Ali Hammoud, desde Beirut
La guerra agresiva librada por Estados Unidos y la entidad sionista contra Irán continúa expandiéndose y profundizándose, trascendiendo el marco de una confrontación militar limitada para transformarse en un amplio conflicto regional cuyos efectos directos se extienden a casi catorce países de la región. Lo que sucede hoy no puede entenderse como un simple enfrentamiento militar pasajero; más bien, forma parte de un proyecto más amplio liderado por el imperialismo estadounidense para reafirmar su hegemonía en Oriente Medio mediante la fuerza militar y una alianza con el proyecto sionista.
Sin embargo, el curso de los acontecimientos no se ha desarrollado según los cálculos en los que se basó esta aventura militar. Las evaluaciones en Washington asumían que la respuesta iraní se limitaría a un área geográfica reducida o se centraría en atacar a la entidad israelí dentro de fronteras que pudieran ser contenidas política y militarmente. Sin embargo, la ampliación de la respuesta iraní a zonas más extensas de la región ha supuesto una auténtica conmoción para los centros de toma de decisiones estadounidenses y ha abierto la puerta a una ecuación regional mucho más compleja de la que la administración estadounidense había previsto.

El giro más peligroso se produjo con el cierre del estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más vitales del mundo. Este estrecho, por donde transita una parte significativa del comercio mundial de petróleo, no es simplemente una vía fluvial, sino un eje central del sistema económico global. Amenazar la navegación a través de él significa, en la práctica, que el conflicto ha trascendido los límites de la confrontación militar tradicional y ahora afecta a toda la economía mundial.
En este sentido, Estados Unidos se enfrenta a una verdadera prueba de su capacidad para «proteger» las rutas comerciales y energéticas, cuyo control se ha considerado durante mucho tiempo una piedra angular de su hegemonía global. La situación actual plantea una pregunta clara: ¿hasta qué punto puede la mayor potencia imperial del mundo imponer su voluntad militar en una región plagada de contradicciones y fuerzas dispuestas a la confrontación?
Paralelamente a esta escalada regional, Líbano sufre una agresión israelí que ya lleva dos semanas. El ejército israelí ha anunciado una operación terrestre limitada dentro del territorio libanés, con el objetivo de extender su control en el sur del país, mientras continúan los intensos enfrentamientos entre combatientes de Hezbolá y el ejército israelí en la frontera. Sin embargo, el objetivo de estas operaciones no se limita a obtener ventajas militares sobre el terreno. La larga historia del conflicto con el proyecto sionista demuestra que Israel suele aprovechar las guerras para imponer nuevas realidades políticas y geográficas, sacando partido del desequilibrio de poder y de la presión internacional ejercida sobre los países y pueblos agredidos.
Creemos que el enemigo busca utilizar la guerra como herramienta para imponer nuevas ecuaciones políticas en Líbano, mediante la presión militar directa, por un lado, y la presión política y diplomática, por el otro. En este contexto, se promueven propuestas de negociación peligrosas, cuyo objetivo práctico es imponer una solución política bajo presión.

Esto ocurre en medio de la aparente parálisis política de las autoridades libanesas —el gobierno y la presidencia—, que siguen adoptando posturas calificadas de derrotistas ante la presión estadounidense e israelí, mientras se debate la idea de reconocer oficialmente a la entidad ocupante como base para cualquier posible solución.
Estas propuestas no incluyen garantías reales para la retirada de Israel de los territorios libaneses ocupados, ni siquiera un compromiso claro para detener los repetidos ataques. Aún más peligroso es hablar de una promesa de desarmar a Hezbolá sin especificar los mecanismos, las garantías ni el contexto político de esta propuesta. Esta tendencia prácticamente no es más que un intento de desmantelar las fuentes de fortaleza del Líbano para hacer frente al enemigo, abriendo la puerta a la posibilidad de un peligroso conflicto interno que podría amenazar la estabilidad y, en última instancia, servir al proyecto sionista. Lo que agrava la situación actual del Líbano es la aparición de informes de inteligencia y numerosos análisis que sugieren la posibilidad de un alto el fuego con Irán para finales de este mes, mientras el ejército de ocupación israelí continúa su guerra contra el Líbano. Esto abre la puerta a nuevas agresiones y crímenes cometidos sin ningún tipo de restricción.
Lo que ocurre hoy revela, una vez más, la verdadera naturaleza del conflicto en esta región. El enfrentamiento con el proyecto sionista nunca ha sido simplemente una disputa fronteriza, ni un conflicto tradicional entre dos Estados. En esencia, se trata de un enfrentamiento histórico entre un proyecto colonial de asentamiento, apoyado por el imperialismo global, y los pueblos de la región que luchan por defender su tierra y su derecho a la vida, la soberanía y la libertad.
Ante esta realidad, la región parece enfrentarse a una coyuntura crítica donde los frentes militares se entrelazan con conflictos políticos y sociales. La guerra que asola la región hoy no es simplemente un enfrentamiento militar temporal, sino un nuevo capítulo en una larga lucha por el futuro de la región y el equilibrio de poder en ella. Por lo tanto, recalcamos que imponer realidades políticas bajo la presión de la guerra no conducirá a la estabilidad, sino que sentará las bases para nuevas fases de conflicto. La historia ha demostrado repetidamente que los pueblos que resisten no pueden ser subyugados por la fuerza militar, y que los proyectos hegemónicos, por poderosos que sean, son incapaces de doblegar la voluntad popular a largo plazo.
El enfrentamiento con el enemigo es constante; no se trata de una guerra fronteriza ni de un conflicto técnico en las líneas de contacto. Es una lucha prolongada por la existencia, la identidad y la libertad. En esta lucha, las batallas no se deciden únicamente en los campos de batalla inmediatos, sino también por la capacidad del pueblo para perseverar, organizarse y negarse a rendirse, hasta que se establezca un nuevo equilibrio de poder que allane el camino hacia la verdadera liberación.





