Por Ezra Otieno

En diciembre de 2025, Estados Unidos, bajo la presidencia de Trump, lanzó una acción militar directa en Nigeria. Esta escalada se produjo tras meses de retórica pública agresiva, incluidas repetidas amenazas de intervenir «a tiros» si Nigeria no ponía fin a la violencia contra los cristianos. A finales de noviembre, Trump designó oficialmente a Nigeria País de Especial Preocupación, vinculando la inseguridad interna a la persecución religiosa y presentando la intervención militar como una necesidad moral.

El día de Navidad de 2025, fuerzas estadounidenses atacaron objetivos en el estado de Sokoto, en el noroeste de Nigeria, que Washington describió como vinculados a grupos afiliados al ISIS. Según informes, se lanzaron al menos dieciséis misiles crucero Tomahawk desde plataformas navales estadounidenses. El gobierno federal de Nigeria declaró que la operación se llevó a cabo con su conocimiento y coordinación. Trump, sin embargo, enmarcó públicamente los ataques como una defensa unilateral de los cristianos perseguidos.

A principios de febrero de 2026, Estados Unidos confirmó oficialmente el despliegue de un pequeño contingente de su personal militar en Nigeria. Funcionarios del Mando de EE.UU. en África afirmaron que la medida se tomó tras conversaciones de alto nivel con el gobierno nigeriano y que su objetivo era reforzar la cooperación antiterrorista frente a la persistente violencia e inseguridad yihadistas. Esta fuerza se describe como limitada y centrada en tareas de inteligencia, vigilancia y apoyo más que en el combate a gran escala, pero supone el primer reconocimiento público de tropas estadounidenses sobre el terreno en Nigeria desde los ataques aéreos de Navidad. El despliegue señala un cambio de la presión militar a distancia hacia una presencia estadounidense más directa, lo que suscita nuevas preocupaciones sobre la soberanía, la estabilidad regional y la posible expansión de la intervención imperialista en África Occidental.

Entender la acción militar estadounidense en Nigeria

La justificación oficial estadounidense se basa en dos argumentos. El primero es la necesidad de detener la violencia extremista. El segundo es la supuesta defensa de los cristianos que se enfrentan a un exterminio sistemático. Trump afirmó en repetidas ocasiones que los militantes islamistas estaban llevando a cabo un genocidio y que la fuerza militar era la única respuesta adecuada.

La realidad sobre el terreno es mucho más compleja. Nigeria sufre múltiples conflictos que se superponen y que obedecen a factores sociales, económicos y políticos. Entre ellos se encuentran una insurgencia de larga duración en la que participan Boko Haram y la provincia de África Occidental del Estado Islámico en el noreste, el auge de grupos armados localizados como Lakurawa que operan en partes del noroeste, el bandidaje y los secuestros generalizados que tienen su origen en la pobreza y el colapso del Estado, y los conflictos entre agricultores y pastores en las regiones centrales provocados por la presión sobre la tierra, el estrés climático y la marginación étnica.

La violencia en Nigeria no sigue un simple binario religioso. Los grupos armados atacan por igual a musulmanes y cristianos. Entre las causas de la inseguridad se encuentran el desempleo, la desigualdad, la degradación medioambiental, la debilidad de las instituciones y la arraigada corrupción de las élites.

Al parecer, los objetivos de los ataques estadounidenses eran campamentos asociados a Lakurawa, un grupo surgido en la zona que opera en los estados de Sokoto y Kebbi. La naturaleza de este grupo sigue siendo controvertida. Algunos analistas se preguntan si Lakurawa es realmente una filial del ISIS o si funciona principalmente como una red armada localizada surgida a partir del colapso económico y político. Las autoridades nigerianas subrayaron que la operación no tenía motivaciones religiosas y enmarcaron la cooperación con Estados Unidos en una estrategia más amplia de lucha contra la violencia.

Imperialismo, narrativas religiosas y teatro político

Desde una perspectiva socialista revolucionaria, la invocación de la persecución religiosa cumple varias funciones políticas. Moviliza el apoyo interno dentro de Estados Unidos, especialmente entre los sectores evangélicos y conservadores. Enmarca la intervención militar como un rescate moral y no como una proyección de poder. Desvía la atención de las causas estructurales de la inseguridad enraizadas en el capitalismo y el fracaso del Estado.

Las potencias imperialistas siempre han envuelto sus intervenciones en el lenguaje de la protección y el deber humanitario. Ya sea para defender a las minorías, extender la democracia o combatir el terror, estas narrativas ocultan objetivos estratégicos. El control de regiones, mercados, recursos y Estados clientes sigue siendo la lógica subyacente.

La retórica de Trump encaja perfectamente en esta tradición. El lenguaje moral se utiliza para legitimar la violencia al tiempo que oculta los intereses de clase a los que sirve. El resultado es un teatro político que sacrifica vidas nigerianas para reforzar la credibilidad imperial.

Las raíces clasistas de la violencia y los límites del poder aéreo

La inseguridad en Nigeria no puede resolverse con tecnología militar. El desempleo crónico, la marginación rural, el colapso de los servicios públicos y la ausencia de responsabilidad democrática crean unas condiciones en las que prosperan los grupos armados. Cuando el Estado se retira, las milicias y las redes criminales llenan el vacío, a veces proporcionando orden, ingresos o protección.

Los ataques aéreos no resuelven estas contradicciones. Las armas de precisión pueden matar combatientes, pero no pueden construir escuelas, redistribuir tierras o crear trabajo digno. En el mejor de los casos, los bombardeos desplazan la violencia. En el peor, fragmenta a los grupos armados y alimenta ciclos de represalias.

Los beneficios tácticos a corto plazo suelen acarrear costos estratégicos a largo plazo. El marco religioso de la intervención corre el riesgo de convertirse en una herramienta de reclutamiento para las organizaciones militantes. Los ataques extranjeros agravan el resentimiento, endurecen la resistencia y socavan la legitimidad local.

Rivalidades imperialistas y soberanía nigeriana

La intervención estadounidense debe considerarse también en el contexto de la creciente rivalidad imperial en África. La creciente presencia económica de China y los acuerdos de seguridad con Rusia han impulsado a Washington a reafirmar su influencia militar. Nigeria, como el país más poblado de África, ocupa una posición estratégica en África Occidental y el Sahel.

En su respuesta, los funcionarios nigerianos hicieron hincapié en la soberanía y el respeto mutuo. Sin embargo, la dependencia de las potencias imperiales en materia de seguridad refleja una debilidad estructural más profunda. Los Estados aplastados por la deuda, la austeridad y la depredación de las élites luchan por seguir caminos independientes hacia la estabilidad. La cooperación militar a menudo afianza la dependencia en lugar de la autonomía.

Crítica del campismo

Los socialistas revolucionarios rechazamos la lógica que divide las intervenciones imperiales en campos buenos y malos. Ya se justifique con un lenguaje humanitario o con reivindicaciones antiterroristas, la violencia imperialista sirve sistemáticamente a las clases dominantes, no a los trabajadores.

En Nigeria, las masas soportan el hambre, el desempleo y el colapso de las infraestructuras. No ganan nada con los cálculos estratégicos de Estados Unidos. La verdadera seguridad exige un control democrático de las fuerzas de seguridad, una inversión masiva en servicios públicos, una reforma agraria y una distribución equitativa de los recursos, así como una cooperación regional independiente del dominio imperial.

Estos objetivos no pueden alcanzarse mediante la intervención militar extranjera. Por el contrario, la intervención refuerza a las élites locales alineadas con los intereses imperiales y suprime las alternativas populares.

Lecciones de la historia

La historia revolucionaria ofrece claras advertencias. Trotsky sostenía que las potencias imperiales no pueden llevar a cabo la liberación. Las experiencias de Argelia, Vietnam, Irak y Libia demuestran que la intervención extranjera sustituye una forma de dominación por otra y deja a las sociedades fracturadas e inestables.

Nigeria se enfrenta a un peligro similar. La dependencia de la potencia de fuego estadounidense sin transformación social corre el riesgo de reproducir los ciclos de violencia. Los informes sobre inteligencia deficiente y objetivos poco claros suscitan serias preocupaciones sobre los daños a civiles y la fuerza mal dirigida. Estos resultados erosionan aún más la confianza y la legitimidad.

El camino de la clase trabajadora hacia la seguridad

La seguridad duradera surge del poder colectivo, no de los misiles. Una estrategia de la clase obrera debe centrarse en la movilización democrática y la transformación social. Esto incluye la creación de movimientos sindicales independientes que trasciendan las fronteras étnicas y religiosas, el desarrollo de una defensa basada en la comunidad y responsable ante el pueblo, la lucha por la revolución de la tierra y los recursos que socave las raíces económicas de la violencia, la ampliación del acceso a la educación, la sanidad y el empleo, y la vinculación de las luchas nigerianas con la resistencia global de la clase obrera al imperialismo y la lucha de la clase obrera por el socialismo.

Este enfoque rechaza tanto la represión autoritaria como el militarismo extranjero. Reconoce que el capitalismo produce inseguridad y que sólo las masas organizadas pueden desmantelarlo.

Lucha y resistencia

Los ataques en Nigeria representan una peligrosa escalada de la intervención imperialista en África Occidental. Es probable que nuevas acciones militares agraven las fracturas sociales y refuercen los discursos extremistas.

Al mismo tiempo, crecerá la resistencia. Esta resistencia adoptará la forma de trabajadores nigerianos que desafíen tanto a las élites nacionales como a la dominación extranjera, alianzas regionales de trabajadores que se opongan a la militarización y movimientos internacionales contra la guerra que se enfrenten a la explotación capitalista.

La solidaridad de la clase obrera debe traspasar fronteras. Los trabajadores nigerianos comparten intereses comunes con los trabajadores de toda África y del mundo. Su futuro no está en las potencias imperiales, sino en la lucha colectiva.

Los ataques aéreos de Trump en Nigeria exponen la bancarrota de las soluciones imperialistas a la crisis social. Reflejan un cálculo político, no una preocupación humanitaria. Intensifican las condiciones que pretenden abordar.

La seguridad y la liberación no pueden ser proporcionadas por ejércitos extranjeros. Deben construirse mediante la organización democrática desde abajo. Sólo un programa de la clase obrera basado en el socialismo, la igualdad y el internacionalismo ofrece un camino hacia la paz, la autonomía y la dignidad para Nigeria y el continente africano.