El acuerdo para colocar millones de toneladas de combustible ruso en los mercados internacionales deja descubiertos los intereses económicos y geopolíticos de EE. UU. y Rusia. Mientras Trump prioriza los precios de la energía y sus necesidades electorales, Putin obtiene recursos para sostener su maquinaria de guerra. De ambos imperialismos no se puede esperar una paz justa. La resistencia ucraniana enfrenta los bombardeos rusos y defiende su derecho a la autodeterminación. Ninguna confianza en los imperialismos, solidaridad con el pueblo ucraniano.
Por Rubén Tzanoff y Oleg Vernyk (Liga Socialista Ucraniana-LSU)
Acuerdo inter imperialista y anti ucraniano
El 9 de octubre, Trump anunció un acuerdo con Putin para suministrar millones de toneladas de diésel ruso a los mercados estadounidense y mundial. Rusia entregaría inicialmente más de 300.000 toneladas, otras 500.000 en noviembre y un millón adicional después. Podrían sumarse otros tres millones, según la situación de las refinerías rusas.
Trump presentó el pacto como una medida para reducir los precios del diésel. El encarecimiento de la energía, agravado por sus aventuras militares en Oriente Medio, y el malestar social en EE. UU. presionan a su gobierno a pocas semanas de las elecciones legislativas del 3 de noviembre. Su prioridad reconocida es abaratar los costes para agricultores, ganaderos, transportistas y consumidores. Pero detrás de la propaganda hay intereses económicos y políticos.
Apenas un mes antes, Trump había firmado una ley que le otorgaba competencias para imponer sanciones comerciales a Rusia e Irán. Ahora facilita las exportaciones rusas según sus necesidades económicas y electorales.
La maniobra revela el carácter de la política exterior yanqui. Las sanciones, las presiones diplomáticas y los discursos sobre seguridad demuestran que «zanahoria y garrote» son instrumentos que EE. UU. aplica, flexibiliza o abandona según sus intereses.
Un negocio que favorece a los agresores
Para Putin, el acuerdo ofrece la posibilidad de recuperar ingresos y aliviar los contratiempos energéticos. Los ataques ucranianos contra refinerías agravaron el abastecimiento ruso y provocaron largas colas en las gasolineras con el consiguiente malestar social. Ampliar las exportaciones es un alivio económico para los invasores.
Esos ingresos no pueden separarse de la guerra. Fortalecen la capacidad rusa para sostener su economía militarizada y prolongar la invasión. Mientras sus fuerzas bombardean ciudades, viviendas e infraestructuras ucranianas, Trump abre una vía comercial que beneficia a los agresores.
El acuerdo también expone el carácter interesado de la relación entre ambos gobiernos. Trump busca contener los precios energéticos y responder al descontento interno; Putin necesita ingresos, mercados y margen para continuar su invasión. Sus disputas no les impiden negociar cuando encuentran ventajas comunes.
No se trata de una alianza estratégica sin contradicciones, sino de una convergencia de intereses, sin que les interese el sufrimiento del pueblo ucraniano.
Indiscutible concesión a Putin y la guerra continúa
Hasta Zelenski calificó el acuerdo de su “protector” Trump como un “regalo” a Putin y denunció que permitir a Rusia vender más productos petrolíferos significa prolongar la guerra. Los hechos demuestran que las declaraciones diplomáticas por la paz, son solamente una pose. El pueblo invadido no puede quedar sometido a negociaciones que priorizan los intereses imperialistas.
Los acontecimientos posteriores al anuncio desmintieron cualquier expectativa de que el “entendimiento” energético redujera las hostilidades.
El 10 de octubre, Rusia atacó trece regiones ucranianas, afectando viviendas, infraestructuras e instalaciones ferroviarias. En Zaporiyia, cinco bombas impactaron en edificios residenciales y causaron 17 muertes, entre ellas las de tres niños.
En condiciones de inferioridad militar, Ucrania mantiene sus ataques contra instalaciones energéticas y logísticas rusas. Esa misma noche, drones ucranianos alcanzaron una terminal petrolera en Rostov. También se registraron daños en un puente ferroviario y ataques contra buques en el mar de Azov.


El pacto entre Trump y Putin no detiene la guerra. Ambas partes mantienen sus operaciones militares, pero no debe diluirse una diferencia fundamental: Rusia es la potencia invasora y Ucrania ejerce su derecho a defenderse con todos los medios a su alcance.
Apoyar esa resistencia no significa depositar confianza en Zelenski ni respaldar sus políticas económicas y sociales. Significa defender a un pueblo agredido y su derecho a decidir libremente su futuro.
La Unión Europea: intereses propios y solidaridad insuficiente
El imperialismo europeo tampoco desarrolla una política desinteresada de “defensa” de Ucrania. En los cuatro años y medio transcurridos desde el inicio de la invasión a gran escala (de febrero de 2022 a octubre de 2026), la UE pagó a Rusia más por petróleo y gas que lo que destinó a Ucrania en ayuda militar. Durante este periodo, los gobiernos de la UE importaron un total de 238.000 millones de euros en combustibles fósiles (petróleo crudo, productos derivados del petróleo, GNL y gas por gasoducto) de Rusia. En otras palabras, esta cantidad financió el presupuesto para la agresión militar contra Ucrania.
Al mismo tiempo, el total de la ayuda militar a Ucrania procedente de las instituciones y los Estados miembros de la UE ascendió a tan solo 97.300 millones de euros. Esto significa que, durante toda la guerra, la UE pagó a Rusia 140.700 millones de euros más por recursos energéticos que lo que gastó en armamento para Ucrania. Por lo tanto, el gasto de la UE en hidrocarburos rusos es casi 2,5 veces mayor que sus inversiones militares en la defensa de Ucrania.
Estas cifras son claras y desmienten toda la demagogia de la burocracia de Bruselas sobre su supuesto “apoyo a Ucrania”. La UE no constituye una alternativa progresiva al imperialismo estadounidense ni garantiza desinteresadamente la soberanía ucraniana. Sus gobiernos defienden los intereses de las burguesías europeas, sus mercados, recursos y posiciones estratégicas. Su “apoyo” militar, financiero y diplomático está condicionado por esos intereses y por el temor a la expansión rusa.
Por eso, denunciar las maniobras de Trump y Putin exige mantener una posición independiente frente a los gobiernos europeos y rechazar su rearme para las guerras inter imperialistas para las cuales se preparan. La defensa de Ucrania requiere solidaridad material y política con su población y su resistencia, sin subordinarla a la OTAN, EE. UU. y la UE.
Las amenazas entre Rusia y la OTAN
El Kremlin presenta el avance de la Alianza como una amenaza a su seguridad. Los gobiernos occidentales justifican el rearme y el fortalecimiento militar ante una eventual agresión rusa.
Esta confrontación verbal que lleva tiempo y no supera las “líneas rojas” de un enfrentamiento directo, no convierte a Rusia en una potencia defensiva ni a la OTAN en una alianza progresiva. Ambas representan bloques imperialistas con intereses estratégicos propios. Oponerse a las ambiciones expansionistas rusas no implica apoyar las ambiciones expansionistas del imperialismo occidental, por eso es necesaria tanto la disolución de la OTSC como de la OTAN.
El peligro de una guerra más amplia exige una política internacionalista que defienda a los pueblos frente a las agresiones y rechace que sus derechos sean moneda de cambio entre las potencias.
El desastre de los campistas
El campismo divide el mundo entre el bloque imperialista occidental y Rusia y China, presentados como sus enemigos irreconciliables o bajo la lógica la lógica del mal menor. Los hechos vuelven a desmentir esta visión que subordina la independencia ucraniana a una potencia invasora y desvirtúa la necesidad de tener una política independiente.
El 15 de agosto de 2025, Trump y Putin se reunieron en Anchorage, Alaska, para discutir la guerra y sus relaciones bilaterales. No alcanzaron un acuerdo que garantizara la retirada rusa. Después, Washington impulsó negociaciones que incluyeron concesiones territoriales y condiciones para Ucrania, mientras Moscú mantuvo sus exigencias. En noviembre de 2025, las discusiones sobre un plan de paz estadounidense volvieron a poner sobre la mesa condiciones desfavorables para Kyiv, mientras continuaba la ofensiva rusa.
El actual pacto energético y la exigencia a Ucrania a que frene sus ataques contra las refinerías rusas continúan esa política. Trump busca evitar un enfrentamiento directo con Putin, incluso cuando ello implica presionar al país invadido. El 10 de octubre llegó a sugerir que Ucrania debía cambiar de presidente para alcanzar un acuerdo con Rusia.
¿Dónde ven los campistas la supuesta división irreconciliable entre ambos imperialismos? Trump y Putin compiten por sus propios intereses, pero negocian cuando encuentran ventajas comunes, subordinando los derechos del país agredido.
No aceptamos ni la subordinación al imperialismo estadounidense ni la capitulación ante el ruso o el chino. La resistencia del pueblo trabajador ucraniano merece solidaridad porque enfrenta una invasión y defiende su autodeterminación, no porque su gobierno neoliberal y prooccidental represente una alternativa emancipadora. Esa solidaridad debe ser independiente de la OTAN, EE. UU. , la UE y Zelensky.
Más que nunca: apoyemos a la resistencia ucraniana
Nosotros defendemos a los pueblos frente a todas las potencias, sin justificar los crímenes de una en nombre de la otra. La salida no vendrá de los acuerdos entre los imperialismos más poderosos, sino de apoyar a la resistencia ucraniana y la solidaridad internacional de la clase trabajadora contra todos los imperialismos. Siempre con una orientación internacionalista, obrera e independiente de todos los imperialismos y los gobiernos y sus regímenes institucionales.
Con esta política sostenida desde el inicio de la guerra, la Liga Internacional Socialista (LIS) y sus partidos en Ucrania (LSU), Europa y en todos los continentes apoyamos al Convoy Internacional de Solidaridad, que partirá desde distintos puntos de Europa hacia Kyiv en noviembre y que llevará ayuda concreta ante el próximo invierno en guerra, con un único apoyo solidario y político: al pueblo trabajador ucraniano que resiste heroicamente.








