Por Bill Mullen
La paliza que el Partido Demócrata le propinó a los republicanos en las elecciones legislativas del martes supone un claro rechazo a la era MAGA y un reequilibrio previsible y cauto del capitalismo liberal. Los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado, ganaron elecciones al Senado de gran repercusión (El-Sayed en Míchigan) y, en Texas, derrocaron un régimen «rojo» (color del Partido Republicano) protoautoritario al elegir a un nuevo gobernador, senador y fiscal general. Las estadísticas muestran que los votantes jóvenes y los votantes negros, en particular, volvieron a los demócratas tras un ligero giro hacia la derecha entre 2016 y 2024.
La derrota supone también un revés para la extrema derecha mundial. Especialmente tras la derrota de Bolsonaro en Brasil, hay cada vez más indicios —entre ellos las protestas masivas que se están produciendo actualmente, de las que hablaremos más adelante— de un masiva giro global contra la era autoritaria. La derrota también puede interpretarse como una forma de repudio a la actual guerra del Estado estadounidense contra Irán, a pesar de la ausencia de un movimiento antiguerra de masas.
Para la burguesía occidental, las elecciones prometían un retorno a las normas capitalistas liberales y un posible giro hacia la restauración del orden característico de la posguerra. Los mercados bursátiles mundiales, incluido el de EE. UU., se dispararon ante los resultados. Las élites occidentales acogen con agrado el respiro que supone el fin de la falta de fiabilidad de Trump como socio de la clase dominante y la escalada de los precios del petróleo provocada por la guerra con Irán, que merma los beneficios capitalistas. Amplios sectores de la clase dominante occidental desearían un plan más estable para hacer frente a China y Rusia como rivales imperiales.
A nivel nacional, la denominada «ola azul» (color del Partido Demócrata) se entiende mejor como un grito de auxilio masivo de una ciudadanía estadounidense maltrecha por años de austeridad, recortes, erosión de las libertades civiles, empeoramiento de las condiciones de vida, debilitamiento de la salud e incluso reducción de la expectativa de vida. También es una expresión significativa del deseo de las masas de Estados Unidos de encontrar una alternativa al sistema capitalista que les ha fallado. Las elecciones también pueden ser un «suspiro de los oprimidos».
Pero las «olas azules» nunca han inclinado la balanza del poder hacia la clase trabajadora y los más vulnerables. Podemos recordar los avances demócratas que llevaron al poder a Bill Clinton y a Barack Obama tras largos períodos de dominio republicano (Reagan y Bush I, y Bush II, respectivamente). Estas oleadas no dieron lugar a reformas sociales significativas ni a una redistribución, sino a giros hacia la derecha cuidadosamente orquestados por el Partido Demócrata con el objetivo de configurar lo que Tariq Ali ha denominado un «centro extremo», tan servilmente dedicado al capitalismo y al imperio como los gobiernos de derecha que les precedieron.
Por lo tanto, cabe esperar que las nuevas mayorías demócratas en el Congreso hagan poco o nada para desmantelar el ICE, poner fin a las deportaciones masivas, acabar con la guerra contra Irán o frenar las políticas genocidas de Israel en Palestina. De hecho, todas estas políticas han contado con el respaldo del Partido Demócrata.
También deberíamos tomar nota de las elecciones como una advertencia sobre la tendencia histórica del Partido Demócrata a convertirse en el «cementerio de los movimientos sociales». Una metáfora acertada de esto es el número de personas que colocaron sus adhesivos de «He votado» en los memoriales de Minneapolis dedicados a Renee Goode y Alex Pretti el día de las elecciones. Pretti y Goode fueron asesinados por agentes del ICE, lo que desencadenó la mayor protesta en un solo día en una ciudad estadounidense en décadas: la rebelión de Minneapolis del 23 de enero, en la que participaron 100.000 personas. Ese movimiento de masas ha ido remitiendo a medida que los demócratas han ido ganando terreno, una señal de la capacidad de la política electoral para aplazar y absorber los sueños de millones de personas de un mundo mejor.
Debemos contrastar esta dinámica con la oleada de protestas masivas contra situaciones similares a las de EE. UU. que sirvieron de telón de fondo a la votación del martes: en Albania, París, Buenos Aires, Cachemira, Pakistán y, en los últimos años, en Sri Lanka, la India y Serbia, donde los movimientos de masas —muchos de ellos liderados por estudiantes— han derrocado o han supuesto un desafío significativo para la estabilidad del Estado.
Allí existen —y en el contexto estadounidense no— organizaciones bien estructuradas de estudiantes, trabajadores o de izquierdas, así como una conciencia política que trasciende los límites establecidos por la ideología hegemónica bipartidista.
Para que surja el espectro de tales rebeliones en EE. UU., es necesaria una organización paciente y cuidadosa, por parte de la izquierda revolucionaria, de las masas que anhelan algo más allá del centro extremo. Esto incluye a los miembros de los Socialistas Democráticos de América (DSA), cuyos candidatos —aunque a veces ganen— están siendo absorbidos ahora de forma indistinguible por una «ola azul» y tendrán una capacidad limitada o nula para desplazar al Partido Demócrata hacia la izquierda una vez en el cargo. Los candidatos del DSA o apoyados por el DSA han ganado ahora un puñado de elecciones a nivel estatal, incluidas alcaldías clave como las de Nueva York y Los Ángeles. Ayer consiguieron cinco nuevos escaños en la Cámara de Representantes, que se suman a las reelectas AOC y Tlaib. Sin embargo, el amplio alcance de la victoria demócrata del martes no hará más que envalentonar a su establishment para acallar la disidencia. Por lo tanto, debemos esperar deserciones, no crecimiento del DSA, a medida que se estanca en el poder.
Esto supone, pues, una oportunidad para la izquierda revolucionaria, pero una que exige estrategia, coordinación y cooperación.
Hay indicios de esta resiliencia: la Plataforma de la Izquierda Unida, una coalición de seis organizaciones socialistas revolucionarias, sigue colaborando en la defensa de las víctimas de la represión política —como Tom Alter, de Socialist Horizon— y ofreciendo una vía coherente y no sectaria para quienes van más allá de la política reformista del DSA.








