Trump encarna un proyecto imperial que combina amenazas, diplomacia y expansión económica. Groenlandia, Europa y América Latina revelan las continuidades de una dominación que se reconfigura sin abandonar su lógica de fuerza. La movilización es el camino para frenar la arrogancia yanqui.
Por Gérard Florenson
Dos caras para la misma dominación
Muchos comentaristas europeos, quizá para tranquilizarse, presentan a Donald Trump como un payaso megalómano y destacan sus excesos verbales. Estos son bien reales: alternas amenazas con declaraciones casi amables, multiplica los volantazos, afirma su capacidad de recurrir a la fuerza mientras propone el diálogo.
Pero Donald Trump no está loco. Tiene un proyecto político e intenta llevarlo a la práctica, a veces con éxitos y otras con retrocesos tácticos. “Make America Great Again”, esta fórmula simplista le permitió movilizar a un amplio electorado nacionalista y conservador, presentándose como el único capaz de frenar el declive de la superpotencia norteamericana y reconstruirla frente a los imperialismos emergentes, especialmente China. Pero, por supuesto, también debe su victoria —política y financieramente— al apoyo de importantes sectores del capitalismo estadounidense, sectores que razonan en términos de cuotas del mercado mundial y grandes beneficios.
Donald Trump no está loco. Es, con sus rasgos de carácter, el representante actual de un Estado capitalista e imperialista que necesita afirmarse imperativamente frente a todas las demás naciones, lo que implica ser el más poderoso tanto en el plano económico como en el militar e impedir que esa posición sea disputada. Cabe añadir que la cruzada del “Make America Great Again”, con sus pequeñas epopeyas militares, también apunta a desviar la atención de los reveses sufridos por Trump y de las crecientes contestaciones dentro de los propios EE. UU.
Groenlandia, una apuesta militar y económica
¿Qué lugar ocupa Groenlandia en este dispositivo?Trump insiste en decir que este territorio vasto y poco poblado pertenece por derecho a los Estados Unidos. Al fin y al cabo, Groenlandia está geográficamente en América y la doctrina Monroe, de la que se vuelve a hablar actualmente, no dice que el continente pertenezca a los americanos, sino que es el coto reservado de EE. UU. Pero un islote dedicado al cultivo de espárragos no suscitaría el mismo entusiasmo.
Para EE. UU. Groenlandia representa una apuesta tanto militar como económica. Militar por su situación geográfica y la presencia de bases que Trump quiere reforzar y desarrollar para, según sus palabras, preservar a EE. UU. de amenazas navales o aéreas —misiles incluidos— procedentes de Rusia y China; económico por los importantes yacimientos de petróleo y de metales estratégicos, todavía muy poco explotados, que alberga su subsuelo y que despiertan el apetito de los grandes grupos capitalistas estadounidenses.
Más en general, hay que comprender que incluso los dirigentes que se declaran negacionistas del clima han entendido que el control de los recursos naturales, al igual que el del agua, las tierras cultivables y las zonas de pesca, es un elemento clave en la rivalidad entre las grandes potencias.
¿Cómo se ubica Europa en todo este asunto?
Groenlandia es una colonia de Dinamarca, país miembro de la Unión Europea, y su anexión por parte de EE. UU., por tanto, sería un poco más complicada que el control del canal de Panamá. El juego de roles durante el Foro de Davos mostró que los intereses de los distintos países europeos no eran idénticos, dependientes tanto del volumen de sus intercambios comerciales con EE. UU. (y, por ende, de su vulnerabilidad en caso de una guerra arancelaria, un arma que Trump aprecia) como de sus propias colonias ultramarinas (Macron recordando que Guayana y las Antillas forman parte de América): a ninguno le preocupa el destino de los inuit…
Así que todos fanfarronean, se dice que los europeos habrían obligado a Trump a retroceder… Comedia. Trump ha obtenido lo mejor que podía esperar en esta etapa, sin conflicto abierto. La “seguridad militar”, por supuesto al servicio del “mundo libre”, se verá reforzada bajo control estadounidense y los capitalistas de EE. UU. tendrán su parte en la explotación del subsuelo. Y de paso habrá puesto a prueba la capacidad de respuesta colectiva de los gobiernos europeos, lo que no puede sino confirmarle el declive de los viejos países imperialistas y, por tanto, la posibilidad de desplazarlos, especialmente en África. Tampoco desde ese lado verá Trump cuestionada su política contra el pueblo palestino, dadas las respuestas contradictorias a su propuesta de una “fuerza de paz”.
Con su golpe de fuerza contra Venezuela, Trump ya había podido medir la debilidad de las reacciones de los “gobiernos progresistas” y el peso de sus amenazas, acompañadas, como siempre, de propuestas de diálogo. “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, según la célebre fórmula de Porfirio Díaz.
Putin va por agua para su molino
Hay que decir una palabra sobre la reacción de Putin, que ha comprendido y aprobado la voluntad de Trump de colonizar Groenlandia, estableciendo el paralelismo con… ¡Crimea! Que EE. UU. controle el continente americano con tal de que Rusia pueda reconstituir el viejo imperio de los zares (desmembrado por los “malvados bolcheviques”) le parece un compromiso equilibrado, un acuerdo implícito que no significa amistad, pero que puede permitir una “coexistencia pacífica” mientras ambos imperialismos deban preocuparse prioritariamente por el competidor chino.
Esta complicidad implica que Trump aumente su presión sobre Zelenski para que acepte concesiones territoriales, a cambio de lo cual una intervención contra Cuba o Colombia suscitará una simple reprobación por parte de Rusia (lo que antaño se llamaba doctrina de la soberanía limitada: tú favoreces dictaduras en América Latina, nosotros invadimos Checoslovaquia y cada cual protesta contra los desmanes del otro…).
Movilizaciones para frenar la prepotencia yanqui
Así pues, una cosa está clara: para frenar las ambiciones de Trump (como las de Putin), los pueblos no pueden contar con los gobiernos. La creciente contestación a la política de Trump dentro de los propios EE. UU., las manifestaciones masivas contra los asesinos de su policía (y sus reveses electorales como en Nueva York) serán elementos determinantes, al igual que la fuerza del apoyo internacional al pueblo palestino y las movilizaciones contra su golpe de fuerza en Venezuela.





