Un nuevo ciclo de revueltas recorre el mundo con un fuerte potencial para ganar las calles. En algunas de ellas se habla del protagonismo de la “Generación Z”, jóvenes nacidos entre finales de los noventa y principios de los 2000. Las organizaciones revolucionarias tenemos planteado el desafío de ganar a la nueva camada de activistas, disputando en todos los frentes a la reacción de la ultraderecha conservadora. A continuación, algunas aproximaciones y aportes sobre un fenómeno en desarrollo.
Como planteamos en el programa y manifiesto recientemente adoptado por el III Congreso de la Liga Internacional Socialista, la crisis capitalista golpea a los jóvenes. Esto se da desde varios ángulos, el más profundo es la falta de un futuro real. La crisis climática, la decadencia del sistema capitalista global que deriva en decadencia civilizatoria. Asimismo, en lo inmediato, por ser el sector más inseguro de mano de obra, el más precarizado y el más fácil de despedir. En los años posteriores a la Gran Recesión de 2008, el desempleo en jóvenes duplicaba aquel de los adultos y quienes abandonaban la escuela o se veían afectados por recortes en los presupuestos estatales para acceder a la enseñanza superior se encontraron con menos oportunidades laborales. Para los jóvenes nacidos entre finales de los noventa y principios del 2000 la prosperidad neoliberal se reduce a una fantasía del ayer, alejada de la decadencia sistémica del hoy. El “sueño americano”, sepultado por la crisis de 2008, poco representa para una generación crecida entre la inestabilidad política y económica, enfrentamientos militares y genocidios y la crisis ambiental. La falta de expectativa en el futuro también se alimentó de las sucesivas traiciones de las direcciones estalinistas y reformistas que evacuaron todo proyecto revolucionario y dejaron pasar grandes oportunidades para construir una referencia alternativa al capitalismo.
Las condiciones materiales acrecientan la incertidumbre para millones de jóvenes que, en todo el mundo, ven crecer la escasez al mismo tiempo que la riqueza, la primera entre millones y la segunda entre unos pocos. La drástica reducción de sus estándares de vida en relación a generaciones anteriores se asocia en buena medida con las problemáticas laborales. Sin una base segura de sustento, posibilidades como la vivienda propia, alimentación y/o servicios de salud de calidad dejaron de ser una garantía. La precarización golpea a más de la mitad de la juventud del mundo, mientras que el desempleo afecta al 12,6% mundial, según calcula la Organización Internacional del Trabajo (OTI).
Considerando esta situación, no sorprende que la llamada “Generación Z” haya decidido tomar las calles en todo el mundo. El carácter internacional del fenómeno es un comprobante de que la crisis es global y que se traduce en una resistencia adecuada a la diversidad de los contextos. En todos los casos, las mismas herramientas tecnológicas y digitales utilizadas por las empresas para incentivar el consumo y aumentar la explotación fueron tomadas como canales para la difusión masiva de las luchas. La bandera que unifica a las protestas es la calavera con sombrero de paja tomada del popular animé “One Piece”. Dicho animé contiene, en un sentido, una crítica al sistema a través del rescate de valores morales opuestos a los que actualmente vivimos. Donde la libertad, la amistad, la lealtad, la justicia, la anticorrupción y los sueños son recuperados y la generación Z los iconificó como bandera de protesta.
El salto masivo hacia las calles recuerda a protestas anteriores como la primavera árabe, el black lives matter y la marea feminista. La pandemia de covid-19 marcó un punto de inflexión reciente que puso pausa a la serie de movilizaciones que se desarrollaron en el período previo. Sin embargo, fueron años de acumulación del descontento ante la pérdida sistemática de derechos, incubando un nuevo estallido al que hoy asistimos.
Conciencia en disputa
El periodismo suele coincidir al señalar que los detonantes que provocan las movilizaciones de la Generación Z suelen ser la corrupción, el nepotismo y el abuso de autoridad. Sin tener un programa claro, se puede ver que en movilizaciones como las de Birmania, Sri Lanka, Nepal, Irán, Kenia, Francia o Perú existe una mayoritaria oposición a los gobiernos de turno y a los diferentes regímenes capitalistas. Pero en algunos casos como el de México, donde el asesinato del alcalde Carlos Manzo motivó la movilización del 15 de noviembre, la convocatoria impulsada originalmente por la “Generación Z” contó con el respaldo y la participación de la derecha tradicional del país.
Si bien, en la mayoría de los casos se trata de jóvenes de clase trabajadora los que protagonizan las manifestaciones, no actúan con los métodos tradicionales de la clase obrera y las reivindicaciones laborales no siempre toman principal protagonismo.
Los sindicatos tradicionales, adaptados a las normas institucionales, poco se han esforzado por garantizar la continuidad y recuperación de las conquistas históricas para la juventud. Lejos de defenderla, en muchos países la burocracia sindical y los aparatos reformistas restringen y reprimen o simplemente no acompañan o intentan desarticular sus iniciativas. Pocos fueron los casos donde las direcciones sindicales acompañaron los procesos, como en Italia donde la huelga general potenció la lucha por Palestina.
La combinación de todo esto permitió a la ultraderecha incidir en la conciencia de una importante franja de la juventud, desilusionada por los partidos tradicionales y frustrada por las experiencias con la centroizquierda y los progresismos. Donde más queda reflejado el avance de la reacción es en las elecciones, terreno en el que figuras como Trump lograron establecerse como una alternativa de gobierno. En 2024 alrededor del 51% de la población mundial acudió a las urnas. Los avances de la ultraderecha en este periodo fueron importantes. Pero si en 2024 fue la primera participación de muchos jóvenes de la generación Z en las elecciones, en 2025 fue la primera vez en las calles. Es clave incidir en los procesos para lograr un polo de referencia a izquierda que gane a los miles de jóvenes que nutren las protestas.
En esta disputa política por la conciencia de la juventud trabajadora y popular no basta con identificar los detonantes inmediatos de las movilizaciones ni denunciar al reformismo o a la ultraderecha. Desde una perspectiva marxista revolucionaria, es imprescindible ofrecer un programa de lucha transicional que conecte las demandas de la Generación Z con una orientación estratégica anticapitalista y emancipatoria. El Programa aprobado en el III Congreso Mundial de la LIS plantea una serie de reivindicaciones profundas para la juventud, que toma sus exigencias inmediatas y las enlaza con la lucha general de la clase trabajadora ligadas a la pelea por una sociedad socialista y ofrece una hoja de ruta concreta para dar forma política al descontento y articularlo.
Unidad obrero-estudiantil y revolución socialista. La salida para la Generación Z
Las revoluciones del siglo XX tuvieron un fuerte componente juvenil. Desde la revolución bolchevique hasta la Revolución Cubana del ’59, el Mayo Francés, la Revolución de los Claveles y la resistencia a las dictaduras latinoamericanas. Las coyunturas de movilización social y conflicto político convocan a la juventud de conjunto a integrarse a las filas de los espacios que se presentan como “algo nuevo” y crítico a lo anterior. Por eso, las generaciones más jóvenes tuvieron un papel histórico en los procesos revolucionarios en toda la historia, pero también hay que saber que tanto el fascismo como el nazismo nutrieron sus filas con la juventud también.
La juventud tiene el potencial para actuar como una poderosa fuerza de vanguardia revolucionaria. La Generación Z, como categoría social más que política, conserva la capacidad de respuesta callejera frente a la profundización de la crisis. Por el momento, la perspectiva que tomen las movilizaciones está en juego, en un contexto donde el terreno de las luchas en las calles está en disputa con la ultraderecha. Las organizaciones marxistas tenemos la tarea de dotar a los movimientos juveniles de un programa transicional y revolucionario, siguiendo el proceso en desarrollo, interviniendo en las protestas sin sectarismo e impulsando la alianza estratégica con la clase obrera. Además, como reflejó Trotsky en Problemas de la Vida Cotidiana, es igual de importante que nuestras organizaciones incorporen los debates y preocupaciones culturales, estéticas, psicológicas y afectivas que muchas veces preocupan a la juventud tanto o más que la política, pero sólo con la liberación de la esclavitud capitalista pueden encontrar una respuesta.
Por supuesto estamos en medio de un proceso que es necesario seguir estudiando, precisando las políticas. En este sentido, este es un aporte para poder abordar este rico y contradictorio proceso
Ariana Del Zotto




