Ali Hammoud
La cuestión de la liberación en nuestra región ya no puede reducirse a los límites del Estado-nación, ni siquiera a un marco nacionalista estrecho, por más que tenga legitimidad histórica. La región que se extiende desde el Mashreq árabe hasta Pakistán, pasando por Persia, Anatolia y la tierra del pueblo kurdo, no es simplemente un mosaico de pueblos, sino un espacio histórico único que fue sometido a un desmantelamiento sistemático a lo largo de un siglo de guerras e intervenciones coloniales.
La explotación histórica de la geografía del Estado otomano, sus contradicciones y los acuerdos de reparto —como el de Sykes-Picot— constituyeron un modelo temprano para dividir esta geografía en entidades enfrentadas entre sí, cuyas contradicciones se administran en función de perpetuar la dominación. Sin embargo, las intervenciones militares posteriores, el rediseño de fronteras y el encendido de conflictos nacionales y sectarios profundizaron aún más este desmantelamiento, hasta el punto de que los pueblos de la región viven hoy dentro de islas políticas aisladas, a pesar de su profunda interconexión económica, social e histórica.
Los elementos constitutivos de los movimientos de liberación —conciencia política, organización revolucionaria, base popular y programa claro— siguen siendo necesarios, pero resultan insuficientes si permanecen encerrados dentro de marcos nacionales estrechos. La dependencia en nuestra región no es local, sino estructural y transfronteriza, y así debe ser también el proyecto de liberación.
Esta realidad está ligada a la posición de la región dentro del sistema capitalista mundial, donde sus economías se integran como periferias dependientes que cumplen una función específica: exportar materias primas e importar valor agregado. Esta integración desigual no solo genera una brecha de desarrollo, sino que reproduce relaciones de clase internas, donde surgen burguesías locales vinculadas al centro, que actúan como intermediarias para reciclar la dependencia en lugar de romperla.
De ahí que el Estado-nación se convierta con frecuencia en un marco para administrar esa dependencia, no en una herramienta para superarla, lo que obliga a los movimientos de liberación a trascender sus fronteras, no solo en sentido geográfico, sino también estructural.
La alternativa a la fragmentación no es la disolución forzada, sino la construcción de un espacio de integración basado en:
∙ Unidad económica gradual que libere los recursos de la dominación exterior y los redistribuya de manera equitativa.
∙ Integración social que reconozca la diversidad de identidades y establezca relaciones fundadas en el respeto mutuo.
∙ Coordinación política que limite los conflictos internos y fortalezca la capacidad colectiva de toma de decisiones.
Este espacio no se construye mediante decisiones desde arriba, sino a través de la acumulación de luchas comunes y la convergencia de los intereses de las clases populares en los distintos países de la región, en enfrentamiento con las estructuras económicas que las vinculan al centro mundial.
Del nacionalismo al horizonte internacionalista
Limitar los movimientos de liberación a un único marco nacional, pese a su rol histórico, ya no alcanza para enfrentar el sistema de dominación contemporáneo. El capitalismo mundial, con sus herramientas militares y financieras, opera a nivel transfronterizo, lo que exige que los movimientos de liberación se eleven al mismo nivel del conflicto.
Aquí emerge la dimensión socialista e internacionalista, no como consigna teórica, sino como necesidad práctica. La cuestión ya no es solo de independencia política, sino de liberación respecto de un sistema económico mundial que reproduce la dependencia, la pobreza y la desigualdad, y que mantiene a esta región en su lugar como reservorio de recursos y escenario de conflictos.
Las guerras que atravesó la región en las últimas décadas no son más que herramientas para reproducir la dominación; el patrón se repite: destrucción de estructuras productivas, desmantelamiento de Estados y profundización de las divisiones internas.
Los eventos del 7 de octubre y la guerra amplia que se desencadenó sobre Gaza y la región constituyeron un nuevo punto de inflexión: el conflicto ya no está confinado a un marco local, sino que se abre a posibilidades regionales más amplias. Esta guerra reveló nuevamente el rol directo de las potencias imperialistas, ya sea mediante el apoyo militar, el reposicionamiento en la región o la gestión de las escaladas. En este sentido, estas guerras no deben entenderse como eventos aislados, sino como parte de un proceso continuo de reconfiguración de la región en función de los intereses de la dominación y de Israel.
Lo que nuestra región necesita no son simples movimientos de resistencia dispersos, sino un proyecto histórico integral que reconfigure las relaciones entre sus pueblos, quiebre la lógica de las fronteras como instrumentos de separación y las transforme en puentes de comunicación.
La liberación, en este sentido, es un proceso largo que va más allá de derrocar regímenes o poner fin a ocupaciones: apunta a la estructura profunda que gobierna la economía, la política y la cultura. Es un proyecto que solo puede tener éxito si es:
Transfronterizo: No solo en el sentido de coordinación entre movimientos de distintos países, sino mediante la construcción de estructuras de lucha y económicas comunes que superen al propio Estado-nación. Esto implica crear redes organizativas, sindicales y políticas que se extiendan a través de la geografía, de modo que cualquier agresión contra un pueblo en un lugar sea una causa común para todos los pueblos de la región, y que las fronteras dejen de ser instrumentos de separación para convertirse en líneas de contacto de lucha e integración material.
Plurinacional en identidades: Reconociendo que esta región no es un bloque nacional único, sino un espacio rico en diversidad de nacionalidades —árabes, kurdos, persas, turcos…— y culturas. Esta diversidad no se gestiona con lógica de dominación o exclusión, sino a través de una fórmula liberadora que garantice derechos iguales y construya una unidad basada en la voluntad común, no en la coerción. La unidad aquí no es negación de la diferencia, sino su organización democrática dentro de un proyecto conjunto.
Socialista en su esencia: Porque cualquier liberación que no toque la estructura económica seguirá siendo formal. El socialismo aquí significa desmantelar las relaciones de dependencia, ejercer el control sobre los recursos y construir una economía productiva orientada a las necesidades de la gente, no a las exigencias del mercado mundial. También significa empoderar a la clase trabajadora y a los sectores populares para que sean la base real del poder, no mero combustible del conflicto.
Internacionalista en su horizonte: Este proyecto, aunque enraizado en la realidad de la región, no se cierra sobre sí mismo, sino que se reconoce como parte de una lucha mundial contra el imperialismo y el capitalismo. Se entrecruza con otros movimientos de liberación del mundo y adopta un horizonte humanista más amplio, donde la liberación no sea patrimonio de una geografía particular, sino un camino histórico compartido por los pueblos.
Frente a un siglo de fragmentación, no alcanza con resistir dentro de las fronteras que nos fueron impuestas: hay que reimaginar la región en su conjunto, no como un mapa fragmentado, sino como un espacio vivo capaz de producir su propia alternativa histórica.
Líbano: laboratorio de las contradicciones estructurales
El Líbano constituye uno de los escenarios más expresivos de las contradicciones estructurales que vive la región, donde se entrecruzan la estructura sectaria del sistema político, los patrones de dependencia económica del exterior y el conflicto abierto contra el enemigo israelí.
El sistema libanés, basado en el reparto confesional desde su origen y consolidado tras el Acuerdo de Taif, no produjo un Estado nacional unificado, sino que reprodujo múltiples centros de poder, cada uno con sus extensiones regionales e internacionales, lo que dejó la decisión política supeditada a equilibrios externos tanto como a divisiones internas.
En lo económico, esta estructura se profundizó a través de un modelo rentista basado en los servicios y el sector bancario, vinculado a los mercados globales y a redes de influencia política local, lo que llevó a la marginalización de los sectores productivos y al debilitamiento de la independencia económica. Este camino se consolidó tras la guerra civil, cuando la reconstrucción fue atada a políticas financieras que aumentaron la deuda pública y acentuaron la desigualdad de clases, hasta el colapso total que vivió el Líbano en los últimos años a causa de las políticas del Banco Central y los bancos privados. En este sentido, la estructura sectaria y la estructura económica son inseparables: forman juntas un sistema integrado que obstaculiza la formación de un proyecto nacional independiente.
En este contexto, la experiencia del Frente de Resistencia Nacional Libanés constituyó uno de los hitos históricos más relevantes, especialmente tras la invasión israelí de 1982. El Frente fue un modelo de resistencia nacional que trascendió las divisiones confesionales y los fraccionamientos, partiendo de una visión política que entendía el conflicto contra la ocupación israelí como una lucha nacional integral, no reducible a un marco sectario o parcial. Llevó a cabo operaciones significativas contra las fuerzas del ejército israelí, apoyándose en un sostén popular diverso y en una estructura organizativa clandestina. Sin embargo, esta experiencia, pese a su importancia, fue limitada en el tiempo y en lo organizativo, ante las transformaciones regionales e internacionales y el surgimiento de nuevas fuerzas que reconfiguraron el panorama de la resistencia en el Líbano.
En contrapartida, Hezbollah emergió como la fuerza de resistencia principal, logrando construir capacidades militares y organizativas avanzadas e imponer verdaderas ecuaciones de disuasión frente a Israel, especialmente tras la liberación del año 2000, durante la guerra de julio de 2006 y en lo que siguió. Pero esta experiencia nació y se desarrolló dentro de un entorno confesional específico, con apoyo externo de la Guardia Revolucionaria iraní y en un contexto regional sostenido por el régimen sirio, lo que hizo que su estructura social y política se apoyara sobre una base sectaria definida.
Aquí se plantea la problemática central: ¿hasta qué punto puede un movimiento de resistencia con un marco confesional transformarse en un proyecto de liberación nacional integral?
Esta problemática no se plantea como una negación del rol de la resistencia, sino como parte de la contradicción estructural que impone el propio sistema confesional. El sistema, por su naturaleza, reproduce las divisiones dentro de la sociedad e impide la formación de una identidad nacional unificadora, lo que repercute directamente en cualquier proyecto resistente, manteniéndolo sujeto a techos sectoriales, por más que sea su poderío militar. Esta complejidad se acentúa con el hecho de que la división política en el Líbano en torno a las grandes cuestiones —entre ellas el conflicto con Israel— se extiende horizontalmente dentro de la sociedad, cruzando las propias comunidades confesionales, lo que hace que la construcción de legitimidad política para cualquier resistencia esté ligada a su capacidad de presentar un proyecto nacional integral, no solo de representar a un sector determinado.
De ahí surge la necesidad de pasar de una resistencia de carácter parcial a un proyecto de liberación nacional integral, que redefina el conflicto como una causa de toda la sociedad y vincule el enfrentamiento a la ocupación israelí con el enfrentamiento a las estructuras internas que obstaculizan esa liberación. Esto no significa borrar las experiencias existentes, sino desarrollarlas integrándolas en un marco más amplio que supere las divisiones confesionales y funde una base política y social más inclusiva.
La experiencia del Líbano revela con claridad que el conflicto con Israel no puede separarse del conflicto con la propia estructura interna. La liberación no es solo una cuestión de fronteras y soberanía: es también una cuestión de construcción de un Estado nacional independiente, económica y políticamente.





