La resistencia colectiva y la solidaridad contienen un poder tal que, si se lograra organizarlas, podrían arrojar a Hanson y a los de su calaña a la fosa séptica de la historia. Ayer, los estudiantes marcaron el camino a seguir.
Por James McVicar
Ayer, en todo el país, los estudiantes salieron de sus aulas y se volcaron a las calles para protestar contra Pauline Hanson y su proyecto político de extrema derecha.
Hasta 4.000 personas se manifestaron en Sídney. Dos mil en Perth y Adelaida, y 1.000 en Brisbane. En Canberra, 500 estudiantes se manifestaron en el campus de la Universidad Nacional de Australia y 200 se concentraron en Wollongong. Los alumnos de secundaria organizaron espontáneamente manifestaciones en Shoalhaven, Lismore y Albury. En Melbourne, donde yo me encontraba, la marcha fue colosal —unas 5.000 personas— y el ambiente era absolutamente electrizante.
Los cánticos resonaban con justa indignación: «¿Demasiado jóvenes para manifestarnos? ¡Mierda de mentira!» y «Instituto, universidad, profesores también; Pauline Hanson, ¡vamos a por ti!». Sin duda, el más popular fue un estribillo de dos palabras: «¡Fuck Pauline!». A veces, menos es más.
Las pancartas caseras eran divertidas, indignadas y mordaces. «Me encantan las siestas, pero sigo despierto». «Aún así, tengo mejor asistencia que Hanson». «El naranja es el nuevo mal». En el suelo vi una cabeza de Hanson de papel maché que, por lo que parecía, había tenido un encontronazo con demasiados zapatos negros brillantes.
Cualquiera que tenga más de 25 años sabe lo que es que los adolescentes te pongan en su punto de mira. El sarcasmo de la Generación Z es una de las armas más devastadoras que la humanidad haya conocido jamás. Así que intenta imaginar cómo se debe de sentir Hanson en este momento.
Lo único que se le ocurrió como respuesta fue una publicación en X: «Si quieren protestar por algo, protesten por que los sueldos de sus padres están bajando y el precio de todo está subiendo… Lo sepan o no, One Nation y yo estamos luchando por ustedes». «Por favor, no me hagan daño, chicos, ¡en realidad estoy de su lado!». Patético.
Los estudiantes protestaban contra el creciente afianzamiento de la política de extrema derecha en Australia, liderada por Hanson y One Nation. Para ellos está claro que la agenda reaccionaria de Hanson solo beneficia a los más ricos. No se trata solo de Gina Rinehart: cada vez son más los acaudalados que apoyan a One Nation.
El proyecto de Hanson de demonizar a los inmigrantes y atacar los derechos de las mujeres y los trabajadores contribuye a mantener una sociedad en la que unos pocos dominan a la mayoría. Odessa, miembro de «Anticapitalistas en el Instituto» de Huntingtower, dio en el clavo en su discurso: «Sabemos que es una servidora de los ricos».
Al mismo tiempo, los partidos mayoritarios han ido cediendo cada vez más terreno a One Nation. Los liberales están haciendo todo lo posible por reinventarse como una versión de One Nation con corbata. Los políticos laboristas tienen previsto anunciar recortes sustanciales en materia de inmigración. Ellos también quieren implantar un sistema basado en la extrema desigualdad económica, las fronteras cerradas y el dominio de las minorías, por lo que no podemos contar con ellos para plantar cara a la extrema derecha.
El auge de One Nation forma parte de un cambio político global más amplio. Aero, un estudiante internacional de la RMIT y miembro de Socialist Alternative, habló sobre el presidente Javier Milei en Argentina, la primera ministra Giorgia Meloni en Italia, Nigel Farage en el Reino Unido y Donald Trump en Estados Unidos. Los estudiantes saben lo que está pasando en el extranjero y saben que hay que combatirlo. «Australia no necesita su propio payaso naranja», se leía en una pancarta.
En todo el mundo, el capitalismo tiene cada vez menos que ofrecer, salvo recortes salariales y un nivel de vida cada vez más bajo. A medida que los gobiernos destinan cada vez más dinero a los preparativos bélicos, se recortan drásticamente las prestaciones sociales y el gasto social. La política autoritaria de la extrema derecha, su defensa de la jerarquía social y la opresión… todo ello viene como anillo al dedo a nuestros gobernantes.
En medio de la explanada de la Biblioteca Estatal, la altiva estatua de Redmond Barry, juez del Tribunal Supremo y primer rector de la Universidad de Melbourne, se convirtió en una tribuna para unos adolescentes revoltosos que gritaban: «¡Pauline Hanson es una fascista!». Al viejo Redmond le habría dado un infarto. Las otras dos estatuas situadas frente a la Biblioteca Estatal —San Jorge matando a un dragón por un lado y una Juana de Arco triunfante por el otro— parecían encajar un poco mejor con el ambiente del día.
Se trató de una manifestación de estudiantes de institutos y universidades de todo el país, pero los alumnos de secundaria fueron los héroes del día. Hablé con alumnos del Melbourne High que calculaban que eran unos 40 los que participaban en la marcha. Otros 50 procedían de Northcote High y Coburg High. Había miles más, incluidos estudiantes de lugares tan lejanos como Geelong, Ballarat y Bendigo. En la manifestación de Sídney estuvieron representados sesenta centros educativos. En Perth, los organizadores de la manifestación afirman que estudiantes de 120 centros diferentes se pusieron en contacto con ellos para sumarse a la huelga.
Muchos estudiantes secundarios tuvieron que luchar en primer lugar por su derecho a estar allí. Me han informado de fuente fidedigna que un subdirector de Canberra intentó impedir que los alumnos subieran al autobús que los llevaba a la manifestación. Pero también me han informado de fuente fidedigna que dicho subdirector fracasó estrepitosamente.
Me han dicho que un colegio del centro de Sídney cerró las puertas con llave para evitar que los alumnos se sumaran a la huelga. Pero también me han dicho que los alumnos de ese colegio son unos escaladores bastante hábiles. Un diez en capacidad para resolver problemas.
Hay que hacer una mención muy especial a los alumnos de un colegio de Brisbane que, al no poder cruzar la verja cerrada del colegio, tuvieron que cavar por debajo de ella. Gente así es la que cambia el mundo.
A juzgar por las cifras, esta huelga estudiantil fue incluso mayor que la huelga nacional de institutos contra Hanson en 1998, cuando saltó a la fama por primera vez. En Melbourne,The Guardian entrevistó a un hombre que participó en aquel paro hace casi 30 años. Ayer estuvo en la manifestación junto a su hija Charlie, de 13 años.
«Creo que todo el mundo debería tener los mismos derechos y que todo el mundo debería recibir el mismo trato», declaró Charlie a The Guardian. Es una idea bastante sencilla —y totalmente acertada—, pero todas las instituciones del capitalismo (incluido el sistema educativo) intentan convencernos de que eso nunca podrá suceder ni sucederá.
Tanto en las universidades como en los institutos, esta huelga nacional fue organizada de principio a fin por socialistas. Creemos que un mundo de verdadera igualdad —sin opresión ni explotación— es posible y necesario.
La resistencia colectiva y la solidaridad contienen un poder tal que, si se lograra organizarlas, podrían arrojar a Hanson y a los de su calaña a la fosa séptica de la historia. Ayer, los estudiantes marcaron el camino a seguir. Los «chicos» están más que bien, nos están dando una lección a todos.
Publicado originalmente en Red Flag








