Foro de Davos: El mundo en convulsión, Milei en escena

Salvo en sus primeros tres años, desde 1974 a hoy el Foro Económico Mundial se ha realizado en Davos, Suiza. Este año el lema fue Reconstruir la confianza… en un mundo con cada vez más guerras y conflictos. En el foro, altos empresarios, voceros de organismos multilaterales y algunos presidentes hablaron de “evitar un mayor deterioro de la situación y mirar al futuro”. Además debutó allí el nuevo presidente argentino, Javier Milei. Con ínfulas de mesías alabó a los capitalistas, enojó a varios presentes e hizo el ridículo al llamar “colectivistas” a casi todos los gobiernos y líderes imperialistas.

Por Martín Carcione y Nicolás Zuttión

Un Foro especial, en un mundo convulso. Los principales capitalistas del planeta buscaron pergeñar en Suiza una suerte de equilibrio, en medio de constantes fricciones entre potencias y varios escenarios de guerra. Este panorama se completa con una creciente e inédita desigualdad social a escala internacional, producto de la crisis económica desde 2008 a la fecha, potenciada por la pandemia. En contraste con los lujos de Davos, la mayoría de la humanidad, como lo confirma Oxfam[1], está hundida en la pobreza. A tal punto se ha agigantado la desigualdad que según el Comité, de mantenerse esta situación de inequidad, la pobreza recién se podría erradicar dentro de 229 años.

Estos motivos, para parte de la burguesía mundial, son los que dieron vía libre en Davos a la alocución de un libertario peligroso como Milei. Alertó sobre la agenda del socialismo y el colectivismo que influenciaría a los presentes y por el peligro en el que está Occidente. Más allá del fantasma que recorre su cabeza y sus rasgos delirantes, es importante diferenciar entre discursos sin sentido y un vocero de un sector cada vez más radical de la burguesía que plantea dejar atrás el esquema “tradicional” de la democracia capitalista e ir a uno nuevo que sólo se rija por las leyes del mercado. Es decir, el estado puro de la voluntad de los capitalistas y, a lo sumo, sus disputas por las ganancias. Examinemos con más detalle sus ideas.

Capitalismo: una historia de amor (tóxico)

Los datos que repartió Milei en Davos, aun precisos en muchos casos, son inservibles para demostrar la hipótesis económica, social y moral que pretende.

En efecto, la conquista de América, que podemos sumar a la colonización de África y Asia por las potencias imperialistas, suponen un salto en el crecimiento económico global sin precedentes y la base del posterior desarrollo capitalista a partir de la revolución industrial de mediados del siglo XIX. Desconocemos si Milei sabe que fue justamente Marx, el demonio original de su relato, quien realizó las indagaciones más profundas sobre este aspecto. En El Capital, Marx, al analizar el proceso de la acumulación originaria, sostiene que “el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros”. Se refiere así a la conquista sangrienta, la aniquilación o reducción a la servidumbre de millones de seres humanos, al servicio de acumular recursos que le permitieron a esas potencias transformarse en lo que hoy son, países “avanzados”.

A la vez, lo que ocultan los datos de Milei sobre el crecimiento del PBI es la apropiación desigual del mismo: se acumula cada vez más riqueza en el polo de los grandes empresarios imperialistas y cada vez más miseria en el polo de las mayorías populares.

Comparando el crecimiento del PBI mundial con la concentración de la riqueza, ejercicio sencillo para cualquier persona con acceso a internet, se puede comprobar lo equivocado de su marco teórico. Según Oxfam, mientras cinco magnates agigantaron su riqueza a razón de 14 millones de dólares por hora desde 2020 a hoy[2], en igual período 5.000 millones de personas cayeron en la pobreza.

Pero el capitalismo no sólo se ha desarrollado haciendo polvo a las mayorías populares, sino también a sectores de los propios capitalistas. Su mentira sobre la regulación del mercado oculta deliberadamente que el desarrollo armonioso de la competencia no existe, sino que es ésta la que conduce al monopolio económico -y en consecuencia político- de un puñado cada día menor de imperialistas que construyen inmensos trust o holdings transnacionales que controlan todo el intercambio comercial.

Así, casi no existe hoy en el mundo una sola economía que escape a la lógica brutal capitalista, ni una que se arrime siquiera a algo que pueda parecerse al socialismo o incluso al colectivismo que tanto defenestra Milei sin explicar a qué se refiere. Tras siglos de desarrollo capitalista el planeta está sumido en guerras, crisis económicas recurrentes, hambrunas, exilios masivos y una crisis ambiental de proporciones civilizatorias, por la presión incesante del sistema insaciable ante un planeta con recursos limitados. Y los principales líderes del mundo, de los que Milei se queja, se reivindican capitalistas y son los responsables de este desastre sin importar sus alas políticas.

En cuanto al aspecto moral del capitalismo, basta ver el genocidio que lleva adelante el Estado sionista y nazi de Israel en Palestina, con pilas de cuerpos de niños asesinados con fósforo blanco, para entender el talante moral de los “demócratas” capitalistas de las principales potencias y también de este león herbívoro llamado Milei que los exalta como faros morales de la sociedad toda.

El Estado, herramienta de dominación de clase

El carácter del Estado y su supuesta ligazón al colectivismo que critica Milei es, sin dudas, uno de los nudos centrales a desarmar de su discurso. Contrariamente a lo que expuso en Davos, el Estado hasta aquí ha sido la principal herramienta de los sectores de poder para hacer valer su dictadura sobre las mayorías populares. Mal que le pese al libertario, esto también lo señaló Marx y la corriente marxista. En el Manifiesto Comunista, define el Estado como herramienta de dominación de una clase minoritaria sobre las demás, y al gobierno de ese Estado como “una junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa”.

Esta definición no la desconocen los poderosos, sino que la comparten. La casta política no es más que el ejército de administrativos y represores al servicio de esa dominación y, en el Estado moderno, los que se plasman en leyes, instituciones, ideologías y represión las conquistas de la burguesía. Presentan este conglomerado burocrático como una fuerza por sobre la sociedad, disimulando la lucha de clases. Fruto de grandes luchas las masas lograron incorporar derechos, que hoy se recortan cada vez más.

No hay que confundirse con el discurso. Milei no plantea la desaparición del Estado, sino recortar toda expresión de algún derecho, incluso mínimo, para quienes vivimos de nuestro trabajo. Por eso, mientras critica la noción general de Estado, alienta y fortalece a las instituciones represivas, a cargo de contestar con plomo y cárcel cuándo la clase dominante lo requiera. Y es, a la vez, el garante de que funcionen las “reglas” de mercado que tanto defiende Milei, ese “acuerdo entre iguales” que mencionó. A esa verdad formal de quienes realizan un acuerdo le antecede una realidad material, que demuestra la desigualdad del primero. Mientras la clase patronal quiere utilizar mano de obra con menos derechos y menos salarios, los trabajadores sólo son “libres” de elegir entre vender su trabajo en esas condiciones o morirse de hambre. El Estado, su función represora, aparece cuando hay disputa entre los “benefactores capitalistas” que defiende Milei y el resto de la humanidad.

Quienes militamos por el socialismo no defendemos al Estado actual, sino las conquistas obreras, sociales y democráticas que aún persisten en él. Peleamos por destruirlo y construir un nuevo Estado realmente libre y democrático al servicio de las mayorías. Una herramienta capaz de guiar una transición hacia la desaparición absoluta del capitalismo y del propio Estado, para dar lugar a una sociedad libremente organizada. No son las “regulaciones” el centro del planteo del socialismo, como tergiversa Milei aludiendo al desastre stalinista del siglo pasado. Al revés: proponemos un Estado capaz de expresar la energía creadora de las y los trabajadores siempre postergados y no tememos darle a esa institucionalidad un carácter transitorio, necesario para enfrentar a los dueños de todo, sus ajustes, su decadencia moral y social, sus armas y ejércitos.

El Estado actual merece ser demolido, no para darle paso a la “libre voluntad” de los millonarios de someter a la humanidad sino al servicio de un Estado obrero y popular con la tarea de igualar las condiciones, terminar con la dominación de una clase minoritaria y que toda la sociedad avance a un nuevo ordenamiento con igualdad y fraternidad entre los pueblos. Un Estado que además sea herramienta para construir una nueva relación de la humanidad con la naturaleza, que no sea agresiva ni depredadora sino racional, metabólica.

Por eso como izquierda somos los principales opositores al proyecto de ultraderecha de Milei y también a las demás variantes que plantean algunas reformas cosméticas o administrar el Estado burgués de forma más “racional”. Todos esos sectores que Milei acusa de variantes colectivistas en realidad son agentes de diferentes sectores burgueses.

El dilema de la época: socialismo o barbarie

La intervención de Milei fue motivo de debates, análisis y burlas en los medios y redes sociales. Buena parte de la prensa internacional rechazó su discurso. El diario español El País tituló: Milei abronca a los líderes en Davos: ‘El mundo está en peligro, abren las puertas al socialismo’.” El resto, con mayor o menor adhesión a lo expresado por Milei, resaltó su denuncia del peligro que corre Occidente ante el socialismo y cualquier otra idea que también califica de colectivista. Y como dijo la nota de El País:“Fue recibido con entusiasmo en el corazón del capitalismo, el foro de Davos, como un gran defensor del mercado, palabra sagrada para los ejecutivos que llenaban a reventar la sala principal, algo muy poco habitual cuando habla un político, pero rápidamente las caras empezaron a cambiar en cuanto Javier Milei empezó a hablar”.

Para muchos dueños del mundo presentes en Davos, habrá sonado como falta de respeto que en su propia casa les quieran dar clases de cómo gobernar y cómo defender su sistema social. Milei no expresa un delirio, sino un experimento que combina capitalismo de mercado extremo y ataque brutal a las libertades democráticas para evitar la movilización contra sus planes. A su vez, ideológicamente representa una regresión en términos científicos, ya que niega la existencia de la desigualdad de género y de la crisis climática e incluso la forma de la tierra. De imponerse su programa, estaríamos ante un nuevo régimen político mucho más autoritario que la democracia burguesa.

El liberal libertario, más allá de sus diferencias, se hizo eco de las variantes autoritarias como Bolsonaro, Trump y Vox. No hay similitud total, pero sí puntos de acuerdo y sobre todo en liquidar derechos democráticos. Un programa muy reaccionario similar al plan de Milei ya viene aplicando Viktor Orban en Hungría, aunque no de shock sino a través de gobernar desde hace varios años.

Los saludos a Milei de personajes como Elon Musk y otros no son inocentes: están cargados de contenido político. Representan a una variante burguesa que empieza a sacar conclusiones de que para recomponer su tasa de ganancia requieren derrotar al pueblo trabajador, para lo cual necesitan fuerzas políticas más extremas y represivas. El capitalismo abre esas tendencias. Por eso la única salida es un sistema social diferente, el socialismo, con economía planificada en función de las necesidades de las mayorías y en equilibrio metabólico con el ambiente que habitamos. Es decir, una salida que funcione como freno de mano ante la barbarie que aproxima el capitalismo.

Desde ya, flaco favor le hacen a la extrema derecha quienes en nombre del socialismo ajustan y reprimen a sus pueblos, como Venezuela, Nicaragua y Cuba, o el reformismo, la centroizquierda y la llamada nueva izquierda tipo Podemos o Syriza, gestores y garantes de los intereses del capital. Enfrentar a estas variantes burocráticas o posibilistas es clave también para superar en favor de las mayorías la crisis de alternativa política.

Davos evidencia la crisis del orden político global, inestabilidad, desacuerdo entre las distintas alas de la burguesía. El ensayo que significa Milei es parte de ese panorama, con muchos mirando si podrá o no imponer su plan. En todo caso, a todos los presentes en los Alpes suizos los une la defensa irrestricta del capitalismo.

Nuestra tarea es desnudar sus mentiras y falsas ideologías, denunciar sus planes de austeridad y represión, fortalecer las luchas obreras y populares contra ellos y sus gobiernos, y desmitificar al capitalismo como único sistema posible. Los revolucionarios tenemos que organizarnos a nivel internacional para dar esta pelea contra este capitalismo globalizado. Darle anclaje material a la batalla ideológica con una organización militante, que también actúe en cada país en donde esté presente. Contra las utopías reaccionarias, seguimos levantando las banderas del internacionalismo y el socialismo. A esa estrategia aportamos desde la LIS.


[1]  Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre.

[2] Elon Musk (Tesla, X Corp, Starlink, etc.), Bernard Arnault (productos de lujo LVMH), Jeff Bezos (Amazon), Larry Ellison (Oracle Corp.) y Warren Buffet (inversor).