Por Alternativa Socialista Peru
La segunda vuelta electoral en el Perú se desarrolla en un escenario de polarización que el último debate presidencial del 31 de mayo no hizo más que evidenciar con crudeza. Lejos de tratarse de un intercambio programático profundo, lo que quedó expuesto fue el carácter de las candidaturas en disputa y, sobre todo, la dimensión del peligro que implica el retorno del fujimorismo al poder. En ese marco, el desempeño de Keiko Fujimori no solo resultó errático en términos formales, desordenada, confrontativa, constantemente leyendo sus respuestas como si recién se estuviera enterando de lo que decía en vivo, sino que reflejó el desgaste de un proyecto político que, aun en crisis, sigue siendo profundamente reaccionario y peligroso para las mayorías.
Sin embargo, el problema de Keiko Fujimori no radica en su torpeza escénica, sino en el contenido político que encarna y en el proyecto que busca reinstalar. Su propuesta de “Perú con Orden” se inscribe claramente en la defensa y profundización del modelo capitalista neoliberal, pero lo hace incorporando un giro cada vez más autoritario, donde la militarización de la vida social aparece como respuesta central frente a la crisis. En ese sentido, sus planteamientos sobre el despliegue conjunto de policías y militares en las calles, la construcción de megapenales bajo administración de las Fuerzas Armadas y el fortalecimiento de mecanismos de vigilancia masiva no apuntan a resolver las causas estructurales de la inseguridad, sino a reforzar un aparato de control social orientado a disciplinar a la población. Todo esto se articula con una narrativa que busca capitalizar el miedo social, cuando afirma: “Esta elección no se trata de mí, sino de cuál es el equipo más capacitado para ordenar el país. Tenemos todo para progresar, solo falta ordenarnos. Dejaremos un país con más trabajo y seguridad”, dijo en una de sus primeras intervenciones (El Pais, 2026), sin dejar de leer sus apuntes, dejando en evidencia tanto el contenido como la forma de su propuesta.
No es casual, además, que en esta campaña haya abandonado cualquier intento de tomar distancia de su apellido, como ocurrió en procesos anteriores. Por el contrario, Keiko Fujimori ha abrazado abiertamente el legado de Alberto Fujimori, consolidando esta candidatura como la más explícitamente fujimorista de todas (France24, 2026). Esto no solo implica una reivindicación simbólica, sino la defensa de un entramado histórico de poder marcado por la corrupción, el autoritarismo y la impunidad, que hoy se reactualiza en propuestas como el retorno de jueces sin rostro y en la continuidad de lo que ampliamente se ha señalado como un pacto mafioso que ha operado desde el Estado.
En ese sentido, y frente a esta ofensiva reaccionaria, la candidatura de Roberto Sánchez aparece como una alternativa que, si bien recoge demandas populares importantes, también expresa los límites propios de un proyecto que ha optado por moderarse en función de la disputa electoral. Durante el debate, Sánchez mostró mayor soltura y capacidad de articulación política, colocando en el centro cuestiones como la educación y la salud no como mercancías, sino como derechos universales que requieren atención urgente, e incluso incorporando menciones relevantes a la salud sexual y reproductiva en un contexto regional de retroceso de derechos. A ello se suman propuestas como la depuración de la Policía Nacional, la aplicación de la “muerte civil” a funcionarios corruptos y el incremento progresivo de la inversión pública, así como una apuesta por la industrialización del país y una mayor presencia del Estado en la economía.
No obstante, estas definiciones conviven con giros y contradicciones que no pueden pasarse por alto. El más evidente se produjo inmediatamente después del debate, cuando el 1 de junio presentó un nuevo plan de gobierno, ampliado y reformulado como un “programa de consenso” en alianza con diversas fuerzas políticas. En este nuevo documento, la Asamblea Constituyente, que inicialmente ocupaba un lugar central como eje articulador del programa, pasa a ser un componente más dentro de una reforma democrática más amplia, perdiendo jerarquía en el discurso. Este desplazamiento, lejos de ser un detalle menor, refleja los costos de las alianzas políticas y la adaptación a los límites del régimen, al mismo tiempo que abre interrogantes sobre la coherencia y el alcance real de sus propuestas transformadoras.
En este escenario, pretender una equivalencia entre ambas candidaturas no solo es incorrecto, sino políticamente irresponsable. El fujimorismo no es una opción más dentro del espectro democrático: representa una amenaza concreta de profundización autoritaria, de militarización de la vida social y de consolidación de un régimen al servicio de las élites económicas y las redes de poder corruptas. Por eso, desde Alternativa Socialista Perú sostenemos con claridad que es necesario cerrarle el paso a Keiko Fujimori en esta segunda vuelta.
Hoy, llamamos a votar por Roberto Sánchez, no como expresión de apoyo político a su proyecto ni como adhesión a su programa, sino como una medida táctica indispensable para derrotar al fujimorismo en las urnas. Se trata de un voto crítico, sin ilusiones y con plena independencia política, que no diluye en absoluto nuestra perspectiva estratégica.
Porque nuestra apuesta sigue siendo la misma: la construcción de una alternativa revolucionaria y socialista, basada en la organización independiente de la clase trabajadora y los sectores populares, capaz de transformar de raíz las estructuras de poder en el Perú. En ese camino, la lucha no se agota en esta elección, sino que continúa, y se profundiza, más allá de las urnas.





