El 14 de octubre pasado las calles de las principales ciudades del país se colmaron de manifestaciones de protesta contra el gobierno. La convocatoria a la movilización se había definido en el Encuentro Nacional de Organizaciones Sociales. En dicho Encuentro –más allá de las pretensiones electorales de la dirección de las centrales sindicales, el Pacto Histórico o su bancada parlamentaria—se había expresado un amplio sector de liderazgos sociales, políticos y territoriales por privilegiar la movilización callejera y la organización de la protesta como preparación de un Paro Nacional. Este paro ha sido anunciado para noviembre sin determinar fecha.
La masividad de la participación tomó por sorpresa a todos. En primer lugar, al gobierno de Abelardo quien ese día pretendió estrenar un decreto de reglamentación de la protesta social con el ampuloso título de “Estatuto Antiterrorista”. Muchos han señalado la inconstitucionalidad del mismo y denunciado su objetivo de sembrar el temor en la población que sabe de los desmanes que comete la mal llamada “fuerza pública” –el agresivo aparato represivo del Estado colombiano—contra manifestantes inermes. Pero las calles alzaron la voz y donde cundieron los nervios fue en la cúpula gubernamental. A pesar de que De la Espriella y los grandes medios de comunicación de la burguesía quisieron minimizar la participación ciudadana, el gobierno tuvo que aceptar el contundente golpe de opinión que causaron las manifestaciones a nivel nacional e internacional. Porque tal vez lo más importante es que la protesta contra un gobierno que sólo llevaba dos meses de posesionado no tenía como objetivo una reivindicación económica o el rechazo a alguna medida en particular, era una protesta eminentemente política contra el endurecimiento del régimen que anuncia De la Espriella con sus medidas y la “batalla cultural” en curso.
En segundo lugar, los propios organizadores se vieron desbordados por la participación de diversos sectores sociales. El 14 de octubre propició la convergencia de múltiples identidades sociales, étnicas, de género, etarias, culturales y políticas que, levantando sus propias consignas sabían que todos estamos enfrentando al mismo enemigo: un gobierno profundamente reaccionario, proimperialista y sionista, que coloca a Colombia en el mapa de la ultraderecha internacional, y hoy tiñe de pardo fascistoide el hemisferio americano –desde EEUU con Trump, hasta Chile con Kast– y ahora amenaza con un nuevo triunfo electoral en Brasil en cabeza de Bolsonaro. Tal vez por eso el 14 de octubre una bandera que hoy es símbolo de la rebeldía internacional se ondeó en todas las calles de Colombia: la bandera del pueblo palestino, que resiste la barbarie sionista y el genocidio.
En tercer lugar, la afluencia masiva a las marchas también sorprendió a los propios manifestantes. El temor que circulaba en múltiples colectivos, que durante semanas organizamos las manifestaciones –ante las amenazas que proferían el presidente y sus ministros de desbloquear las vías a la fuerza o ejecutar arrestos indiscriminados de los participantes– dio paso a la alegría y la euforia de masas. Pocos días antes, en el evento cultural de mayor participación de la juventud de nuestro país, “Rock al Parque”, decenas de miles de fanáticos habían coreado a voz en cuello: “Abelardo, gonorrea, el pueblo no copea”; evidencia de que hoy una nueva generación quiere y necesita otra sociedad: vital, solidaria, que cuide al ser humano y la naturaleza, no que esté al servicio del egoísmo destructivo, explotador, opresivo y guerrerista del gran capital.
Pero es necesario reconocer que, en buena medida, el Pacto Histórico, como principal partido de oposición, logró determinar que las movilizaciones se mantuvieran dentro de los límites de la “desobediencia civil” o la “oposición propositiva” que planteó Iván Cepeda en la instalación del Encuentro Nacional. Por eso en Bogotá los protagonistas en la tarima fueron representantes de la burocrática dirigencia sindical, miembros de la bancada parlamentaria y exministros del gobierno de Petro, no las y los luchadores que en barrios, veredas y campos enfrentan el desempleo, el hambre, el desplazamiento y el conflicto armado. Incidentes –como el que se presentó en el Parque de los Periodistas– fueron consecuencia de convocatorias independientes, en este caso de los colectivos que llamaron a rechazar el fracking en la explotación del subsuelo colombiano y la avidez de la megaminería. La valentía con la que los jóvenes enfrentaron el abuso policial en diversas ciudades es expresión de la indignación represada durante cuatro años del gobierno de Petro que quiso a toda costa la convivencia con lo más retardatario del establecimiento burgués y terminó aceptando los planes intervencionistas del imperialismo en nuestro país y en América Latina, como el golpe contra Venezuela.
Ahora es necesario continuar con nuestro plan de acción contra el gobierno de De la Espriella. Es urgente que desde la base de las organizaciones sindicales y sociales preparemos el Paro Nacional para derrotar todas las medidas regresivas que están en marcha, empezando por los despidos masivos en el sector estatal, el recorte de la inversión social en el presupuesto de 2027, el nuevo endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional, la entrega de nuestros recursos naturales a las corporaciones depredadoras extranjeras, la integración de Colombia al Escudo de las Américas, o el abandono a su suerte de los damnificados del terremoto. Y también debemos presentar batalla contra “la guerra cultural” como la censura a los comunicadores críticos del gobierno, el trabajo de los artistas y la memoria histórica.
Debemos fomentar Encuentros Locales y Regionales en los que se discuta la política del gobierno, empezando por las consecuencias de su “Estatuto Antiterrorista” y su escalada de medidas reaccionarias; desde los sangrientos despliegues militares y la ejecución sumaria de los llamados “objetivos de alto valor”, hasta el reciente desmonte de símbolos políticos en el Museo Nacional. Pero, en los reclamos sociales debemos dar especial relevancia a los planes de reconstrucción de infraestructuras urbanas y rurales y la atención para los damnificados del terremoto; además de la auditoria del fantasmal Fondo Milagro, en manos de la esposa de De la Espriella.
Los trabajadores estatales, empezando por el magisterio público, pueden encabezar la lucha contra el gobierno, organizando un Encuentro Estatal de Emergencia que ratifique la decisión de Paro Nacional contra los despidos masivos y por la estabilidad laboral de los trabajadores precarizados. A esa tarea debemos agregar la exigencia de un reajuste del salario mínimo para el 2027 que reivindique el salario vital.

Un verdadero paro nacional enfrentará no sólo al gobierno sino a los intereses de los gremios empresariales, que cerrarán filas con él, y también al imperialismo y su política intervencionista. Sólo la parálisis del aparato productivo, de distribución y servicios, como se logró durante el estallido social, impondrá las exigencias populares. En ese sentido el 14 de octubre fue la primera advertencia al gobierno de que estamos en pie de lucha y la libraremos hasta las últimas consecuencias. Pero es también una advertencia a la dirigencia del Pacto Histórico; que el objetivo es derrotar en las calles el plan de Abelardo y no condicionar la movilización a la concertación y para hacer alianzas con burgueses con fines electorales.
El 14 de octubre confirmamos el pensamiento de Lenin: “La revolución es la fiesta de los oprimidos y explotados”. Una fiesta que hoy se multiplica en España, Francia, Alemania, Italia, Albania, donde millones de jóvenes se toman las calles y plantan cara a los Estados que recortan salvajemente las garantías sociales, mientras incrementan los presupuestos militares para arrastrar a su sociedad a la barbarie de la guerra. Ellos son nuestro ejemplo para las jornadas que se avecinan.
Unidad Obrera y Socialista ¡UNÍOS!
Bogotá, Medellín, octubre 22 de 2026









