El internet no puede ser comprendido como una nube etérea de información ni como un espacio neutral de intercambio libre. Es, ante todo, una infraestructura material, históricamente determinada, construida por trabajo humano y organizada bajo relaciones sociales de producción propias del capitalismo. El discurso dominante, que lo presenta como una “red horizontal” o un “bien común global”, funciona como ideología: oculta la base material del sistema y, sobre todo, las relaciones de propiedad y de poder que lo atraviesan.

La materialidad del “mundo digital”

Detrás de cada clic hay cables submarinos que atraviesan océanos, centros de datos que consumen cantidades colosales de recursos y energía, satélites, torres de telecomunicaciones y una fuerza de trabajo global sometida a ritmos intensificados de explotación. El internet descansa sobre una geografía desigual: minas de litio y coltán en África y América Latina, fábricas de hardware en Asia, data centers en el Norte global. Nada de esto es virtual. Es capital fijo en el sentido marxista más clásico, producto de inversiones gigantescas y de una planificación que responde a la lógica de la ganancia.

La invisibilización de esta infraestructura no es accidental. Como en toda fase del capitalismo avanzado, cuanto más se fetichiza el producto final —la experiencia fluida del usuario— más se ocultan las condiciones materiales de su producción. El trabajador de plataforma, el moderador de contenidos precarizado, el técnico tercerizado que mantiene servidores o el obrero que extrae minerales estratégicos son borrados del relato triunfalista de la “economía digital”, constituyendo el capital variable al que se le desconoce el aporte real de valor en el proceso productivo.

Monopolio y centralización del capital

El desarrollo del internet confirma una de las leyes fundamentales del capitalismo señaladas por Marx: la tendencia a la concentración y centralización del capital. Lejos de democratizar la economía, la red fue utilizada por los nuevos sectores empresariales para la emergencia de monopolios privados de escala planetaria. Un puñado de corporaciones controla hoy la infraestructura, los flujos de información, los algoritmos que organizan la visibilidad y, en última instancia, grandes porciones de la vida social.

Estas empresas no solo extraen plusvalía directa de su fuerza de trabajo asalariada, sino que inauguran nuevas formas de apropiación del valor. El usuario mismo se convierte en productor de valor: datos, hábitos, interacciones y afectos son mercantilizados y vendidos. Se trata de una expropiación cotidiana, naturalizada, que amplía el concepto clásico de jornada laboral hasta diluirlo en la duración del día entero.

El monopolio digital no es solo económico, sino también político e ideológico. Las plataformas funcionan como aparatos privados de hegemonía: regulan el discurso público, censuran o amplifican contenidos según criterios opacos y colaboran activamente con Estados imperialistas en tareas de vigilancia y control social. La supuesta “libertad” de la red se revela así como una libertad estrictamente condicionada por los intereses del capital.

Internet y el Estado capitalista

Lejos de ser un espacio autónomo frente al poder estatal, el internet está profundamente imbricado con él. Su origen mismo se vincula a proyectos militares y estratégicos. Hoy, los Estados capitalistas actúan como garantes de la propiedad privada digital, protegiendo patentes, datos y monopolios, mientras utilizan la infraestructura para reforzar mecanismos de represión y espionaje.

Desde el punto de vista marxista, no hay contradicción aquí: el Estado sigue siendo, también en la era digital, un comité para la gestión de los negocios comunes de la burguesía. La alianza entre gobiernos y gigantes tecnológicos expresa una forma renovada del imperialismo, donde el control de la información y de las redes es tan decisivo como el control de territorios y materias primas.

Recientemente, se elaboró el concepto de “Complejo Digital-Militar-Industrial (DMIC)” para referirse a la relación de las nuevas derechas al mando de los Estados capitalistas con la industria militar. Se trata de una evolución del tradicional military-industrial complex que Dwight Eisenhower advirtió en 1961, pero amplificado por el dominio de las big techs y su integración simbiótica con el aparato de seguridad nacional estadounidense. Es evidente que las startups no son empresas abocadas simplemente a la fabricación de innovadores dispositivos tecnológicos para el consumo de masas, sino que se establecen como pilares fundamentales del poder imperialista.

Algoritmo en manos de la extrema derecha

Las fuerzas de extrema derecha han convertido las redes sociales en el campo predilecto para la “batalla cultural”, capitalizando algoritmos que premian la radicalización a derecha, sin las limitaciones mediáticas tradicionales. Mediante el uso de IA generativa, ejércitos de bots y la utilización de fake news, han logrado inyectar discursos de odio y desinformación directamente en el consumo diario de sectores jóvenes y decepcionados, transformando clics en una base electoral sólida.

En contraste, la gestión de las plataformas ha mostrado una cara restrictiva frente a causas como la de Palestina, donde gigantes como Meta endurecieron la censura de los comentarios en defensa del pueblo palestino en redes como Instagram o Facebook a partir de 2023. A través del shadow banning (eliminación o limitación del alcance de determinada publicación), la eliminación de cuentas y una moderación automatizada sesgada —que llega a asociar la causa palestina con el terrorismo—, los dueños de las redes, comprometidos con los gobiernos de la ultraderecha, han silenciado voces críticas y testimonios de la crisis humanitaria, evidenciando una asimetría de poder donde la supuesta libertad de expresión parece subordinarse a intereses del sionismo y el imperialismo estadounidense.

Potencial emancipador y límites bajo el capitalismo

Nuestro análisis no puede caer ni en la tecnofobia reaccionaria ni en el entusiasmo acrítico. El internet encierra un potencial real para la organización internacional de la clase trabajadora, para la circulación rápida de ideas y para la coordinación de luchas. Las huelgas, rebeliones y procesos revolucionarios de las últimas décadas han mostrado que las redes pueden ser herramientas poderosas.

Pero ese potencial choca constantemente con los límites impuestos por la propiedad privada y el control monopolista. Bajo el capitalismo, toda tecnología tiende a ser subsumida por la lógica de la acumulación. La red no es una excepción. La ilusión de que puede “reformarse” mediante regulaciones parciales o apelaciones éticas a las corporaciones es una variante del reformismo digital.

Una perspectiva socialista

La socialización de la infraestructura digital, bajo control democrático de los trabajadores y usuarios, es una condición para liberar las fuerzas productivas que hoy se encuentran encadenadas al lucro privado. Esto implica romper con los monopolios, garantizar el acceso universal y poner el desarrollo tecnológico al servicio de las necesidades sociales, no del mercado.

El internet, como toda conquista técnica del capitalismo, plantea una contradicción: es al mismo tiempo un producto del capital y una anticipación material de una sociedad organizada de forma consciente y planificada. Resolver esa contradicción no es un problema técnico, sino político. Y solo puede resolverse en el terreno de la lucha de clases, a escala internacional.

En última instancia, la red que hoy sirve para vigilar, explotar y mercantilizar podría convertirse en una herramienta de emancipación. Pero eso no ocurrirá por evolución espontánea ni por la buena voluntad de los monopolios digitales. O el internet sigue siendo una palanca de dominación capitalista, o será reapropiado por la clase trabajadora en el marco de una transformación socialista del estado y la sociedad.

Manuel Velasco