Por Tamara Madrid
El termómetro político de Europa vuelve a marcar temperaturas de barbarie. Tras semanas de una ola de calor que ha convertido a Francia en un territorio inhabitable, el relato oficial del capitalismo “verde” y la gestión tecnocrática gubernamental se caen a pedazos frente a la contundencia de la realidad. La publicación del boletín oficial de Santé publique France del pasado 3 de julio de 2026 expone un escenario de guerra social no declarada: durante la semana crítica del 22 de junio, los decesos en el país aumentaron un 29.1%, traduciéndose en 2025 muertes adicionales en sólo siete días. En la región de Île-de-France (París y periferias), la cifra es una declaración de colapso: los muertos se dispararon un 62.8%.
Mientras los servicios de urgencia del Samu reportaban paros cardíacos letales con cuerpos registrando temperaturas internas inverosímiles de casi 44 °C, el presidente Emmanuel Macron recurre a su cuenta de X para publicar cinismo institucional: “Face à la canicule, veillons les uns sur les autres” (Frente a la canícula, cuidémonos unos a otros), seguido de consejos infantiles como “beber agua” o “mojarse el cuerpo”.
Esta puesta en escena no es una simple inoperancia. Como afirma Romaric Godin (2026), el tratamiento del colapso ecológico por parte del Estado burgués busca aislar las causas, individualizar la culpa y convertir una crisis estructural de la organización social capitalista en un problema de moral individual o de mera resiliencia técnica. Pero el clima ya no es una conversación superficial de ascensor; es una disputa a muerte por el control de nuestras vidas.
La trampa del “negacionismo de la adaptación”
La canícula histórica de 2026, que según Météo-France superó en intensidad y velocidad a la catástrofe de 2003, ha inaugurado una nueva fase ideológica del capital: el negacionismo adaptativo. Ya nadie pareciera negar que el planeta arde. El desacuerdo político se centra cada vez más en las causas, el grado de urgencia y las respuestas necesarias, y en ese sentido, en la posibilidad de detener el calentamiento. De manera general, el debate en los platós de televisión se reduce a una solución técnica de mercado como la proliferación de aire acondicionado desregulada y el equipamiento de ventiladores.
Esta visión fomenta la peligrosa ilusión de que los empresarios pueden seguir produciendo y acumulando ganancias bajo condiciones ecosistémicas extremas. Una especie de derrotismo programado. Tratar la adaptación como el eje central y no como un accesorio de emergencia es una capitulación ante el colapso ecológico que borra del mapa la única discusión urgente: frenar la destrucción acelerada provocada por el modo de producción capitalista.
La hipocresía es total. Mientras el gobierno simula preocupación adquiriendo a cuentagotas 30 mil climatizadores de emergencia para hospitales colapsados y no acondicionados, por detrás opera el desmantelamiento del Estado. En plena ola de calor, el ejecutivo disolvió el GIP Epau, el operador público que financiaba investigaciones estratégicas con los municipios para adaptar la arquitectura urbana al cambio climático. Al mismo tiempo, recortaron más de un tercio del Fonds vert (Fondo Verde), la herramienta con la que los municipios financiaban la desantropización de baldíos y la plantación de vegetación. Se prioriza el cemento porque deja tasas e ingresos inmobiliarios rápidos; el suelo vivo, que regula la temperatura, no cotiza en la bolsa de valores empresariales.
Crimen de clases: los trabajadores no tiene dónde meterse
Quienes mueren en los departamentos franceses no son los ejecutivos de la Bolsa de París que teletrabajan con aire acondicionado centralizado. Los muertos de la canícula pertenecen a la clase trabajadora, los sectores populares, los precarizados, las mujeres de las barriadas y las poblaciones racializadas.
El boletín de Santé publique France aporta una coordenada clave que los portavoces de la burguesía intentan matizar: los fallecimientos a domicilio se dispararon un brutal 91 % en una semana. Esto deja en evidencia las consecuencias del desfinanciamiento progresivo en salud que provoca la limitada contención hospitalaria y pone al descubierto el drama habitacional. Miles de familias trabajadoras pasan el verano confinadas en auténticas “passoires thermiques” (viviendas que funcionan como hornos térmicos debido a aislamientos deplorables). Vivir en un monoambiente del norte de París bajo 40 °C a la sombra mientras se pagan alquileres usurarios a rentistas privados es una forma de violencia habitacional.
Pero la barbarie tiene su expresión más intolerable en los lugares de trabajo. En la primera ola de calor en mayo, en la Drôme, un joven obrero de apenas 19 años perdió la vida por un golpe de calor extremo (hipertermia) tras pasar su jornada laboral trabajando sobre un tejado a pleno sol. Su empleador no implementó ninguna medida de protección. En educación, salones de clase a más de 45 grados de temperatura; en restauración (bares, restaurantes, etc.) las medidas fueron mínimas, como contar con la posibilidad de no utilizar el uniforme completo para “estar más frescos”; en los hospitales, trabajadores colapsados como en momentos críticos de la pandemia; ni hablar de los sectores más precarizados como repartidores, la construcción, entre tantos otros. Para las patronales y el gobierno, los trabajadores somos unidades descartables de producción. El imperativo de mantener los márgenes de ganancia se impone sobre el derecho más elemental de la biología humana: no hervir por dentro mientras te ganás el pan.
Represión y criminalización al orden del día
En este escenario, el gobierno se ensaña con quienes intentan sobrevivir y criminaliza al pueblo trabajador. En el barrio popular de La Gauthière (Clermont-Ferrand), un operativo de la policía sitió la zona para obligar a desmontar una pileta plástica que los jóvenes habían instalado en una calle interna para refrescar a los niños de la comunidad. Ni hablar de la suspensión de la Pride (marcha del orgullo), Ivry en Fête (Ivry en fiesta), o la prohibición de consumo de alcohol durante la Fiesta de la música en las calles (debías sí o sí consumir en un bar). El mensaje es claro: medidas individuales coercitivas (prohibir el alcohol, prohibir salir a la calle, decomisar piletas en barriadas) para criminalizar la pobreza, mientras el capital inmobiliario destruye el territorio, los empresarios acumulan ganancias y limitan nuestro derecho a manifestarnos. Pero ojo, a trabajar tienen que ir todos.
Cada año en Francia se sacrifican 20 mil hectáreas de tierras naturales y forestales a la especulación del asfalto (el equivalente a dos veces la superficie de París). Este ecocidio urbanístico está blindado por el lobby de la derecha y la extrema derecha de Marine Le Pen —quienes presentaron centenares de enmiendas legislativas para bloquear las metas de «Cero Artificialización Neta» (ZAN)— con la complicidad y el repliegue del bloque central de Macron. Están pavimentando las “islas de calor” que hoy actúan como trampas mortales para los sectores populares.
Un programa ecosocialista para no morir de calor
Es evidente que no podemos esperar ninguna solución de los mismos que forman parte del problema. La lucha contra la canícula es la lucha por arrancar el control de las fábricas, las ciudades y la naturaleza de las manos del mercado capitalista. Para responder a la urgencia inmediata y planificar el futuro, la clase trabajadora debe organizarse bajo un programa de transición ecosocialista:
- ¡Nadie debe morir trabajando por el calor! Control obrero de la producción: Exigimos la conformación obligatoria de Comités de Seguridad e Higiene en todos los lugares de trabajo, dirigidos de manera vinculante por los propios trabajadores. Todo trabajador debe tener derecho legal a interrumpir la producción o vetar las jornadas laborales si el estrés térmico supera los umbrales seguros, sin pérdida de salario. Pausas obligatorias garantizadas, reducción de la jornada en alertas naranjas/rojas y acceso total a agua potable y sombra.
- Huelga de alquileres contra los hornos habitacionales: Suspensión inmediata del pago de alquileres para todos los inquilinos que habiten viviendas catalogadas como precarias térmicamente durante los meses de canícula. Los propietarios y los grandes fondos de inversión deben verse obligados por ley a financiar el reacondicionamiento y el aislamiento ecológico de los hogares bajo pena de confiscación.
- El Derecho a la Frescura es un Derecho Humano: Apertura incondicional de refugios climáticos públicos y climatizados descarbonizadamente las 24 horas, prohibición del corte de agua por falta de pago y acceso libre a las piscinas e infraestructuras de hidratación en todos los barrios populares, saneamiento de las vías fluviales para la utilización pública bajo el cuidado de guardavidas.
- Plan de shock contra la especulación inmobiliaria: Prohibición absoluta de la cementación de nuevas tierras. Expropiación de las constructoras especulativas para iniciar un plan nacional masivo de renaturalización urbana financiado con impuestos extraordinarios a las petroleras (como TotalEnergies), las grandes fortunas y la supresión del presupuesto para la guerra. Hay que demoler el asfalto innecesario y plantar bosques urbanos con árboles de gran envergadura para enfriar los barrios populares.
- Una planificación ecológica frente al cambio climático. Es necesario llevar adelante una una planificación ecológica al nivel de estándares de infraestructuras, que tenga en cuenta las variaciones futuras del tiempo (y así evitar los rieles del tramway fundidos en plena ola de calor), llevada adelante por las y los trabajadores bajo un Consejo científico.
La crisis climática ya está aquí, pero su desenlace no está escrito en las leyes de la física, sino en las leyes de la lucha de clases. El capitalismo nos está quemando vivos; organicemos la rabia para destruirlo y construir una sociedad ecosocialista donde nuestras vidas valgan más que sus ganancias.
Nota: Este artículo utiliza datos epidemiológicos y de prensa extraídos de los reportes de Santé publique France del 3 de julio de 2026 y las investigaciones de Mediapart de junio de 2026.





