Tras la reciente derrota de Viktor Orbán en las elecciones húngaras, se imponen algunas consideraciones, tratando en la medida de lo posible de salir del ruido de los medios burgueses.
Por Elia Spina
La derrota del caudillo húngaro no debe ni minimizarse ni sobrevalorarse. Conviene recordar que Orbán, que estaba en el poder desde 2010, había moldeado el Estado húngaro a su imagen y semejanza, y que decía explícitamente querer permanecer en el poder al menos hasta 2030. A lo largo de estos dieciséis años en el poder, los resultados que obtuvo han sido considerables, y será difícil eliminarlos incluso si el nuevo gobierno tuviera esa intención (lo cual, como veremos, es bastante dudoso).
Aprovechando la inconsistencia de la izquierda, Orbán instigó los peores instintos nacionalistas del país, utilizó un discurso explícitamente xenófobo, homófobo y fundamentalista cristiano; modificó la Constitución innumerables veces; llenó las instituciones (empezando por el poder judicial) de fieles suyos; actuó como una especie de agente de Vladimir Putin dentro de la UE y la OTAN; habló de “paz” mientras aumentaba el gasto militar y llenaba la sociedad de propaganda militarista; fue uno de los defensores más descarados del genocidio contra los palestinos. Quizás la mayor paradoja de la xenofobia de Orbán fue la fantasía conspirativa, ampliamente difundida por los medios del régimen, según la cual Hungría (uno de los países europeos con menos inmigrantes) correría el riesgo de ser invadida por inmigrantes musulmanes enviados por un banquero judío (obviamente, George Soros).
En primer lugar, es oportuno ver quién derrotó a Viktor Orbán, por cuánto, y por qué. El partido Tisza, fundado por Péter Magyar (un exmiembro del partido de Orbán) hace solo dos años, obtuvo alrededor del 52% de los votos, con más de tres millones de sufragios. Orbán, en cambio, se quedó en el 39%, con unos dos millones trescientos mil votos. Si se observan los resultados de las anteriores elecciones legislativas (2022), salta a la vista que entonces Orbán había obtenido poco más de tres millones de votos. En definitiva, está claro que, aunque el apoyo a Orbán ha disminuido, en términos absolutos la caída no ha sido tan grande como podría pensarse. Esto confirma que el partido Fidesz aún tiene raíces sólidas en el país y cuenta con un núcleo duro de votantes muy consistente. Orbán no fue derrotado por la vieja pseudo oposición, que de hecho en estas elecciones casi desapareció, sino por un antiguo compañero de partido particularmente astuto que centró su campaña en la oposición a la corrupción y a Rusia, y que tuvo cuidado de no distanciarse de Orbán en algunos puntos fundamentales; más bien al contrario.
Otro dato fundamental es que la participación en las últimas elecciones fue muy alta, superior al 77%. En suma, Orbán no fue derrotado tanto por haber perdido apoyos, sino porque Péter Magyar logró canalizar tanto muchos votos de la antigua “oposición” como muchos votos de personas que habitualmente se abstienen. En realidad, que tantas personas solo ahora se hayan dado cuenta del carácter corrupto y antidemocrático del régimen de Orbán resulta desconcertante y no es fácil de explicar.
En cuanto a las promesas de democracia y lucha contra la corrupción de Péter Magyar, habrá que esperar a los hechos. Es posible que Magyar haya contado con el apoyo de muchos que estaban cansados de la posición prorrusa del gobierno de Orbán, que intentó apoyar la agresión imperialista de Rusia contra Ucrania por todos los medios, sin evitar ni siquiera la retórica más grotesca (no solo culpar a Ucrania de la guerra, sino también presentar a Volodímir Zelenski como un enemigo público interno). Sin duda, Vladimir Putin, “compañero” de cierta izquierda campista y rojiparda, estará algo disgustado por la derrota de Orbán, pero eso no aflojará la presión imperialista sobre Ucrania.
Pero otra clave para entender el éxito de Magyar (quien, por cierto, ha sido acusado en varios ámbitos de acoso y violencia contra las mujeres) es observar en qué aspectos no se ha diferenciado del programa de Orbán; más bien al contrario. La retórica antiinmigración de la campaña electoral fue particularmente repugnante. Ambos partidos, Fidesz y Tisza, se acusaron explícitamente entre sí: «¡No votes al otro, o hará entrar a los inmigrantes!». Tisza declaró que a partir del 1 de junio no entrará ningún inmigrante, y Magyar se desgañitó afirmando que el muro de la infamia construido en la frontera con Serbia por Orbán (y escenario de numerosas violencias contra quienes intentaban cruzarlo) se mantendrá. Sobre que una figura como Magyar mantenga el muro no hay dudas. En cuanto al cierre total a la inmigración, naturalmente no será posible, porque incluso Hungría necesita una pequeña pero creciente fuerza laboral extranjera, tanto por la crisis demográfica como por la fuerte emigración de húngaros al extranjero. Aun así, esta retórica, no solo igual a la de Orbán sino que intenta superarla, debería hacer reflexionar.
Un fenómeno análogo se dio con la retórica contra las multinacionales. Es cierto que las multinacionales extranjeras hacen en Hungría lo que quieren, ofreciendo a los trabajadores locales salarios relativamente altos pero pagando muy pocos impuestos y explotándolos con desprecio incluso de las permisivas leyes locales. También aquí, en la retórica contra las multinacionales, Tisza no se diferencia del partido de Orbán. Más allá de las palabras, es muy difícil que el nuevo gobierno adopte medidas concretas para proteger a los trabajadores, sea cual sea la empresa para la que trabajen. Un buen comienzo sería hacer cumplir al menos las leyes existentes, pero es seguro que eso no ocurrirá.
Por último, Magyar ha hecho declaraciones muy tímidas sobre los derechos civiles. No está claro si derogará las leyes homófobas de Orbán, así como muchas otras leyes vergonzosas, ni parece que vaya a adoptar una posición sustancialmente distinta sobre el genocidio de los palestinos (quizás sea un poco menos descarado en su apoyo a Israel, pero también aquí es importante distinguir entre palabras y hechos).
En conclusión, el júbilo con el que cierta izquierda a nivel internacional ha recibido la victoria de Péter Magyar resulta, como mínimo, excesivo. En muchas —demasiadas— cuestiones fundamentales, Magyar no se distancia de Orbán; más bien ha intentado superarlo (y, por desgracia, en gran medida ha ganado precisamente por ello). Si realmente Magyar restablece mayores libertades democráticas, será tarea de las fuerzas políticas verdaderamente alternativas —que, hay que admitirlo, hoy son muy débiles— aprovechar esas libertades para intentar fortalecerse y para exigir y obtener cambios concretos, por pequeños que puedan ser al principio.





