Por Martin Suchanek
En las últimas semanas y meses, la situación política en Argentina ha cambiado significativamente.
En primer lugar, el Gobierno de Milei se encuentra en una situación difícil, en muchos aspectos la más difícil desde que llegó al poder hace dos años y medio. Se encuentra debilitado por los conflictos internos y los escándalos, por la crisis económica y social y, por último, por la creciente resistencia, aunque es en gran medida sectorial.
En segundo lugar, el peronismo está siendo sacudido por una profunda crisis interna. Se está fracturando cada vez más, sin ninguna figura a la vista que unifique y que pueda situarse por encima del resto. Esto lo paraliza como fuerza nacional y, por tanto, debilita también su influencia entre las masas, aunque la dirección de la principal confederación sindical, la CGT -y, por tanto, la política de la organización central- siga bajo control peronista.
El auge del FIT-U
El tercer factor es el ascenso del FIT-U en las encuestas y en su papel público como «tercera fuerza» del país. El FIT-U, una alianza electoral de cuatro organizaciones trotskistas, recibió entre el 2,5% y el 5,5% de los votos en las elecciones nacionales tras su formación en 2011. En las elecciones parciales de otoño de 2025, obtuvo el 3,9% de los votos. Ahora, el FIT-U se sitúa entre el 10% y el 15% en los sondeos presidenciales (frente al 2,7% en 2023). Myriam Bregman, su candidata, es considerada actualmente la política más popular del país.
El propio FIT-U también se sitúa en el 10%, y la tendencia es al alza. En los suburbios obreros de Buenos Aires y entre los jóvenes, las proyecciones apuntan a un apoyo del 25% o más al FIT-U.
La alianza electoral ocupa actualmente la misma posición en el espectro político que Die Linke en Alemania o La France Insoumise en Francia. Pero con dos diferencias fundamentales: En primer lugar, Argentina se encuentra en una crisis política, social y económica mucho más profunda. La declaración de guerra del gobierno de Milei a la clase obrera, pero también la situación económica objetiva, obligan en última instancia a una confrontación política decisiva que sólo puede acabar con la victoria de la burguesía y el imperialismo o de la clase obrera, con la contrarrevolución o la revolución.
Aunque la situación actual no sea (pre)revolucionaria, en última instancia es inevitable que se produzca una escalada. Sin embargo, su ritmo, sus altibajos, no pueden predecirse con precisión, ya que dependen del curso de la lucha de clases tanto nacional como internacional.
La segunda diferencia es que el FIT-U, a diferencia de los partidos de izquierda reformistas o populistas, no promete una solución parlamentaria a la crisis. Al contrario, defiende la necesidad de superar el capitalismo y la formación de un gobierno obrero, que se logrará mediante la movilización de los explotados y oprimidos.
Pero al mismo tiempo, antes de abordar las tareas, los retos y los problemas a los que se enfrenta la FIT-U, queremos esbozar los dos primeros aspectos del cambio de situación y de la dinámica política en Argentina. Para ello, nos basamos en documentos y debates de nuestra organización hermana, el MST de Argentina, que acaba de celebrar su congreso nacional.
La situación del Gobierno de Milei
Milei asumió la presidencia en 2023 con la promesa de superar la crisis del país aplicando una motosierra a las osificadas estructuras argentinas, entre las que contaba el aparato peronista, los sindicatos y los supuestos «privilegios» de los empleados regulares, los estudiantes y los desempleados. A este asalto se sumaron los ataques de la derecha a los derechos democráticos, a la «laboriosidad», a la «locura de género», a la población indígena, y los intentos de rehabilitar la dictadura militar de los años setenta y ochenta. Milei defendió -y defiende- firmemente la subordinación al imperialismo estadounidense y al trumpismo.
En los últimos años, Milei -que, debido a la debilidad de su propio partido ultraliberal, La Libertad Avanza, no podía contar con una mayoría parlamentaria estable- ha conseguido ciertamente muchas cosas y ha impulsado recortes masivos. Además, la inflación ha empobrecido aún más a la clase trabajadora y a los pobres del país.
Pero, contrariamente a sus promesas, no ha conseguido estabilizar la economía. Sus éxitos han resultado ser efímeros destellos en la sartén. La tasa de inflación sigue siendo del 30% anual. Pero no es el único problema. El consumo disminuye en general. La capacidad de producción sólo se utiliza en torno al 50%. No sólo los asalariados se empobrecen, sino que numerosas empresas se ven obligadas a cerrar. En consecuencia, la economía está en declive, los ingresos fiscales disminuyen y la deuda aumenta. A esto se añade el hecho de que el FMI exige al «amo de la sierra» neoliberal de Argentina nuevos «ajustes estructurales» a cambio de nuevos préstamos.
En el plano político, el gobierno se ve sacudido por escándalos financieros y de corrupción. Anteriormente, el populista de derechas y ultraliberal Milei siempre los había achacado a la «casta» y la «élite» peronistas; ahora, la realidad de la burocracia estatal y de una forma más parasitaria de capitalismo le ha alcanzado. En 2025, la atención se centró en su propia hermana, que se había enriquecido mediante sobornos por contratos estatales adjudicados a grandes droguerías. Memes (contenido mediático) con el título «Karina, alta Coimera» (Karina, la funcionaria más corrupta) se hicieron virales. El propio Milei estuvo en el centro del escándalo de $LIBRA. El propio presidente promocionó esta criptomoneda, que se desplomó rápidamente tras una subida masiva de precios, arrastrando a unos 40.000 inversores minoristas argentinos. Estos escándalos no sólo ponen de manifiesto la hipocresía de las diatribas de Milei contra la «casta» cuya corrupción dice erradicar. También afectan directamente a sectores centrales de su propia base de apoyo, procedentes de la pequeña burguesía y las clases medias.
La situación económica y los escándalos también han sacudido la unidad del bando gubernamental, al menos en parte.
A todo esto se suma una serie de movilizaciones de asalariados y estudiantes. Desde hace casi dos meses, los docentes de provincias clave como Santa Fe y Córdoba organizan protestas periódicas. Éstas combinaron movilizaciones multitudinarias con importantes concentraciones y plantearon problemas a la burocracia sindical y a los gobiernos provinciales. En algunos casos, las acciones fueron autoorganizadas o vinculadas a otras luchas.
Esta evolución está directamente relacionada con la agudización de la crisis económica y la pérdida cada vez más aguda de poder adquisitivo. En las próximas semanas, es probable que se produzca un recrudecimiento de las luchas y nuevos brotes de agitación, a menudo en forma de reivindicaciones salariales, resistencia a los despidos, nuevos cierres de empresas o recortes presupuestarios más radicales, como en el caso de las universidades, donde ya se han producido varias huelgas y que acaban de organizar una masiva «Marcha de las Universidades Federales», en la que participaron 1,5 millones de personas en todo el país y 600.000 sólo en Buenos Aires.
Este resurgimiento de la lucha de clases es un aspecto clave de la situación actual, aunque todavía no se haya centralizado. Además, aunque Milei se haya debilitado, no va a retroceder en absoluto. Al contrario, el gobierno prepara nuevos ataques, como recortes por un total de 2,5 billones de pesos (unos 1.500 millones de euros) en los sectores de la educación, la sanidad, la cultura, la ciencia, la política de género, la vivienda y los servicios sociales. Si las luchas defensivas pueden generalizarse y coordinarse es una cuestión clave para el próximo periodo.
La crisis del peronismo
El aspecto más importante y dinámico de esta nueva situación es la notable ganancia de espacio político para la izquierda y la clase obrera, y el inicio de un giro a la izquierda.
Este fenómeno debe entenderse a su vez como el resultado de la profunda crisis del gobierno de Milei, de hecho de todo el régimen, pero particularmente del peronismo. Como partido populista e interclasista, consiguió durante décadas unir a la clase obrera con la burguesía. El partido peronista, el Partido Justicialista (PJ), representa, como analizó Trotsky en relación con los partidos nacionalistas de izquierda y populistas de su época, un frente popular en forma de partido. Por lo tanto, no es casualidad que estos partidos se apoyen en un «líder fuerte» que parece estar por encima de las distintas facciones y fuerzas de clase.
Hoy, el peronismo es incapaz de presentar un proyecto unificado o una perspectiva común, sino que se manifiesta en facciones y corrientes enfrentadas. Naturalmente, también hay intentos de superar esta crisis y reorganizar el partido. Por ejemplo, el peronista de izquierdas y gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, organizó una gira por todo el país, mientras que el peronista conservador Pichetto se esfuerza por establecer un orden interno. Pero hasta el momento no han conseguido apoyos significativos, ya que una parte importante de la población no desea volver al pasado.
Más bien, el peronismo se encuentra en una profunda crisis dentro de su propia base de masas. Prevalecen la decepción, la desconfianza y la fractura en parte de su base social. Esto es evidente en los lugares de trabajo, las escuelas y los barrios obreros, donde, precisamente debido a esta crisis histórica del peronismo, hay un mayor margen para la izquierda. Este es el factor clave que explica por qué, por primera vez, una mayor proporción de trabajadores y jóvenes miran hacia la izquierda y se sienten políticamente atraídos por la posibilidad de votar y apoyar al FIT-U. Los enormes avances del FIT-U en las encuestas de opinión en sólo seis meses reflejan esta crisis. Una parte importante de los simpatizantes del peronismo ya no desea repetir las experiencias del pasado que les han decepcionado, sobre todo porque las distintas alas del partido peronista ni siquiera son capaces de actuar como un frente unido, sino que tiran en direcciones diferentes. En consecuencia, las oportunidades políticas son mayores, y también pueden surgir posibilidades de afianzarse en los círculos sindicales y estudiantiles. Este alejamiento del statu quo continuará sin duda durante algún tiempo y, de hecho, puede profundizarse. Pero no durará para siempre. Por lo tanto, es crucial que la izquierda radical encuentre la manera de convertirse en la fuerza dirigente en la lucha contra Milei, y de hacer avanzar esta lucha -no meramente a través de la propaganda, sino en la realidad- como una lucha para establecer el poder obrero y un gobierno obrero.
Problemas y posibilidades del FIT-U
El aumento de la popularidad del FIT-U y de Myriam Bregman refleja, en general, un cambio en la relación de fuerzas que plantea la cuestión de cómo el FIT-U puede convertirse en una fuerza política y revolucionaria de la clase obrera. A diferencia de todas las corrientes del trotskismo en Europa, el FIT-U representa ya una parte importante de la vanguardia de la clase obrera y de la juventud. Pero no abre sus puertas a estos sectores de la sociedad.
El estado actual del FIT-U como mera alianza electoral de cuatro organizaciones (MST, PTS, PO, IS) se revela en esta situación como un enorme obstáculo para un mayor desarrollo. En la actualidad, la alianza está formada únicamente por las cuatro organizaciones miembros. Los trabajadores, los jóvenes y otras fuerzas (movimientos sociales, organizaciones de desempleados, ramas sindicales, organizaciones de derechos humanos) que se mueven hacia la izquierda pueden votar y apoyar al FIT-U, pero no pueden afiliarse a él. No hay afiliación individual, por lo que los trabajadores y los jóvenes militantes se enfrentan a la disyuntiva de afiliarse a uno de los cuatro grupos existentes, que en conjunto organizan a unos 10.000 camaradas, o apoyar a la FIT-U sólo desde fuera.
En esencia, la alianza sólo existe como fuerza unida durante las elecciones. En los centros de trabajo, los sindicatos o las universidades, los cuatro grupos suelen presentarse por separado o directamente enfrentados en las elecciones. Lo mismo ocurre con las movilizaciones callejeras. Por ejemplo, en el Primero de Mayo de este año, el PTS organizó sus propios mítines, mientras que las otras organizaciones celebraron manifestaciones conjuntas.
El MST lleva años criticando las limitaciones electorales del FIT-U, sobre todo desde la victoria electoral de Milei, y ha propuesto transformar el FIT-U en un partido en el que las cuatro organizaciones (y posiblemente otras) puedan funcionar como tendencias o facciones, compitiendo por mayorías para sus propuestas y reivindicaciones.
Por último, nadie debe hacerse ilusiones de que las cuatro organizaciones también están divididas por diferencias metodológicas y programáticas fundamentales en cuestiones internacionales, así como en lo que respecta a la lucha de clases nacional.
Por ejemplo, el PTS y la PO asumen que China y Rusia no son grandes potencias imperialistas, y ambos no reconocen el doble carácter de la guerra en Ucrania (una guerra de defensa nacional, por un lado, y su incrustación en la lucha por la redivisión del mundo, por otro).
También hay diferencias significativas en cuanto al programa y la lucha de clases en Argentina. Por ejemplo, PO opina que una asamblea constituyente podría ser la base de un gobierno obrero revolucionario. Esto se refleja en el programa fundacional del FIT-U, en el que no se mencionan explícitamente los consejos ni las milicias obreras.
No menos importante es la cuestión de cómo evaluar la dinámica y las perspectivas de la revolución en Argentina. El MST parte de la base de que la crisis del capitalismo y del régimen de Milei forzará un enfrentamiento entre las clases, que pondrá como alternativa la victoria de la contrarrevolución neoliberal o la victoria de la clase obrera mediante la instauración de un gobierno obrero que expropie el capital imperialista y nacional, aplique un plan democrático, aplaste el aparato estatal burgués y se apoye en consejos y milicias.
El PTS no supone que tal escalada esté por venir en el próximo período, es decir, en los próximos años, sino más bien un «proceso» más largo en el que la tarea principal sería ganar «puntos de apoyo» entre las masas y en el discurso público. Esta es también la razón por la que el PTS se negó a hacer del FIT-U algo más que un mero frente electoral.
Pero el cambio de situación también ha obligado al PTS a modificar en cierta medida su posición. Ahora aboga por la creación de un partido obrero, aunque sigue sin estar claro qué pasos concretos se van a dar más allá de los comités de apoyo a Myriam Bregman en las próximas elecciones presidenciales.
Este cambio de posición -al menos de palabra-, que acogemos con satisfacción, también refleja la presión que están ejerciendo los votantes y simpatizantes del FIT-U. Por ejemplo, cuatro destacados intelectuales se dirigieron al FIT-U en una carta abierta, pidiéndole que esté a la altura de su responsabilidad y oportunidad históricas y que una políticamente a un sector creciente y significativo de la sociedad que busca una solución revolucionaria dentro de un partido que luche por un gobierno de los trabajadores.
En síntesis, estamos frente a una situación que podría permitir superar las limitaciones del FIT-U, abriéndolo a todos aquellos que estén de acuerdo con su programa vigente. Al mismo tiempo, esa apertura significaría una transformación y sería también sinónimo de una discusión abierta sobre el programa -su perfeccionamiento y concreción- y sobre la estrategia y la táctica de la revolución argentina.
Sin duda, la situación actual permite a todos los grupos del FIT-U y de la izquierda radical en general crecer significativamente y ganar influencia. Naturalmente, todas las corrientes lo harán, ya sea el MST, el PTS, el PO u otros. Y, por supuesto, lo harían como tendencias aunque el FIT-U se transformara en un nuevo partido obrero.
Lo que es crucial, sin embargo, es que tal partido se presente como una fuerza unificada no sólo en las elecciones, sino en todos los niveles de la lucha de clases. Tendría que librar una lucha coordinada dentro de los sindicatos para arrancarlos, paso a paso, del control del aparato peronista (incluso haciendo uso de las divisiones dentro del peronismo en el proceso).
Pero, sobre todo, tendría que presentar una perspectiva de toma del poder por la clase obrera a través de la lucha contra Milei. Aunque es bastante improbable que Bregman gane las próximas elecciones presidenciales, podría obtener un resultado muy fuerte y, si la crisis dentro del peronismo se profundiza aún más, llegar a la segunda vuelta. En ese caso, las elecciones tendrían que celebrarse principalmente sobre la base de un programa para un gobierno de los trabajadores.
Sin embargo, no es en absoluto descartable que la situación se recrudezca drásticamente en vísperas de las próximas elecciones. Los actuales ataques de Milei, que implican recortes presupuestarios de miles de millones, exigen una ampliación de la resistencia, una respuesta unida de la clase obrera, que vaya desde una huelga política de masas hasta una huelga general indefinida. Esto plantearía incluso la cuestión del poder político en los lugares de trabajo y en las calles. La situación actual podría convertirse así en una situación prerrevolucionaria.
Por último, la situación también podría llegar a un punto crítico si el FIT-U gana la mayoría en una provincia, lo que pondría en el orden del día la formación de un gobierno obrero y su defensa contra los inevitables ataques del gobierno nacional y los reaccionarios.
El Congreso del MST, que se celebró en Buenos Aires del 22 al 25 de mayo y cuyos documentos se publicarán en las próximas semanas, ha decidido crear comités de apoyo a Myriam Bregman para las próximas elecciones presidenciales y situarlos en el marco de la lucha por una fuerza política que defienda un programa revolucionario. Así consta en una resolución del Congreso del MST:
«Participaremos en ella y contribuiremos a su organización aportando nuestras ideas, opiniones y nuestro espíritu de lucha en todo el país. Lo mismo cabe decir de la organización de los foros temáticos y programáticos propuestos en la convocatoria, así como de otras iniciativas que puedan surgir y avanzar colectivamente.
Estamos convencidos de que este es el momento de hacer los mayores esfuerzos conjuntos para tratar de construir una poderosa fuerza política de trabajadores y jóvenes que, bajo un programa antiimperialista, anticapitalista y socialista, busque atraer a millones y superar el fracaso de todas las opciones patronales, incluida la derrota del peronismo, que ha decepcionado a millones. Por eso, estamos ante la mayor oportunidad de construir una fuerza independiente y de izquierda que llegue a las masas y trabaje para abrir una perspectiva centrada en la toma del poder político en el país.»





