En enero de 1919, en pleno alzamiento de la clase obrera alemana, grupos parapoliciales amparados por el gobierno reformista secuestran y asesinan a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Verdaderos ejemplos de revolucionarios consecuentes que pelearon hasta el final de su vida contra el capitalismo.
Manuel Velasco
El “águila del marxismo revolucionario”
Rosa Luxemburgo nació en 1871 en una Polonia bajo dominio zarista, en el seno de una familia judía que fomentó su educación, algo inusual para las mujeres de la época. Demostró desde joven una inteligencia brillante y un fuerte compromiso político, uniéndose al partido Proletariat a los 15 años. Debido a la represión, se exilió en Suiza, donde se doctoró en diversas disciplinas y se especializó en la obra de Marx, convirtiéndose en una teórica fundamental del socialismo europeo.
En 1898, se trasladó a Alemania tras obtener la ciudadanía mediante un matrimonio de conveniencia, lo que le permitió integrarse plenamente en el ala izquierda del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD, por sus siglas en alemán). Su arrolladora elocuencia y energía la convirtieron rápidamente en una de las oradoras más destacadas y respetadas del movimiento. Además de su labor parlamentaria y militante, ejerció como docente de economía en la escuela de dirigentes del partido. Teórica indiscutible, de pensamiento profundo y mordaz le valieron la comparación con el ave que vuela más alto, ve primero desde más lejos y se mueve a una velocidad increíble.
Rosa Luxemburgo dedicó parte destacada de su obra al debate de contra el revisionismo, siendo una pionera en captar el fenómeno encabezado por Eduard Bernstein, se centró en la supuesta vigencia del capitalismo y el papel de las reformas sociales. Luxemburgo sostuvo que el sistema capitalista, lejos de estabilizarse como afirmaba Bernstein, generaba contradicciones crecientes y crisis inevitables que hacían necesaria una transformación revolucionaria. Para ella, renunciar a la meta final de la revolución significaba abandonar la esencia misma del socialismo, convirtiendo al movimiento obrero en un simple instrumento de gestión dentro del orden burgués. En relación al debate, condensó sus ideas en una de sus más importantes obras: “Reforma o revolución”. En ella Luxemburgo argumentó que la lucha por reformas y el sindicalismo no eran fines en sí mismos, sino los medios para preparar al proletariado para la toma del poder político. Rechazó la idea de que el socialismo pudiera alcanzarse mediante una acumulación gradual de mejoras legales, señalando que el Estado es una herramienta de dominación de clase que no puede ser simplemente reformada desde dentro. Su postura defendía que la acción de masas y la huelga política eran fundamentales para romper la estructura del sistema, diferenciándose del parlamentarismo pacífico propuesto por el revisionismo.
Otro importante aporte se encuentra en su texto “La acumulación del capital” sostiene que el capitalismo no es un sistema cerrado capaz de sostenerse por sí mismo, sino que requiere de la expansión constante hacia economías no capitalistas (sociedades precapitalistas o colonias) para realizar la plusvalía y continuar su acumulación. Su tesis principal plantea que, al agotar estos mercados externos mediante el imperialismo, el militarismo y la explotación colonial, el capitalismo destruye las mismas bases que permiten su crecimiento, lo que conduce inevitablemente a crisis profundas, guerras y, en última instancia, al colapso del sistema.
Su activismo fue profundamente internacionalista; se destacó en los congresos europeos donde conoció a Lenin, coincidiendo en el valor de la movilización independiente de la clase obrera como método para evitar los conflictos bélicos entre naciones. Al mismo tiempo, los separaron las polémicas en cuanto a la concepción de la organización partidaria y la cuestión nacional.
Liebknecht, el valor de pararse solo contra la corriente
Desde su nacimiento, Liebknecht estuvo inmerso en el ambiente socialista, siendo hijo de Wilhelm Liebknecht, un líder importante de la socialdemocracia alemana. Creció bajo la influencia de figuras como August Bebel, y su educación destacó su compromiso con la justicia social. Aunque se unió al SPD en 1900, su carrera política y legal se entrelazó con su activismo, convirtiéndose en una figura prominente en la defensa de los ideales socialistas.
A lo largo de su vida, Liebknecht estuvo estrechamente vinculado con los revolucionarios rusos y su segunda esposa, Sophie Ryss, era de origen ruso. Sus vínculos con estos revolucionarios reflejaron su compromiso con la causa internacional. Este compromiso fue evidente en su participación en eventos internacionales y su apoyo a los movimientos socialistas en todo el mundo.
Liebknecht visitó Estados Unidos en 1910, donde habló en numerosos mítines sobre la esencia del socialismo y la lucha de clases. Su gira fue recibida con entusiasmo por los trabajadores estadounidenses, subrayando su habilidad para conectar con audiencias internacionales y su capacidad para inspirar con su mensaje revolucionario.
Su libro Militarismo y antimilitarismo fue un hito en su carrera y le valió persecución por parte del gobierno prusiano. En el libro, Liebknecht criticaba el militarismo no solo como una herramienta de agresión externa, sino también como un medio de represión interna. Su obra enfatizaba la importancia de la propaganda antimilitarista entre los jóvenes como una estrategia clave para combatir el militarismo.
La oposición de Liebknecht a la Primera Guerra Mundial lo llevó a enfrentarse con su propio partido, el SPD. Aunque inicialmente se sometió a la disciplina de partido, pronto se convirtió en la voz más prominente contra la guerra en el parlamento alemán, para consolidarse como la figura central de la oposición al estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. Mientras la Segunda Internacional y el SPD decidieron apoyar a sus propias burguesías y enviar al proletariado al frente, Liebknecht denunció este acto como una traición histórica. Para él, el conflicto no era una defensa de la patria, sino una disputa imperialista para repartirse territorios y mercados globales a costa de millones de vidas trabajadoras. Su colaboración con Rosa Luxemburgo fortaleció la resistencia socialista a la guerra, aunque ambos enfrentaron una feroz represión.
En la histórica sesión del 4 de agosto de 1914, Liebknecht fue el único de los 110 diputados socialdemócratas que votó en contra de los créditos de guerra. Este acto de valentía política utilizó la tribuna parlamentaria para denunciar que la guerra no favorecía a ningún pueblo involucrado. A través de una declaración escrita, dejó claro que el conflicto era producto de la diplomacia secreta y del interés de las élites financieras, diseñada además para fracturar la unidad del movimiento obrero internacional.
Liebknecht desarmó hábilmente la retórica de la «defensa de la democracia» que utilizaba el SPD para justificar su apoyo al Kaiser. Advirtió que el grito de «¡Contra el zarismo!» era una farsa propagandística para manipular los ideales revolucionarios del pueblo alemán. Según su visión, el Estado imperial alemán no tenía autoridad moral para erigirse como libertador, ya que era un modelo de reacción política, y sostuvo que la verdadera liberación de los trabajadores debía ser obra de ellos mismos.
El revolucionario exigió una paz inmediata, sin anexiones ni humillaciones, basada exclusivamente en la solidaridad internacional de la clase obrera. Su discurso fue un llamado a los proletarios de todos los países beligerantes para que llevaran adelante una labor socialista común que detuviera la carnicería. Al votar contra los créditos, Liebknecht no solo protestaba contra la guerra, sino también contra los responsables capitalistas que la dirigían y contra el ataque a los derechos sociales por parte del gobierno.
La respuesta de las autoridades y de su propio partido ante su disidencia fue la represión y el silencio. Se le prohibió leer su documento en el Reichstag y se censuró su publicación en la prensa, aunque sus camaradas lograron difundirlo masivamente mediante volantes clandestinos. Como castigo, fue movilizado al frente ruso en condiciones degradantes para cavar tumbas, y finalmente fue expulsado del SPD a principios de 1916 por su inquebrantable postura crítica hacia la dirección del partido.
Revolución y reacción
En noviembre de 1918 estalló la revolución con el motín de los marineros en Kiel, quienes se negaron a participar en una última ofensiva suicida contra la armada británica al final de la Primera Guerra Mundial. La insurgencia se extendió rápidamente por todo el Imperio, forzando la abdicación del káiser Guillermo II y la proclamación de la República por parte del Consejo de los Diputados del Pueblo, liderado por el ala moderada del SPD. Sin embargo, la revolución pronto se dividió: mientras el SPD buscaba una transición pacífica hacia una democracia parlamentaria, los sectores independientes del régimen aspiraban al desarrollo de una república de consejos obreros siguiendo al modelo soviético.
Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, tras ser liberados de prisión en noviembre de 1918, asumieron la dirección de la Liga Espartaquista y fundaron el Partido Comunista de Alemania (KPD) a finales de diciembre. En enero de 1919, Liebknecht apoyó activamente el levantamiento armado en Berlín para derrocar al gobierno moderado, aunque Luxemburgo mantenía reservas sobre la preparación de las masas. El gobierno del SPD utilizó al Freikorps (paramilitares de extrema derecha) para aplastar brutalmente la revuelta. Como resultado, ambos líderes fueron capturados y asesinados el 15 de enero de 1919 por estas tropas, consolidando la derrota del ala revolucionaria y marcando el inicio de la inestable República de Weimar.
A partir de este hito sangriento, la socialdemocracia alemana profundizó su integración en el orden burgués, priorizando la estabilidad de la República de Weimar por sobre las aspiraciones de la clase trabajadora. Al asumir el rol de ‘perro guardián’ del capitalismo, el SPD no solo reprimió los levantamientos revolucionarios y huelgas generales, sino que gestionó la crisis económica mediante políticas de austeridad.
Este servilismo no le garantizó un lugar permanente en el poder: una vez que el partido cumplió su función histórica de contener y derrotar la amenaza revolucionaria, la burguesía alemana —golpeada por la Gran Depresión y necesitada de una salida autoritaria— procedió a descartarlo. Al final, la misma clase dominante que la socialdemocracia había salvado en 1919 terminó por entregar el Estado al nacionalsocialismo, barriendo con las instituciones de la democracia tradicional y con el propio SPD, confirmando que la capitulación ante la derecha no detiene a la barbarie, sino que le pavimenta el camino
El partido y la revolución
Con la fundación del Partido Comunista Alemán (1918), Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, en un sentido, acercaron posiciones con los bolcheviques. Sin embargo, la falta de un partido centralista democrático en clara oposición a las alas izquierdas de la socialdemocracia, a diferencia de los bolcheviques, llegaba muy tarde para el caso alemán. La falta de una herramienta suficientemente madura para el momento de la revolución hizo que las maniobras del reformismo y la reacción burguesa logren frustrar los sucesivos intentos del proletariado alemán por la toma del poder.
Recordar hoy a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht no es un ejercicio rutinario ni una conmemoración vacía. Su asesinato demuestra que la contrarrevolución puede vestirse con ropajes obreros, hablar el lenguaje del socialismo y apoyarse en organizaciones con décadas de inserción proletaria. La experiencia alemana confirma una de las lecciones centrales del marxismo revolucionario: sin independencia política de clase y sin un partido revolucionario, la energía de las masas se dispersa.
En un mundo nuevamente atravesado por crisis, guerras y grandes movilizaciones, la memoria de Luxemburgo y Liebknecht conserva toda su actualidad. La ultraderecha recupera elementos de barbarie del fascismo, las disputas inter-imperialistas nuevamente apelan al nacionalismo como carnada para enfrentar a los pueblos y el reformismo continúa obstaculizando el avance en la conciencia de millones. Hay oportunidades para vencer, como lo demuestran la juventud y los trabajadores que resisten a cada intento por profundizar la barbarie del sistema, por eso debemos invertir nuestros mejores esfuerzos en la construcción de partidos con un sano centralismo-democrático y una fuerte corriente internacional, para evitar el error que ambos dirigentes pagaron muy caro en el pasado.
Honrar a los dos revolucionarios verdaderamente no significa repetir consignas, sino asimilar las lecciones para preparar presentes y futuras victorias. Su sangre derramada en enero de 1919 sigue interpelando a quienes luchamos por una revolución socialista, obrera e internacional.





