La huelga de los portuarios prevista para hoy no es un simple conflicto sindical ni un episodio aislado en la larga historia de las movilizaciones del trabajo. Es un acto político de alcance internacional que vuelve a colocar en el centro un principio demasiado a menudo olvidado en la época de la competencia global: la solidaridad de clase más allá de las fronteras nacionales. La decisión de los trabajadores portuarios de cruzarse de brazos en solidaridad con el pueblo palestino, negándose a ser engranajes inconscientes de la cadena logística que alimenta guerras y opresiones, representa un gesto de ruptura que habla el lenguaje del internacionalismo marxista más auténtico.

En un mundo en el que las mercancías circulan sin obstáculos mientras las vidas humanas son aplastadas por fronteras, bloqueos militares y relaciones de fuerza imperialistas, los portuarios contraponen su autoorganización al poder del capital, demostrando que el verdadero poder está en manos de quienes trabajan; el hecho de encontrarse en nodos estratégicos como son los puertos aumenta la eficacia de su acción. Detener un puerto significa interrumpir el flujo vital del capital. Significa demostrar que la clase trabajadora, si está bien organizada, puede enfrentar al capitalismo también a nivel internacional. Una lucha prolongada es el único camino para obtener resultados útiles y comenzar a invertir las relaciones de fuerza.

La solidaridad con Palestina no es, por tanto, un gesto simbólico, sino un acto concreto de oposición a la complicidad económica y militar que alimenta la ocupación y la devastación de Gaza. Los portuarios se niegan a cargar armas, se niegan a ser parte de un mecanismo que transforma el trabajo en instrumento de muerte. Es una toma de posición que remite a las grandes tradiciones del movimiento obrero: desde los portuarios de Génova que bloquearon los barcos saudíes, hasta los trabajadores estadounidenses que en los años setenta se negaron a mover mercancías vinculadas al régimen del apartheid sudafricano.

Pero el internacionalismo revolucionario no puede ser selectivo. Si la solidaridad es un principio, no puede valer solo para algunas poblaciones oprimidas. Por eso es fundamental reafirmar que la misma lógica antimperialista que lleva a apoyar la resistencia palestina impone también alinearse con el pueblo y los trabajadores ucranianos contra la agresión imperialista rusa. No se trata de equiparar situaciones distintas, sino de reconocer un criterio común: allí donde un pueblo sea invadido, bombardeado o privado del derecho a la autodeterminación, la clase trabajadora internacional tiene el deber de ponerse del lado de los oprimidos.

La guerra en Ucrania ha mostrado cómo los imperialismos -occidental, ruso, chino- compiten por esferas de influencia, recursos y rutas comerciales, mientras los trabajadores pagan el precio más alto en términos de vidas, salarios, derechos y perspectivas. Defender a los ucranianos de la invasión rusa no significa apoyar las políticas de las potencias de la OTAN y del gobierno de Zelenski, del mismo modo que apoyar a los palestinos no implica respaldar a la corrupta ANP o al entramado teocrático de Hamás. Significa reafirmar un principio de clase: los trabajadores no tienen patria cuando la patria se convierte en instrumento de opresión. Solo los trabajadores tienen derecho a derribar a sus propios gobiernos reaccionarios y, si los gobiernos reaccionarios de cualquier país son atacados por gobiernos coloniales aún más opresivos de potencias imperialistas, los trabajadores luchan ante todo por la autodeterminación de los pueblos y por la mejora de sus propias condiciones.

La huelga de los portuarios, en este sentido, es un ejemplo de cómo la clase trabajadora puede construir un internacionalismo desde abajo, independiente de los Estados y de sus juegos geopolíticos. Es una invitación a superar las narrativas que dividen a los pueblos en bloques enfrentados y a reconocer que la verdadera línea de fractura no está entre naciones, sino entre quienes explotan y quienes son explotados.

En una época marcada por guerras, crisis climáticas y desigualdades crecientes, el internacionalismo no es un adorno ideológico: es una necesidad histórica. Los portuarios lo recuerdan con la fuerza simple y radical de su gesto. Mañana2, cuando los puertos se detengan, no se detendrá solo el tráfico de mercancías. Se detendrá, por un momento, la ilusión de que los trabajadores son engranajes pasivos. Y se abrirá un espacio para imaginar un mundo en el que la solidaridad deje de ser una excepción y se convierta en la regla.

Partido Comunista de los Trabajadores – Comisión Sindical

1.-ANP: Autoridad Nacional Palestina

2.- Huelga de portuarios: La huelga en Italia fue convocada para el viernes 6 de febrero como parte de una acción conjunta de trabajadores de al menos 20 puertos en la cuenca mediterránea y el norte de Europa.