“¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar un hombre!” fue lo que le dijo el Che a su verdugo, el sargento boliviano Mario Terán, antes de ser ejecutado. Así, finalizó trágicamente la última travesía del mítico revolucionario, por la que buscaba hacer de la cordillera de los Andes la nueva Sierra Maestra. El firme compromiso con la revolución socialista, la coherente visión internacionalista y una inquebrantable convicción marcaron a fuego la biografía de Ernesto Guevara que hoy proponemos repasar, mencionando algunos debates, en un nuevo aniversario de su fallecimiento.

Los primeros años

Nacido en 1928 en la ciudad argentina de Rosario, Santa Fe, la infancia de Ernesto “el Che” Guevara estuvo atravesada por los traslados constantes en busca de un clima adecuado para convivir con el asma que desarrolló a temprana edad. El bienestar económico de su familia le permitió encontrar finalmente en la provincia de Córdoba el lugar adecuado para afrontar su enfermedad, que de todos modos lo obligó al reposo constante, pero lo llevaría a desarrollar el destacado hábito de lectura que lo caracterizaría toda su vida. 

Tras finalizar el colegio secundario, en 1946 se mudó junto con su familia a Buenos Aires para continuar sus estudios en la Facultad de Medicina de la UBA. Era un momento de fuerte politización en la ciudad, la llegada de Juan D. Perón a la presidencia ese mismo año había sido el resultado de un ascenso en la movilización de la clase trabajadora, con la potencia suficiente para obtener conquistas históricas aunque sin una dirección independiente con la fuerza necesaria para disputar el gobierno al nacionalismo burgués justicialista.

Sin embargo, lo que terminaría por ganar al Che para la estrategia revolucionaria lo encontraría en sus sucesivos viajes por Latinoamérica. A bordo de su motocicleta, pudo reconocer la dolorosa realidad del continente que urgía ser transformada. El intercambio de ideas y la dinámica de los procesos que se desarrollaban en la región lo llevaron a concluir su segundo viaje en Guatemala y México, donde el viaje que parecía inspirada por el ocio dio un giro hacia lo político.

Su paso por Guatemala no era por azar, allí estaba en curso el gobierno de Jacobo Arbenz, que profundizaba sus tensiones con los intereses monopólicos de la United Fruit Company y del imperialismo estadounidense, para finalmente ser derrocado. En la carta a su tía Beatríz, el Che reconoce que se dirigía hacia Guatemala con el preciso objetivo de “ser un revolucionario auténtico”. El contacto con activistas, exiliados políticos y revolucionarios de todo el caribe que confluían en el lugar reforzaron el compromiso y la convicción que lo llevaron a continuar su tarea huyendo de la persecución en México, donde se unió al Movimiento 26 de Julio(MJ26) de Fidel Castro y se interiorizó sobre la situación cubana.

El llamado a la revolución

Desde México se organizó la expedición para desembarcar en Cuba y derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista, intento anteriormente frustrado en 1953 en el día que dio nombre al movimiento MJ26. Los objetivos que agrupaban a los activistas del Movimiento no desentonaban con los planes de gobierno seguidos por los nacionalismos burgueses de la región. Incluso con el respaldo de un sector de la burguesía local y del imperialismo, pretendían originalmente impulsar en Cuba un proceso de democratización de la isla junto con una serie de reformas económicas en los marcos del capitalismo. Ni siquiera la guerrilla estaba planteada en el plan inicial, fue la sucesión de acontecimientos lo que llevó al MJ26 a encabezar una revolución anti-dictatorial a través de la lucha armada asentada en el campesinado, pero que logró tener una influencia de masas. En la Habana y los centros urbanos se contagió la simpatía por la guerrilla y el reconocimiento de su dirección que, durante los 25 meses de combate, la había respaldado en las zonas rurales. Esto posibilitó la caída de Batista en 1959 lo cual le dio más fuerza aún.

El gobierno que se conformó no podía dar respuestas a un pueblo que habia realizado una revolución. De esta manera, las demandas de los sectores estudiantiles y de trabajadores cobraron tanta fuerza que para la presidencia Manuel Urrutia fue imposible mantener su lugar, lo que posicionó a los comandantes guerrilleros como “árbitros” del proceso al no haber surgido organismos de auto-organización popular como alternativa de gobierno. A pesar de que Castro aclaraba que “no somos comunistas” en abril del ‘59, la presión desde abajo por salario, condiciones laborales, libertades democráticas y acceso a tierras llevó al cuestionamiento cada vez más profundo a la propiedad privada de la burguesía y el imperialismo a través de las expropiaciones. Con la Casa Blanca comandando la contrarrevolución, en 1962 la invasión yanki de Playa Girón fue derrotada para finalmente consolidar el gobierno liderado por Castro que celebró la victoria militar a la voz de “¡Viva la revolución socialista!” 

Aunque finalmente el stalinismo terminó por respaldar al nuevo gobierno de Cuba, fue más por la necesidad que por coincidencias ideológicas que terminaron confluyendo en el Partido Único de la Revolución Socialista (PURS), luego Parido Comunista Cubano (PCU). La necesidad de un aliado internacional de las proporciones de la URSS fue un incentivo contundente frente a la hostilidad imperialista, lo que resultó no sólo en profundas relaciones comerciales sino también en una profunda influencia política.

Luchar contra el imperialismo donde quiera que esté

Al mismo tiempo, la gesta cubana marcaba el camino que inmediatamente buscaron seguir los pueblos de la región, demostrando el carácter internacional que tenía la revolución. Lamentablemente, la influencia de la burocracia soviética y el oportunismo del castrismo no tardaron en presentarse como verdaderos frenos para la superación de las fronteras nacionales del proceso.

Fue el mismo Che Guevara, que se había consolidado como uno de los líderes revolucionarios con más prestigio en la isla, quién se destacó con sus polémicas a la orientación “etapista” que pretendía imponer Fidel Castro, respaldado por Moscú. Parte de la discusión tenía como punto el carácter excepcional o no de la revolución.

Previamente, el stalisnismo había insistido con la existencia de resabios feudales en la isla. Luego, pasó a afirmar que el régimen social prerrevolucionario era capitalista monopólico y sin una burguesía nacional propia, con lo que buscaba por todos los medios “demostrar” que las lecciones revolucionarias no podían aplicarse al resto del continente, donde seguirían existiendo “sociedades semifeudales” y burguesía nacional. Esto chocó frontalmente con una de las posiciones que, al menos una parte de la dirección cubana y en particular el Che Guevara, sostenía por entonces: que más allá de algunas características particulares, irrepetibles, Cuba no sólo era la vanguardia de la revolución antiimperialista en América sino que además estaba obligada a “exportar” esa experiencia al resto del continente.  

La combinación de esta discusión, junto con otras polémicas en relación a la burocratización y la política de industrialización marcaron una diferencia que el Che mantendría hasta sus últimos días con el stalinismo. Las mismas fueron la que lo llevaron a continuar por su cuenta con la revolución internacional, trasladando los mismos métodos que le habían garantizado el triunfo en Cuba hacia el Congo primero y Bolivia después. Fue en la última donde el “comandante” dio sus últimas batallas hasta ser capturado el 8 de octubre de 1967 y finalmente ejecutado al siguiente día. La guerrilla continuó después de su muerte, su deceso marcó un punto de quiebre para el desarrollo del foquismo, pero el sentimiento anti-imperialista y la efervescencia que sacudía a toda Latinoamérica continuó hasta la llegada de las sangrientas dictaduras de los años ’70.

Reivindicar los aciertos para distinguir los errores

La figura del Che sigue inspirando a millones hasta nuestros días, porque las causas por las que dio su vida conservan vigencia absoluta. Su aporte a la pelea contra la opresión imperialista y por una sociedad libre de explotación fue inmenso, pero su reivindicación no puede hacernos perder de vistas las críticas necesarias.

El traslado mecánico de los métodos que permitieron el triunfo de la revolución en Cuba al resto de las geografías fue uno de los límites principales la perspectiva guevarista. El desinterés del Che por el desarrollo de organismos de doble poder, ni del partido revolucionario se combinó con un fetiche por la guerra de guerrillas, replicada en contextos diferentes sin atender a las circunstancias particulares. Del mismo modo, la visión del campesinado como única alternativa para enfrentar a la burguesía respondía al imperativo de replicar la guerrilla rural cada país, imponiendo un sujeto a las necesidades del método y no un método a las necesidades del sujeto. Todo esto, condujo a un sector valioso del activismo, con el Che a la cabeza, hacia el apartamiento de las masas. Con la separación de la vanguardia de la lucha de clases, el potencial revolucionario de toda una época terminó finalmente comprimido en Cuba, con algunos triunfos parciales en el resto de los países. 

En nuestros tiempos, donde la ultraderecha desde la Casa Blanca impulsa una nueva ofensiva sobre Latinoamérica y los reformismos apelan al posibilismo para negar toda perspectiva superadora al sistema, es necesario rescatar del pasado todo ejemplo de rebeldía y coherencia. La cadena puede cortarse por cualquier eslabón nuevamente, y desde allí repartir por todos los continentes la inspiración que hace falta para construir una nueva dirección revolucionaria internacionalista. Es el momento, porque “si el presente es de lucha, el futuro es nuestro” … 

Por M. Velasco