Entre el 22 y el 26 de septiembre, Nueva York volvió a ser escenario del ritual diplomático de la Asamblea General de la ONU. 81 años después de su creación, las alfombras rojas y los discursos solemnes contrastan con una realidad inocultable: la institución está cada vez más deslegitimada, es impotente e incapaz de intervenir sobre las guerras y crisis que atraviesan el planeta. Pero la crisis de la ONU no puede explicarse solamente por las limitaciones de su arquitectura institucional: es también un reflejo superestructural de la crisis de orden mundial, de las nuevas relaciones de fuerza y de la disputa por quién y cómo se define el rumbo del mundo. Su propia estructura de poder expresa relaciones de fuerza que hoy están siendo cuestionadas: los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad —EE.UU., Rusia, Francia, Reino Unido y, posteriormente, China— son los únicos países que tienen poder de veto en dicho Consejo de Seguridad y pueden bloquear cualquier resolución que afecte sus intereses. Por eso, una mayoría abrumadora puede votar contra el bloqueo a Cuba, reclamar un Estado palestino o exigir el fin de una guerra, pero esas resoluciones se estrellan contra los intereses de las potencias cuando afectan sus posiciones estratégicas. La parálisis de la ONU expresa así una contradicción más profunda: una institución atravesada por una estructura de poder que ya no logra contener las disputas, tensiones y cambios en la relación de fuerzas que marcan la crisis a nivel internacional, y que tenemos que enfrentar antes que nos lleve a la barbarie.
Por Oda Cuentas
Trump: amenazas y tutelaje imperialista
Donald Trump volvió a subirse al atril con el tono de siempre: amenazante, grandilocuente. En su discurso del 22 de septiembre advirtió que le queda una gran decisión con Irán: o un acuerdo que le permita reconstruirse, o “aniquilar a la República Islámica”. No es la primera vez que amenaza con llevar a Irán al desastre si no se somete a sus condiciones: durante meses, Trump volvió una y otra vez sobre la idea de que Teherán sería derrotado y que su programa nuclear sería eliminado. Pero el propio desarrollo de los acontecimientos desnuda la distancia entre esa retórica y los hechos. Trump llega a esta Asamblea golpeado, la guerra que Washington libra contra Irán desde febrero no logró los objetivos que había anunciado: ni el colapso del régimen de Teherán, ni la eliminación definitiva de su programa nuclear ni el reordenamiento express de Medio Oriente que se había fantaseado. Al revés, la resistencia iraní obligó a Washington a sostener una guerra prolongada y ya empuja los precios del petróleo y de la nafta a niveles que el propio Trump debió salir a justificar ante su electorado.
En América Latina, el blanco inmediato de su discurso fue Cuba, contra cuyo gobierno reafirmó el objetivo explícito de producir un “cambio fundamental” y afirmó que la isla “caerá”, en un contexto marcado por el bloqueo petrolero estadounidense y una creciente presión económica. El caso venezolano muestra la otra cara de esta estrategia: Trump recibió en Nueva York a Delcy Rodríguez, en el primer encuentro presencial desde la intervención estadounidense, apenas semanas después de que Washington y el gobierno venezolano sellaran otro acuerdo de entrega de recursos, que otorga al capital estadounidense un control sustancial sobre las reservas petroleras del país. Una forma más de tutela imperialista y recolonización, en la que el gobierno de Rodríguez acepta una subordinación económica y política que convierte las riquezas venezolanas en objeto de apropiación imperialista.
Al mismo tiempo, el contexto interno estadounidense agrega presión a la ofensiva trumpista: una encuesta Reuters/Ipsos de septiembre ubicó su aprobación en 32%, el nivel más bajo de su carrera, con apenas 17% de aprobación sobre su manejo del costo de vida, mientras la guerra con Irán aparece asociada al aumento de los combustibles y al malestar económico. Las amenazas de Trump, sin ser minimizadas (ya que el imperialismo estadounidense conserva una capacidad militar destructiva enorme), tampoco se deben confundir con una dominación sin contradicciones: es la tentativa de una potencia imperialista que enfrenta resistencias externas, límites económicos, líos internos y una creciente disputa por el orden mundial. Es más necesario que nunca denunciar y enfrentar toda injerencia de Washington, rechazar la recolonización de Venezuela, defender a Cuba frente a las amenazas, oponerse a la agresión contra Irán y construir una respuesta internacionalista de la clase trabajadora y los pueblos, independiente tanto del imperialismo estadounidense como de las burocracias y gobiernos que subordinan la soberanía nacional a sus propios intereses de poder.
Un diablo llamado Netanyahu
El otro protagonista obligado de esta edición fue el in-célebre Benjamin Netanyahu, procesado por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Cuando subió al estrado este 24 de septiembre, decenas de delegaciones abandonaron en bloque el recinto entre abucheos, dejando al primer ministro israelí hablando ante una sala semivacía. Una postal de aislamiento internacional inédito, en medio de una campaña electoral israelí que se define el 27 de octubre.
Pero el repudio gestual no tiene correlato en ninguna medida concreta. Ninguno de esos gobiernos fue consecuente: no rompieron relaciones diplomáticas con Israel, ninguno aplicó sanciones económicas efectivas, ninguno bloqueó el comercio de armas. Hipocresía elevada a método: se abandona la sala para la foto, pero se sostienen las relaciones con un estado genocida. Mientras tanto, según un estudio conjunto de la ONU, la Unión Europea y el Banco Mundial difundido meses atrás, reconstruir la Franja de Gaza demandará unos 71.400 millones de dólares durante la próxima década, de los cuales más de un tercio se necesita solo en los primeros dieciocho meses para restablecer servicios esenciales. Una cifra que ni siquiera contempla la ocupación en curso sobre Cisjordania ni la escalada militar israelí sobre el Líbano. Frente a semejante magnitud de destrucción, la “Junta de la Paz” que Trump promociona como el organismo internacional más importante de la historia apenas había recaudado, hacia comienzos de año, una fracción irrisoria de lo necesario. La causa palestina vuelve a instalarse en el centro de los debates internacionales, pero ninguna de las potencias que se llenan la boca reconociendo un Estado palestino está dispuesta a mover un dedo para desmontar el aparato militar y económico que sostiene la ocupación.
En contraste, cientos y cientos se manifestaron frente a la sede de la ONU y marcharon por sus alrededores para repudiar su presencia y denunciar la guerra en Gaza. Más de un centenar de personas fueron detenidas, entre ellas la actriz Susan Sarandon y otras figuras públicas. Un contraste evidente: mientras dentro de la ONU Netanyahu se vanagloriaba para justificar las acciones del estado sionista, afuera cientos de personas se movilizaban para rechazarlo y denunciar el genocidio en Gaza y el avance en Cisjordania y el Líbano. La jornada mostró también que, pese a la brutalidad de la ofensiva y al intento de naturalizarla, la solidaridad con la causa palestina no desapareció, sino que cientos siguen saliendo a las calles para expresar su rechazo a Netanyahu y exigir el fin del genocidio contra el pueblo palestino.
Milei y el arte de la sumisión
Si hay un caso testigo de vasallaje ante el imperialismo, es el que ofreció Javier Milei en su tercera exposición consecutiva en la Asamblea. Pocas veces se vio un nivel semejante de subordinación abierta: caracterizó a Netanyahu como un líder “extraordinario” y llegó a ubicarlo, junto con Trump, Marco Rubio y Scott Bessent, como una suerte de faro geopolítico de Occidente. La reunión de Milei con Netanyahu terminó de completar el cuadro. Mientras afuera de la ONU cientos de personas se movilizaban para repudiar al primer ministro israelí y denunciar la masacre en Gaza, Milei eligió reunirse con él y ratificar su respaldo al gobierno israelí, cuando crece el rechazo internacional. Y, en paralelo, ofrece a Washington el llamado “Corredor Andes-Atlántico”, presentado como un acuerdo de inversiones, pero orientado a conectar Vaca Muerta y las zonas mineras con los puertos del Atlántico mediante ductos, ferrocarriles, energía y telecomunicaciones. Contempla nada menos que hasta US$7.000 millones en financiamiento potencial, incluyendo un crédito de hasta US$6.000 millones para el proyecto Argentina LNG, condicionado a la compra de bienes y servicios estadounidenses. Es decir: mientras Milei entrega respaldo político a Netanyahu, pone también los recursos estratégicos y la infraestructura del país al servicio de los negocios del capital imperialista.
Párrafo aparte merece la causa Malvinas, que Milei reinstaló con inusitado énfasis en este discurso, calificando a la propia ONU de “inútil” por no forzar a Londres a negociar. El oportunismo es evidente: el declarado admirador de Margaret Thatcher ahora enarbola la bandera de la “causa nacional” mientras en el Congreso argentino impulsa leyes de supuesta “defensa de la soberanía” que en el fondo apuntan a perseguir y criminalizar a la oposición social y sindical. Todo esto en medio de un momento político débil, con tensiones internas en su propio armado de gobierno y una respuesta creciente en las calles.
Una delicada ironía final: mientras Milei repite hasta el cansancio su admiración por Trump, el propio mandatario norteamericano se reunió en la misma semana con el primer ministro británico Andy Burnham, que hasta hizo mención a Malvinas en su propio discurso ante la Asamblea, un hecho inédito, sin que trascendiera la tan ansiada foto que pretendía Milei. El felpudismo, una vez más, no ofrece garantías a cambio.
Actuar en serio, sin simulacros
Ya cerró la sesión de este año. Y, como en todos, quedaron miles de palabras y promesas arrastradas por el viento. Ya nadie, ni siquiera el mínimo sentido común, cree que estas cumbres generen confianza real: en el imaginario social se instaló la imagen de dirigentes que hablan de paz mientras administran, financian y legitiman la guerra. El espectáculo de Netanyahu hablando ante una Asamblea que dice defender la paz, mientras afuera cientos se movilizan para repudiarlo, y el doble juego de gobiernos que lo aplauden, lo reciben y al mismo tiempo simulan preocupación por la situación en Gaza, son apenas una muestra de esa hipocresía. Una putrefacción que atraviesa al sistema y que se expresa en instituciones incapaces de resolver las contradicciones que ellas mismas pretenden administrar. Es la decadencia de un sistema capitalista mundial que necesita presentarse como garante de la paz mientras reproduce guerras, saqueo, explotación y opresión. El escenario internacional queda reducido a rituales de discursos solemnes, donde se pretende mostrar como “comunidad internacional” lo que en realidad es la administración de intereses enfrentados de las clases dominantes y las potencias imperialistas.
Actuar sin simulacros significa abandonar la ilusión de que quienes gobiernan el mundo van a terminar con las injusticias que necesitan para sostener su poder. Significa organizarse para enfrentarlas, para evitar que nos lleven a la barbarie.
Porque si el capital organiza mundialmente la explotación y el imperialismo coordina sus intereses a escala planetaria, quienes luchamos por superar este sistema necesitamos construir una fuerza capaz de enfrentarlo en ese mismo terreno: internacional, independiente de las potencias y de toda variante de conciliación con el orden establecido. De eso se trata construir una organización revolucionaria: reagrupar las luchas y las fuerzas que resisten, dotarlas de un programa común y construir una Internacional capaz de intervenir en la lucha de clases, disputar el poder y abrir una salida socialista. No se trata de esperar que el sistema se reforme a sí mismo, sino de organizarnos para transformar las relaciones de fuerza que lo sostienen.








