Por Ali Hammoud

A pesar del discurso repetido sobre una supuesta “tregua” en el Líbano, la realidad sobre el terreno confirma que lo que ocurre no es un cese de la guerra, sino una redefinición de la misma a través del juego de términos políticos y mediáticos. La guerra nunca se detuvo, y el enemigo israelí continúa con sus agresiones diarias, al mismo tiempo que amplía la ocupación de nuevos territorios libaneses.

Hablar de una tregua en este contexto parece un intento de desinformar y encubrir la continuidad de la agresión bajo distintas formas. El sur del Líbano no vive una tregua, sino una guerra abierta con múltiples expresiones: bombardeos diarios, asesinatos selectivos, ocupación continua del territorio y una expansión progresiva de las zonas sobre las cuales el enemigo impone su control militar directo.

Lo que está ocurriendo no son simples violaciones aisladas sobre el terreno, sino un proyecto claro de desplazamiento y colonización que busca rediseñar la geografía y la demografía del sur libanés. La ocupación trabaja de manera sistemática para transformar las aldeas fronterizas en zonas destruidas e inhabitables, mediante la quema de tierras agrícolas, la destrucción de viviendas, la demolición de infraestructura y el ataque a todas las bases de resistencia social y económica. Es la misma política de tierra arrasada aplicada en Gaza: asesinatos masivos, desplazamiento forzado y destrucción urbana y ambiental orientada a expulsar a la población de su tierra y convertir el regreso en una opción casi imposible.

Mientras tanto, el poder político libanés se encuentra en una posición de impotencia y complicidad al mismo tiempo. Un poder completamente subordinado a las imposiciones estadounidenses y al chantaje israelí. En lugar de enfrentar la agresión, esta autoridad se dedica a ofrecer concesiones políticas y a buscar salidas que preserven su lugar dentro del sistema vigente, incluso si el precio es la normalización con el enemigo, algo que comenzó a evidenciarse con el inicio del proceso de negociación directa.

Hay que llamar las cosas por su nombre: la negociación directa con la entidad sionista no es una “solución diplomática”, sino la puerta política hacia la normalización. Y la normalización no es paz, sino una forma de rendición y de reproducción de la dominación colonial mediante herramientas políticas, económicas y de seguridad. Toda experiencia árabe que avanzó hacia la normalización demostró que la supuesta “paz” prometida no fue más que una profundización de la dependencia y una expansión de la hegemonía del enemigo sobre las decisiones soberanas y económicas.

La administración estadounidense no oculta la naturaleza de su proyecto. Declara abiertamente que el problema en el Líbano no es la ocupación continua del territorio libanés ni las agresiones diarias contra civiles, sino la existencia de una resistencia que rechaza someterse al proyecto israelí en la región. Lo que se busca desde Estados Unidos es un Líbano sin voluntad política, sin capacidad de defensa y completamente abierto a los proyectos de dominación económica y de seguridad occidentales.

La autoridad libanesa, en vez de enfrentar este proyecto, se integra gradualmente a él. Y no lo hace solamente mediante las negociaciones, sino también endureciendo el control de seguridad interno e intentando reprimir toda voz opositora. Con el aumento del enojo popular, el sistema se transforma cada vez más en un poder policial que considera a quienes protestan un peligro mayor que la propia ocupación.

En cuanto a Hezbollah, sigue enfrentando a la ocupación dentro de las posibilidades disponibles, pero está claro que la naturaleza del enfrentamiento cambió debido a las complejidades regionales y a las negociaciones, especialmente después de la distensión entre Irán y Estados Unidos, lo que indica la existencia de nuevas reglas de enfrentamiento que fijan los límites de la confrontación. Entre estas reglas no declaradas aparece una tendencia a mantener al margen a Beirut y a su suburbio sur, bastión de Hezbollah, a cambio de evitar ataques contra las principales ciudades israelíes. Esta realidad impone un debate serio sobre los límites de apostar por las fuerzas regionales y sobre la necesidad de contar con una decisión independiente que parta, antes que nada, de los intereses de la población libanesa y no de los cálculos de las grandes potencias y sus conflictos.

Pero la batalla de hoy no es solo militar; también es social y de clase. Más de un millón de desplazados enfrentan condiciones extremadamente duras, mientras los comerciantes de las crisis buscan lucrar con el sufrimiento de la gente mediante el aumento de los alquileres y el acaparamiento de bienes básicos. Aquí aparece el verdadero rostro del capitalismo parasitario que invierte en la guerra igual que invierte en el colapso económico.

Es deber de las fuerzas populares imponer al Estado la protección del derecho a la vivienda, impedir la explotación de los desplazados, garantizar educación gratuita para sus hijos y asegurar atención médica y servicios básicos. La resistencia no puede quedar librada únicamente a iniciativas individuales o a la caridad; debe transformarse en una lucha clara por derechos sociales.

En este contexto, ya no alcanza con organizar campañas de solidaridad ocasionales o emitir comunicados de rechazo. Lo que hace falta hoy es construir un frente amplio, políticamente activo y presente en el terreno, que reúna a trabajadores, estudiantes, sindicatos, fuerzas progresistas y a todos quienes rechazan la normalización y la rendición. Un frente que enfrente la ocupación, se oponga al poder subordinado y proponga un proyecto nacional liberador basado en la justicia social y la soberanía popular.

La batalla en el Líbano hoy no es solamente contra la ocupación israelí, sino contra todo un sistema de colonialismo externo y explotación interna. Y es una batalla que no se resolverá mediante negociaciones secretas ni acuerdos redactados en embajadas, sino a través de la capacidad del pueblo para organizarse e imponer su propio proyecto nacional de liberación.

No hay paz con la ocupación.
No hay normalización con el colonialismo.
Y no hay salida para el Líbano fuera de la resistencia popular, la liberación y la justicia social.