El progresismo de las palabras, la realidad de las políticas burguesas

Por Marco Ferrando

Con gran despliegue se celebró en Barcelona, entre el 16 y el 17 de abril, el encuentro de la llamada “Movilización progresista global”. Un encuentro promovido principalmente por el Partido Socialista Europeo (PSE), con la participación de diversos exponentes de la socialdemocracia mundial. Sánchez y Lula encarnaron el papel de protagonistas. El tema en torno al cual giró el evento fue la necesidad de una alternativa al trumpismo: se trataría de contraponer al trumpismo el “multilateralismo”, es decir, la defensa de un orden internacional “basado en reglas”. “La alternativa no es entre un orden multilateral y un nuevo equilibrio, sino entre ese orden y el caos”, declaró Sánchez. De ahí la exaltación del “proyecto europeo” como paradigma del multilateralismo que el mundo necesita: la Unión Europea (UE) es presentada como “un territorio definido por la cooperación… Hoy los países europeos están entre los primeros del mundo en bienestar… desarrollo social y democracia. Sobre todo han preservado la paz”.

Pero la Europa real tiene poco que ver con esta representación solemne.

La Europa imaginaria y la real

La UE, bajo gobiernos de todo signo, ha registrado y promovido durante treinta años el ataque a las conquistas sociales de la posguerra, dentro del marco de la globalización capitalista. La principal “cooperación” continental ha sido la de las burguesías contra sus propios asalariados, en un contexto de creciente competencia interna entre los distintos Estados nacionales en materia de políticas fiscales, reparto de mercados y contratos militares. Hoy esta tendencia regresiva no solo no se atenúa, sino que se agrava. Con la plena corresponsabilidad, en distintas formas, de los principales partidos europeos.

El PSE sigue siendo parte integrante de la Comisión Europea y de la mayoría que la sostiene: por tanto es corresponsable del nuevo pacto de austeridad en las políticas presupuestarias, del progresivo vaciamiento del llamado “Green Deal”1, del rumbo cada vez más reaccionario de las políticas migratorias, de la carrera general hacia el militarismo a costa del gasto social y de los salarios. La expansión de la nueva derecha en varios países europeos no es otra cosa que efecto y concausa de esta deriva. ¡Nada que ver con “bienestar, desarrollo social, democracia”!

Lo mismo vale para la dinámica mundial. El viejo “orden internacional basado en reglas” que Sánchez exalta en contraposición al trumpismo es precisamente el que le abrió el camino. Es el viejo orden del capitalismo y del imperialismo, y de sus reglas: las del dominio y la fuerza.

¿“Multilateralismo” como alternativa al trumpismo?

Tras el colapso de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS), el imperialismo estadounidense intentó afirmar su dominación unipolar recurriendo al militarismo más desenfrenado (primera guerra de Irak, guerra contra Serbia, invasión de Afganistán, segunda guerra de Irak). El fracaso de este proyecto, combinado con la emergencia del gran capitalismo chino, empujó a EE. UU. hacia un nuevo plan: la confrontación estratégica con China (el “pivot to China” de Obama en 2008) y el reclutamiento hegemónico de todo el campo de sus aliados imperialistas (en primer lugar europeos). Pero este proyecto también fracasó: la gran crisis de 2008, el desarrollo paralelo de China como nueva gran potencia imperialista, la emergencia del imperialismo ruso y sus nuevas ambiciones, han minado las bases materiales de la hegemonía estadounidense. De ahí también el surgimiento del trumpismo.

Más allá del narcisismo enfermizo del “Comandante en jefe”, el trumpismo no nace de un espíritu maligno de la época, sino del intento de responder a la crisis de la hegemonía estadounidense con un giro nacionalista radical: abandono de las estructuras de cogestión del orden mundial de posguerra, relanzamiento del proteccionismo, control monopolístico de América frente a Rusia y China (piratería en Venezuela, creciente amenaza a Cuba), ofensiva en Oriente Medio con pleno apoyo al monstruo genocida sionista, relación negociadora directa con las potencias rivales (Rusia y China) para el reparto mundial de las respectivas zonas de influencia. La marginación de la UE de todo escenario de negociación —e incluso la apuesta declarada de EE. UU. por su desintegración mediante el apoyo a la derecha nacionalista europea— no es un accidente, sino el resultado de este giro. La crisis histórica del eje transatlántico es su consecuencia inevitable.

La idea de una “cooperación multilateral de paz” entre viejos y nuevos imperialismos, mediada por la UE, pertenece más que nunca al terreno de los sueños. También es falsa la idea de una Europa más autónoma de EE. UU. como factor de paz: dentro del capitalismo y del imperialismo, cualquier desarrollo autónomo de los imperialismos europeos pasa por una carrera armamentística. No por casualidad todos los gobiernos europeos, sin excepción, están aumentando sus presupuestos militares ante la amenaza de Trump de desentenderse de la OTAN. Dentro de las “reglas” reales del capital, es la potencia militar la que mide la fuerza negociadora de cada imperialismo. Y todos tienen interés en defenderla con armas.

“Derecho internacional”. ¿Derecho de quién?

Sánchez y Lula evocan el retorno al “derecho internacional” como garante de la “paz”. Pero este, lejos de garantizar los derechos de los pueblos, ha encubierto siempre los crímenes del imperialismo: por ejemplo, legitimando con el sello de la ONU el embargo de diez años contra Irak, que causó un millón de muertos. Hoy la nueva confrontación entre viejos y nuevos imperialismos dificulta ese tipo de cobertura jurídica común, pero no impide, por ejemplo, la abstención cómplice de Rusia y China en la ONU respecto al plan colonial de Trump para Palestina, a cambio de concesiones en la guerra de Ucrania. Como la antigua Sociedad de Naciones, la ONU es, en palabras de Lenin, una “cueva de bandidos”. En su seno, los derechos de los pueblos son mercancía de cambio. La entrada de nuevos miembros en su Consejo de Seguridad, como proponen Sánchez y Lula, ampliaría sus muros, pero no cambiaría su naturaleza.

Más allá de la retórica sobre “paz” y “derecho”, el bloque entre Sánchez y Lula tiene también intereses materiales: ambos buscan aumentar el peso de sus países en el escenario capitalista internacional, en beneficio de los negocios del imperialismo español y del capitalismo brasileño. Que uno participe en la OTAN (bajo control estadounidense) y el otro en los BRICS (bajo influencia ruso-china) les da margen de maniobra. A ello se suma el peso del imperialismo español en Brasil como segundo inversor del país (en banca, telecomunicaciones y energía) y principal beneficiario de los acuerdos UE-Mercosur.

Un progresismo sin progreso, un reformismo sin reformas

También en el plano social, la llamada “internacional progresista” muestra su doble cara. “Las derechas solo traen inflación, desigualdad y fracturas sociales… nosotros traeremos una nueva etapa de progreso… donde gobernamos demostramos que no hay que arrodillarse ante las élites… España nunca será la madre de la xenofobia”, declaró Sánchez. “Nuestro objetivo es la igualdad, mientras la derecha defiende a los más ricos”, añadió Lula. Pero la realidad desmiente estas palabras. Las derechas defienden a los ricos, sí, pero que lo hagan con el voto de los pobres señala la responsabilidad de las izquierdas que les han allanado el camino.

Es cierto que tanto Sánchez como Lula parecen distanciarse de la “tercera vía” neoliberal de Tony Blair. Lula incluso reconoció haber sido “rehén del neoliberalismo”. Pero este aparente retorno a las raíces debe medirse con la práctica real.

Sánchez ha reducido en parte la temporalidad, pero ha flexibilizado los contratos indefinidos. Ha criticado a los ricos sin aplicar un verdadero impuesto a las grandes fortunas. Critica la guerra, pero aumenta el gasto militar. Denuncia la xenofobia, pero abre nuevos centros de detención de migrantes en Mauritania, siguiendo el ejemplo de los campos en Albania impulsados por Meloni. ¿Es esta la política de la “igualdad”? Aunque la economía española presenta mejores cifras que la media de la UE, la competencia fiscal y la carrera armamentística limitan cualquier política redistributiva.

En Brasil ocurre algo similar. El gobierno destaca el crecimiento del PIB y la baja inflación, pero aumentan las desigualdades, el endeudamiento popular alcanza niveles récord, la precariedad laboral se expande y el coste de la vivienda es insostenible. No es casual que el 72% de los jóvenes brasileños sea crítico con el gobierno. En los años 2000, el crecimiento económico sostenía el apoyo social a Lula pese a sus políticas. Hoy, en cambio, la crisis posterior a 2008 reduce su base de apoyo, mientras la derecha de Bolsonaro mantiene su fuerza.

La crisis del trumpismo y la necesidad de una alternativa revolucionaria

Hoy existe un hecho nuevo: el carácter belicista y criminal del trumpismo y sus aliados ha generado un rechazo en amplios sectores de la opinión pública, especialmente entre la juventud. Incluso sectores de derecha toman distancia. En este contexto, líderes como Sánchez, Lula o sectores demócratas estadounidenses intentan capitalizar ese rechazo con fines electorales. Ese es el verdadero sentido de la iniciativa de Barcelona: no el destino del mundo, sino los intereses nacionales de los partidos que la impulsan.

Sin hacer predicciones electorales, cabe una conclusión política: en el marco actual del capitalismo y del imperialismo no existe un espacio real para reformas profundas. La lucha contra el trumpismo y la nueva derecha es central, pero no pasa por subordinarse a una alternancia burguesa, sino por la independencia política y un proyecto anticapitalista.

La alternativa histórica sigue siendo entre revolución y reacción. Construir una izquierda revolucionaria a la altura de ese desafío es la razón de ser de la Liga Internacional Socialista (LIS), en cada país y a escala mundial.

1.- El Green Deal Europeo (o Pacto Verde Europeo) es el plan de la UE para transformar su economía y hacerla más sostenible.