centrales nucleares francesas tienen dificultades técnicas, el Parlamento aprobó un retorno parcial al uso de carbón (obviamente contaminante) y Macron prepara un “plan de ahorro” todavía impreciso, pero que implicará seguras restricciones y aumento de tarifas. “Calentarse o comer”, como decía un cartel en la marcha del 29, puede ser una dura opción para muchas familias en el invierno que se acerca.

En cuanto al panorama político, el de Macron es un gobierno débil. Fue electo con los votos del 38.5% del padrón y en una elección con una abstención récord de 28%, que marca una evidente desconfianza popular en los partidos del sistema pero sin generar una expresión positiva. Macron depende de pactos parlamentarios y citó a un “Consejo de Refundación Nacional” que es un fracaso. A su vez, hubo una polarización entre Le Pen aún más a derecha y la NUPES como alianza de la izquierda institucional (LFI, PS, PC y Verdes), cuya estrategia central es el parlamentarismo y la colaboración de clases.

La extrema izquierda, o sea el trotskismo, sólo logró un 1.2% de los votos sumadas sus dos candidaturas: LO y el NPA, del que a su vez se separó la CCR. No obstante su debilidad electoral, entre el activismo obrero y juvenil el trotskismo tiene fuerza, como se ve en las calles. Y en un marco de bronca social en aumento y de limitaciones estructurales de la izquierda institucional, el espacio político para las y los socialistas revolucionarios tenderá a ampliarse. Desde la Liga Internacional Socialista (LIS) creemos que el desafío que sigue planteado en Francia, entonces, es el reagrupamiento de la extrema izquierda en base a un programa revolucionario para construir un gran partido de la clase trabajadora y el pueblo, con libertad de tendencias a su interior.


[1] Así lo permite el artículo 49.3 de la Constitución francesa.