Un laberinto de contradicciones insolubles. La perspectiva revolucionaria como única solución progresista.

Por Marco Ferrando

La dinámica internacional desencadenada por la agresión sionista-estadounidense contra Irán se complica cada día más. El objetivo de replicar en Irán la operación llevada a cabo en Venezuela ha acabado, como hemos visto, en un fracaso total. Pero este fracaso multiplica sus efectos en todas las direcciones.

La cuestión central es que la Administración estadounidense no consigue salir del callejón sin salida en el que se ha metido. El memorándum de entendimiento firmado con Irán, con la mediación de Pakistán, ya es, en gran medida, papel mojado. Por un lado, el régimen iraní, fortalecido por su resistencia a la agresión, no tiene ninguna intención de aflojar su control sobre el estrecho de Ormuz, reivindicando su dominio sobre el mismo y la imposición de peajes a los buques en tránsito, también como medio de compensación. Por otro lado, Trump no puede convertir su fracaso en una rendición humillante, por lo que ha reanudado los bombardeos selectivos y las amenazas de escalada como instrumento de presión en las negociaciones.

Pero la combinación de negociación y guerra, lejos de indicar una salida, la cierra por ambos frentes. La verdad es que el imperialismo estadounidense no está en condiciones de dar un salto en el ámbito militar mediante una invasión terrestre: no lo está en el plano político interno, a los ojos de su propia opinión pública, ya hostil a la guerra, y tampoco lo está en el plano estrictamente militar, ante el agotamiento de las reservas. Y sin desplegar tropas sobre el terreno no hay ninguna solución militar posible, mientras que la ausencia de una solución militar imperialista refuerza la posición negociadora iraní.

El estancamiento en los planos diplomático y militar se combina con una dinámica política acelerada que afecta, con un efecto dominó, a toda la región. Los bombardeos iraníes sobre las bases militares estadounidenses en territorio árabe (incluida Jordania) desencadenan una división interna en las monarquías del Golfo.

Los Emiratos Árabes Unidos juegan su propia partida junto a EE. UU. y el Estado sionista, disipando cualquier reserva residual. El hecho de formar parte de los BRICS no solo no limita, sino que refuerza su peso político en las negociaciones.

Arabia Saudí, inicialmente cautelosa, participa por primera vez en la acción militar estadounidense contra las milicias proiraníes en Irak, en respuesta a la iniciativa de bloqueo del mar Rojo por parte de los hutíes, aliados de Irán. La razón es evidente. El bloqueo de Ormuz se ha traducido en un colapso de las exportaciones petroleras saudíes, que buscan la ruta del mar Rojo como solución alternativa.

Qatar y Omán, por el contrario, aunque lamentan los ataques iraníes, buscan una solución negociada con Irán para acordar en secreto una contrapartida económica en la gestión de Ormuz.

En realidad, todo el bloque de las monarquías del Golfo se ha sentido expuesto al aventurerismo militar estadounidense sin recibir de EE. UU. la protección esperada. Trump intenta ahora recuperar la relación con Arabia Saudí ofreciéndole incluso luz verde para el enriquecimiento de uranio. Pero la reacción molesta del Estado sionista, que ve amenazado su monopolio nuclear, ha obligado a Trump a condicionar las concesiones al Reino de Arabia Saudí a su adhesión a los Acuerdos de Abraham con Israel. Un paso que Arabia Saudí no parece dispuesta a dar hoy por temor a una crisis interna, política y social. De ahí surge una razón más para el estancamiento.

El Estado sionista, por su parte, se enfrenta a dificultades sin precedentes. El memorándum de entendimiento entre EE. UU. e Irán, al margen de su resultado, se firmó a espaldas de Netanyahu. Y no solo eso: ha previsto formalmente la retirada de Israel del Líbano como cláusula del propio acuerdo con Irán. Una condición inaceptable para Netanyahu, que ya se encuentra expuesto en el frente interno por el fracaso de la agresión a Irán y en vísperas de unas elecciones decisivas.

La relación entre el imperialismo estadounidense y el Estado sionista se complica. Trump no puede romper con Israel, pero tampoco puede soportar sus vetos. Netanyahu no puede romper con Trump, pero tampoco puede aceptar pasivamente sus decisiones.

Además, el claro fortalecimiento de Turquía en la región, con su toma de control de facto sobre Siria, plantea un nuevo problema estratégico a Israel. Turquía es una potencia militar dentro de la OTAN y está animada por ambiciones neo – otomanas. No es casualidad que se ofrezca a Trump como posible aliado regional alternativo a Israel. El hecho de que Trump haya alentado en varias ocasiones —aunque por el momento sin éxito— una intervención siria en el Líbano contra Hezbolá es visto por Israel como la máxima señal de alarma: la materialización de la pesadilla turca en su propio patio trasero. De ahí la prisa de Netanyahu por viajar a Washington para obtener y mostrar garantías.

El acuerdo entre Israel y el Gobierno libanés, con la mediación estadounidense, es fruto, formalmente, del memorándum de entendimiento entre EE. UU. e Irán y de la amenaza turca. Pero sus bases de apoyo no son menos frágiles que las del propio memorándum. El acuerdo prevé conjuntamente el desarme de Hezbolá en beneficio del ejército libanés y la retirada de Israel del sur del Líbano. En realidad, es un acuerdo leonino para el Líbano. Israel no tiene ninguna intención de retirarse del Líbano, como era fácil de prever, salvo a cambio del desarme preventivo de Hezbolá. Y el desarme de Hezbolá en las condiciones actuales otorgaría a Israel el monopolio de la fuerza en el Líbano. No es casualidad que gran parte de la población libanesa perciba el acuerdo como una traición, una venta a precio de saldo del Líbano al sionismo, una puñalada por la espalda a la resistencia nacional frente al invasor, la sanción de la impunidad del terror sionista, de su obra de destrucción de cientos de pueblos, del desplazamiento impuesto a punta de arma a cientos de miles de libaneses, privados de todo apoyo y protección por parte del Gobierno de Beirut. Del que, paradójicamente, Hezbolá sigue formando parte.

La Administración Trump sabe que un fracaso del acuerdo sobre el Líbano complicaría aún más cualquier salida al estancamiento con Irán. Pero el imperialismo estadounidense no tiene hoy la fuerza necesaria para dictar la línea a Netanyahu. Puede intentar marginarlo, puede utilizar la amenaza de recurrir a su aliado turco para ejercer presión, puede excluirlo de las negociaciones directas con Irán. Pero no puede gobernar Israel. No es casualidad que todas las principales fuerzas políticas israelíes, implicadas en la actual campaña electoral, descarten cualquier retirada del Líbano y, con mayor razón, cualquier «concesión», aunque fuera con vistas al futuro, a un «Estado palestino». La fuerza actual del Estado sionista se deriva no solo del apoyo histórico y estructural de EE. UU., sino también del debilitamiento de su hegemonía mundial.

Aprovechando esta ventaja, Israel prosigue su guerra criminal contra el pueblo palestino, tanto en Gaza como en Cisjordania.

En Gaza, Israel gestiona su victoria sobre un campo de escombros. Amplía unilateralmente hasta el 70 % la franja directamente ocupada. Plantea el desarme total de Hamás como condición para cualquier paso posterior. El comité de tecnócratas llamado a administrar Gaza en lugar de Hamás no es más que un artificio imperialista. Hamás, signataria de los «acuerdos de paz», espera sobrevivir en los intersticios de la anunciada administración colonial. Mientras tanto, la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de Abu Mazen, con la convocatoria formal de elecciones en los territorios ocupados, aspira a legitimar su propio papel futuro a la sombra del sionismo y del imperialismo. En realidad, como quedó claro desde el principio, el famoso «plan de paz» de Trump y Netanyahu tiene como objetivo principal la destrucción total de la resistencia palestina, en todas sus vertientes.

Lo que está ocurriendo en Cisjordania ante los ojos del mundo mide, paso a paso, el avance del «Gran Israel». Los colonos sionistas, armados y protegidos como nunca por el Gobierno israelí, siembran el terror en las aldeas palestinas, ampliando cada vez más su radio de acción, sus asentamientos y la apropiación de tierras y viviendas. Es el camino hacia la anexión progresiva de Cisjordania. Hemos llegado a un punto en el que, en los círculos dominantes de Israel, tanto políticos como militares, surge la preocupación por un riesgo: el de una explosión de ira de la población palestina de Cisjordania que pueda desencadenar una nueva Intifada. La aparición de una veintena de comités populares entre los palestinos para coordinar la resistencia frente a los colonos parece confirmar esa preocupación. Esta preocupación es para nosotros motivo de esperanza.

La verdad es que el levantamiento popular de los oprimidos es la única vía para abrir desde abajo un nuevo escenario en Palestina, en tierra árabe, en todo Oriente Medio. La diplomacia de las potencias imperialistas utiliza a los pueblos como moneda de cambio o carne de cañón. El imperialismo estadounidense intenta responder a su propio declive con el relanzamiento de una política de poder. Los imperialismos de nuevo cuño (ruso y chino) intentan sacar partido del declive del imperialismo estadounidense, sin disponer, por otra parte, de la fuerza necesaria para sustituirlo. Las potencias regionales medianas, con posiciones diversas y a menudo alineadas con múltiples bandos, intentan labrarse un papel en la profunda crisis del orden mundial. Las clases trabajadoras y los pueblos oprimidos son, en todas partes, la víctima sacrificial, directa o indirecta, de todos los imperialismos y de todos los gobiernos burgueses.

El panorama de Oriente Medio vuelve a plantear una vez más la perspectiva de la revolución socialista como única solución progresista para los pueblos oprimidos. No hay verdadera autodeterminación del pueblo palestino sin la liberación de Palestina del colonialismo sionista y del imperialismo. No hay liberación del sionismo y del imperialismo sin la unión de la resistencia palestina con el levantamiento revolucionario de las masas árabes y de Oriente Medio contra sus respectivas burguesías nacionales y los regímenes despóticos de la región.

Construir una nueva dirección del movimiento palestino y de las masas oprimidas de la nación árabe forma parte integrante del trabajo de agrupación revolucionaria internacional que la Liga internacional Socialista está llevando a cabo con creciente éxito. A partir del importante desarrollo de nuestra sección libanesa.