Por Verónica O’Kelly

La denuncia pública realizada por la diputada federal Erika Hilton sobre la distribución de los recursos del fondo electoral abrió un debate que, para muchos militantes del PSOL, parece nuevo, pero no lo es.

No se trata solamente de una divergencia sobre criterios financieros. Es la expresión de una forma de funcionamiento partidario construida a lo largo de años, en la que las decisiones estratégicas, los recursos y el rumbo político pasaron a ser controlados por aparatos, cada vez más alejados de la militancia que fundó y construyó el PSOL.

No hay dudas de que la dirección hoy controlada por Primavera Socialista, responsable de la presidencia del partido y de su conducción cotidiana, ejerce un manejo profundamente antidemocrático de las finanzas y de las principales decisiones políticas. La concentración del poder en manos de unos pocos dirigentes y la ausencia de mecanismos efectivos de control por parte de la base forman parte de la realidad que se vive en el partido.

Pero sería un grave error político transformar este debate en una disputa entre «demócratas» y «burócratas». Erika Hilton pertenece a Revolução Solidária, corriente dirigida por Guilherme Boulos, una de las principales responsables de la actual adaptación del PSOL al gobierno de Lula-Alckmin y a la lógica del oficialismo petista. Esa misma corriente participó, desde su ingreso al PSOL, del campo mayoritario que empujó al partido a la situación actual. Erika no puede, por lo tanto, presentarse como alguien ajena a un proceso del cual es protagonista.

La cuestión empeora cuando, después de la denuncia, Juliano Medeiros, expresidente del PSOL, responde a la denuncia de Erika informando que ella recibirá el monto más alto entre las candidaturas: R$ 2,3 millones. Ese valor expone todavía más el absurdo en un Brasil donde la clase trabajadora no logra sostenerse con su propio salario, entrando en el camino del endeudamiento y de los intereses exorbitantes. Muestra hasta qué punto la rueda que mueve al PSOL es la supervivencia parlamentaria. No solamente por la «necesidad» de la representación parlamentaria en un momento de ataques de la extrema derecha en ambas cámaras, sino también por la lucha para no perder las condiciones materiales y los privilegios del Parlamento. Obviamente, este problema se extiende al conjunto del partido.

El problema no comenzó ahora, ni se resume al fondo electoral.

Hace mucho tiempo denunciamos que el proyecto hoy mayoritario en el PSOL es un proyecto liquidacionista. Un proyecto que abandona progresivamente la construcción de un partido militante, democrático y de independencia de clase para convertirlo en una máquina electoral orientada prioritariamente a la disputa institucional.

Cuando un partido deja de organizar a su militancia para organizar a sus bancadas y mandatos, cuando los debates programáticos son sustituidos por negociaciones entre corrientes, cuando el funcionamiento cotidiano gira en torno a la distribución de recursos y a la conformación de listas, la consecuencia inevitable es que el aparato pasa a ocupar el lugar de la política. Es precisamente eso lo que revela la actual polémica.

La disputa por el fondo electoral no es la causa de la crisis del PSOL. Es uno de sus síntomas más evidentes.

El abandono de la independencia de clase, la creciente adaptación al gobierno federal, la política permanente de alianzas electorales sin criterios programáticos, la sustitución de la participación en los procesos de lucha de clases por la actuación parlamentaria y el debilitamiento de la democracia interna forman parte de un mismo proceso. No son problemas separados.

Por eso, limitar el debate a la distribución de los recursos significa debatir solamente la superficie de la cuestión. El problema de fondo es otro: el PSOL fue transformándose, paulatinamente, en un instrumento de aparatos electorales que disputan espacios institucionales mientras abandonan, de manera oportunista, un programa anticapitalista consecuente y subordinan la estrategia del partido a las necesidades de las elecciones siguientes.

Esa no fue la razón por la cual miles de militantes rompieron con el PT para fundar el PSOL.

El partido nació para representar una alternativa socialista y de independencia de clase frente a la traición impulsada por los gobiernos petistas. Nació para ser un instrumento democrático de organización de las luchas, de la juventud, de las mujeres, del movimiento negro, de los pueblos indígenas y de los trabajadores del campo y de la ciudad. No para reproducir, bajo otra sigla, los mismos métodos burocráticos y electoralistas que criticábamos.

Como Revolução Socialista, hacemos esta crítica desde hace muchos años. Ninguno de los sectores que hoy protagonizan este conflicto puede presentarse como una alternativa mientras mantenga el mismo proyecto de adaptación institucional que condujo al partido hasta aquí.

La salida no vendrá de la victoria de un aparato sobre otro. Pasa por volver a poner en manos de la militancia las decisiones políticas del partido, democratizar efectivamente su funcionamiento, garantizar total transparencia sobre sus recursos y recuperar un programa de independencia de clase que rompa con la adaptación al gobierno y al régimen político.

La actual crisis puede servir para algo positivo si ayuda a miles de militantes a comprender que el problema no es solamente quién controla el fondo electoral, sino qué proyecto político está siendo financiado por él.

La tarea de la militancia anticapitalista es defender al PSOL como instrumento de lucha de los trabajadores y de los sectores oprimidos, rescatando las razones que llevaron a su fundación. Esa batalla exige enfrentar el proyecto liquidacionista de la dirección mayoritaria y reconstruir un partido militante, democrático, socialista y revolucionario.