La responsabilidad de los revolucionarios ante las elecciones y lo que vendrá después

Por Gérard Florenson

El desafío de las elecciones presidenciales de 2027 parece reducirse a la posible elección de Marine Le Pen, la candidata de Agrupación Nacional (RN). Impulsada por la ola que atraviesa la mayoría de los países, incluidos los europeos, la extrema derecha estaría a las puertas del poder y la única cuestión sería saber si esto puede evitarse y, por tanto, por qué medios.

Todos los comentaristas —al menos aquellos que temen semejante resultado— coinciden en afirmar que, a diferencia de las elecciones anteriores, en las que el rechazo a RN permitió la victoria de Macron, el «cordón sanitario» que aísla a RN tiene pocas posibilidades de repetirse. Se ha constatado tanto en las legislativas como en las municipales la permeabilidad entre los electorados de la derecha y de la extrema derecha. Los llamamientos de la izquierda institucional al «cordón republicano» han sido unidireccionales. Si su clara ventaja en las encuestas se confirma en las urnas, puede contar en la segunda vuelta con la retirada de Zemmour y de otros candidatos de extrema derecha, por lo que dispone de un fuerte potencial.

Una solución que la patronal ya no descarta

Pero si Marine Le Pen tiene alguna posibilidad de ocupar el Elíseo en mayo próximo no es tanto por una supuesta fascistización irreversible de la opinión pública como por el cambio de actitud de una parte importante de la patronal. La candidata se ha esforzado por tranquilizar, por «des-diabolizar» a RN; ya no habla de abandonar la Unión Europea ni siquiera de abandonar la moneda común. Se presenta simplemente como la verdadera derecha moderna, rompiendo con la derecha blanda que apoya a Macron. Sus discursos sobre la «preferencia nacional» no molestan a los capitalistas que necesitan a los inmigrantes, pero quieren mantenerlos en la precariedad.

Los capitalistas están impacientes: Francia debe recuperar cuanto antes el retraso que lleva en materia de desmantelamiento de los servicios públicos y destrucción de las conquistas sociales. Debe recuperar su lugar entre las principales fuerzas imperialistas y recuperar el terreno perdido en África. Los sucesivos gobiernos lo han intentado en vano; han desmantelado leyes sociales, impuesto retrocesos a un movimiento obrero que a menudo permaneció con las armas en el suelo, pero todo esto no avanza lo suficientemente rápido para garantizar «nuestra competitividad». Macron y sus primeros ministros, de rápida rotación, no consiguen sacar adelante la «reforma» de las pensiones que la patronal considera una prioridad. El Movimiento de Empresas de Francia (MEDEF) quiere salir de este bloqueo.

Los capitalistas miran hacia Italia. Meloni ha conseguido por el momento estabilizar su gobierno, sin crisis abierta, e impulsar una política favorable a la patronal italiana. Entonces, ¿por qué no Marine Le Pen presidenta con un gobierno que integre a una buena parte de la derecha llamada clásica? No sería el «talón de hierro» del fascismo, sino un poder autoritario dispuesto a imponer sus medidas por la fuerza; las instituciones de la V República proporcionan los medios para hacerlo, y emplearlos es una cuestión de determinación política.

La crisis de todos los viejos partidos de la burguesía abre una autopista a Le Pen

A la derecha hay una cacofonía que no se explica solamente por el choque de egos, aunque, por supuesto, las ambiciones personales desempeñan un papel.

Pero la derecha, en sus diferentes componentes, algunos centristas y otros más claramente reaccionarios, está desesperada. La crisis del régimen es la crisis de su régimen, del sistema político que siempre ha sido el suyo y que el «paréntesis» de los dos septenios de Mitterrand terminó respetando: esa «república de los amigos y los sinvergüenzas» que ha sido la base de su prosperidad.

Los candidatos potenciales son numerosos y, por el momento, nada indica que finalmente vaya a haber acuerdo sobre un nombre, lo que, sin embargo, sería su única posibilidad de figurar en la segunda vuelta y esperar ganar, aunque fuera por un margen estrecho, apostando por la reticencia de los electores a confiar el poder a RN. Ganar, conservar todavía un poco el poder especulando con la colaboración, al menos pasiva, de una parte de la izquierda burguesa…

Pero esta izquierda burguesa tampoco está en mejor estado. El Partido Socialista, que durante mucho tiempo fue su pilar, está completamente fragmentado. Esto comenzó con la debacle electoral de Benoît Hamon y el acercamiento a Macron de una parte de sus cargos electos, y se agravó desde entonces con la proliferación de grupúsculos que se disputan la herencia. Un sector, con Glucksmann y Hollande, mira abiertamente hacia un acuerdo de gobierno con la derecha «civilizada», excluyendo a los extremos, es decir, RN y La Francia Insumisa (LFI); esto podría concretarse con el apoyo al candidato de derecha si alguno llega a la segunda vuelta. Otro sector, con Faure, todavía espera resucitar el Nuevo Frente Popular al menos durante el tiempo de una elección, sin excluir por completo un gobierno de «unidad nacional» después. Y luego están los aguafiestas como Ruffin y algunos ecologistas… en total, mucha gente para muy pocas posibilidades de éxito.

Esta descomposición política de los partidos que se han alternado en el poder y son responsables del deterioro de las condiciones de vida de la gran mayoría abre una autopista a Marine Le Pen, pese a su pulsera electrónica y a los deslices verbales de algunos de sus cargos electos.

¿Jean-Luc Mélenchon, recurso contra la extrema derecha?

Así se presenta el líder de La Francia Insumisa. De Gaulle afirmó un día: «entre los comunistas y yo no hay nada». Mélenchon retoma y actualiza este discurso: está frente a frente con Marine Le Pen y todos los demás partidos, con sus potenciales candidatos, son insignificantes. Será ella o él, y para evitar la victoria de RN no habría otra solución que sumarse a su candidatura.

A pesar de sus gesticulaciones, Jean-Luc Mélenchon no será el próximo presidente de la República; será derrotado en la segunda vuelta, si llega a ella, por la previsible alianza de RN y una mayoría de la derecha, junto con la negativa de los centristas y de una buena parte de la izquierda burguesa a «elegir entre los extremos».

Esto es producto de la demonización de LFI, acusada de las peores infamias, entre ellas el antisemitismo y de querer instaurar una dictadura comunista «bolivariana». No solo LFI, sino también sus dirigentes y cargos electos, son objeto de difamaciones, a menudo con tintes racistas, expresión del odio de los burgueses hacia las «clases peligrosas». El objetivo de estas campañas: atrapar a Mélenchon y a LFI en el «cordón sanitario», hacer un llamamiento contra ellos al «voto republicano» en el momento en que Marine parece haberse moderado y resultar aceptable.

Entendemos las ilusiones que tanto trabajadores, estudiantes y demás sectores populares que, preocupados y desesperados por frenar a la extrema derecha, depositan en Mélenchon, pero no las compartimos. Más allá de nuestras divergencias tanto con las posiciones políticas como con el funcionamiento de LFI, remarcamos que estas ilusiones en manos de la izquierda reformista serán utilizadas para canalizar la bronca en las instituciones burguesas, impidiendo absolutamente prepararnos para la profundización de los inevitables enfrentamientos de clase que llegarán muy pronto después de las elecciones. Los aparatos burocráticos y los reformistas tratarán de aplazarlos, de desviarlos nuevamente generando expectativas en el parlamento y luego en las urnas de unas elecciones legislativas.

Prepararse para la lucha de clases

Podemos formular hipótesis, contemplar las distintas posibilidades a futuro, sin pasar nuestro tiempo comentando las encuestas aunque teniéndolas en cuenta. Pero no seremos responsables del resultado de las elecciones. Incluso llevando adelante la mejor política, la realidad es mucho más compleja que aquello con lo que podamos hacer y especular electoralmente. En cambio, de lo que sí somos responsables es de la manera en que nos preparamos para lo que vendrá después.

Los dos escenarios probables no son precisamente alentadores. Si Marine Le Pen es elegida y, acto seguido, RN aumenta su número de diputados, tendremos un gobierno de ataque contra los trabajadores y la juventud, que asociará a la derecha y a la extrema derecha. Las pocas promesas demagógicas destinadas al uso electoral serán rápidamente olvidadas. Los inmigrantes serán el primer objetivo, condenados a la inseguridad y a la precariedad para mayor beneficio de los explotadores. No será el fascismo del tipo de Hitler y Mussolini, pero las bandas fascistas se sentirán alentadas y multiplicarán las agresiones racistas, sexistas y homófobas, sin temer a una policía ya infiltrada por los fascistas.

La otra posibilidad es una victoria por la mínima de un candidato único de la «derecha republicana», hecha posible por el voto de contención de una parte de la «izquierda», con la probabilidad de que una disolución de la Asamblea Nacional desemboque en una nueva ausencia de mayoría. Pero el gobierno que resultara de ello tendría que contar con el apoyo de RN para aprobar sus medidas, que, sin ninguna duda, serían una aplicación más decidida de la política que Macron no pudo llevar hasta el final.

A lo que debemos prepararnos en ambos casos es a enfrentarnos a un gobierno enemigo de los trabajadores y la juventud, más decidido y brutal, abiertamente al servicio del MEDEF.

En las décadas anteriores, fuertes movilizaciones obreras y populares, así como de la juventud escolarizada, consiguieron a veces hacer retroceder a los gobiernos y obligarlos a guardar temporalmente sus ataques contra la protección social y el derecho laboral. En su momento los “Chalecos amarillos”, a pesar de sus contradicciones y limitaciones, con la lucha en la calle y reivindicaciones muy progresivas hicieron tambalear a Macron. No se trata, por tanto, de bajar los brazos. Habrá que combinar huelgas, bloqueos y manifestaciones, lo que supone nuestra capacidad —la capacidad de «los de abajo»— para imponer a las direcciones sindicales que rechacen todo diálogo con la reacción y avancen un plan de lucha para frenar la destrucción social y conquistar nuestras reivindicaciones.

Los revolucionarios frente a sus responsabilidades

Las fuerzas organizadas de los revolucionarios son poco numerosas para afrontar este desafío, pero es posible ganar para la lucha a nuevas generaciones militantes y recuperar también a las antiguas, a los miles que se han cansado pero que continúan participando en los sindicatos y en las asociaciones. Una condición: romper con todos los sectarismos y con la auto-afirmación, poner por delante lo que nos une y comprender que nuestras divergencias no deben ser un obstáculo para la acción común.

¿En las luchas y en las elecciones? Sí. Una cosa no va sin la otra. Para muchos trabajadores y jóvenes que nos miran con simpatía y cuyo número es superior a lo que dejan entrever nuestros resultados electorales, nuestras divisiones son incomprensibles y los desalientan. Es hora de corregir el rumbo. Contrariamente a las afirmaciones de los dirigentes de Lutte Ouvrière, la multiplicación de candidaturas no es inevitable y el resultado electoral no es indiferente. Un buen resultado electoral fortalece la moral de los militantes y simpatizantes y los impulsa a prepararse para combatir en otro terreno, el de la lucha de clases. En las elecciones en las que es posible obtener cargos electos, estos constituyen un punto de apoyo, nuestros portavoces dentro de las asambleas. Unas listas comunes en las municipales habrían permitido obtener mejores resultados.

Esto es aún más cierto para las elecciones presidenciales. Si los revolucionarios concurren divididos, significa que abdican, que dejan la polarización política en el nivel del enfrentamiento entre RN y LFI. Significa conformarse con candidaturas testimoniales, aplastadas por el supuesto voto útil, con el consiguiente desaliento de verse tan pocos.

La unidad de los revolucionarios en las luchas y en las elecciones

Podemos hacerlo de otra manera y está a nuestro alcance. La campaña electoral de las presidenciales, pese a las cuestiones objetivas, las dificultades y las maniobras destinadas a marginar a los «pequeños candidatos», sigue siendo una oportunidad a aprovechar. Es la posibilidad de dar a conocer ampliamente un programa de urgencia social y democrática, explicando al mismo tiempo que no saldrá de las urnas y que, como siempre, habrá que conquistar los avances mediante nuestras luchas.

Una campaña única de los revolucionarios encontraría un eco mayor que campañas dispersas; daría confianza a cientos de miles de personas para preparar los enfrentamientos con la patronal y el gobierno. Desgraciadamente, esta no es la opción actual de las organizaciones de la izquierda revolucionaria. Una parte, entre la desesperación y las ilusiones, se suma a la candidatura de Mélenchon. El resto se presenta dividido ante el electorado, sea por la imposibilidad de llegar a acuerdos, por intereses de aparato o la mezquina posibilidad de ganar algunas decenas de afiliados.

Hemos caracterizado en otro artículo la posición de Lutte Ouvrière y sus motivaciones derrotistas, pero su previsible rechazo a toda campaña unitaria no debería resignar a las demás organizaciones para hacer lo mismo.

Lamentamos que, después de haberse dirigido en vano a LO, las direcciones del NPA-R y de Revolución Permanente no hayan podido arribar a un acuerdo. Las candidaturas que presentan son positivas, reflejando las luchas y los sectores de trabajadores organizados,  y al precio de un esfuerzo considerable, pueden esperar obtener los 500 avales necesarios para llevarlas hasta el final. Pese a todos los obstáculos, ha habido la mayoría de las veces dos y a veces tres candidatos revolucionarios. Pero simplemente decimos: ¿y después? ¿En qué puede ayudar esta división a preparar lo que viene, que se desarrollará en un terreno completamente diferente?

Insistimos a los camaradas a rediscutir y hacer los esfuerzos necesarios para llevar a cabo una candidatura unitaria de la extrema izquierda. Diferentes ejemplos históricos y actuales nos muestran que podemos lograrlo, como las recientes convocatorias y acciones unitarias en Argentina contra el gobierno de extrema derecha apoyado en la pasividad y complicidad del Peronismo y la burocracia sindical traidora.