​La reciente declaración de la embajada estadounidense, al calificar la situación de seguridad en Haití como un «giro inesperado» y alabar «avances significativos», no constituye solo un error de apreciación diplomática: es el último acto de cinismo de un actor pirómano que, tras haber encendido el incendio, se presenta como bombero para dictar su propia ley. Esta narrativa, hecha a la medida para una opinión pública internacional a menudo desconectada de las realidades locales, intenta borrar una verdad fundamental: la crisis haitiana no es una fatalidad, es una construcción política orquestada.

​La mecánica del caos: Una firma institucional

​Para entender el estancamiento actual, hay que identificar a los «arquitectos del caos» que, desde hace décadas, operan en simbiosis bajo el impulso de Washington. El Core Group, el Banco Mundial, el FMI, la OEA y las Naciones Unidas no son observadores neutrales, sino agentes activos de una desestabilización programada.

​Los hechos hablan por sí solos:

  • El secuestro de la soberanía (2010-2011): El fraude electoral orquestado por el clan Clinton con el apoyo activo del representante de las Naciones Unidas, Edmond Mulet, marcó el inicio de una era donde la voluntad popular fue abiertamente sacrificada.
  • La expoliación de los recursos: La dilapidación de los fondos de la Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití (CIRH) por parte del clan Clinton y los grupos mafiosos en Haití privó al país de sus medios de recuperación, transformando una catástrofe natural en una oportunidad de captación financiera.
  • La complicidad armada: Desde el 11 de septiembre, la seguridad de Estados Unidos se ha reforzado drásticamente. ¿Cómo explicar, entonces, que las bandas haitianas estén masivamente abastecidas de armas y municiones provenientes de Florida sin la complicidad activa de los servicios secretos y de la CIA? Como lo confirma el informe de la UNODC sobre el tráfico de armas, estos grupos armados y los mercenarios privados de Erik Prince operan con total impunidad, sirviendo como auxiliares de una agenda de desestabilización criminal.
  • El paréntesis de Ariel Henry: La imposición de un personaje ilegítimo, nombrado por un simple tuit de las Naciones Unidas a la cabeza del Estado durante tres años, fue una elección deliberada para perpetuar el sufrimiento del pueblo. Esta gobernanza precaria mantuvo al país en un estado de shock permanente.
  • La inversión de los valores: El apoyo de la representante del Secretario General de las Naciones Unidas, la señora Helen La Lime, diplomática neofascista, a esta «federación de bandas» ante el Consejo de Seguridad, ilustra cómo las instituciones internacionales actúan como garantes de nuestros verdugos.

​El rechazo al Estado-Nación y la agenda de desposesión

​Detrás de estas políticas existe un hilo conductor implacable: el rechazo total a la existencia del pueblo haitiano como Estado-Nación. Como ya analizaba el Dr. Jean Price-Mars en Así habló el tío (Ainsi parla l’oncle), el desprecio de las potencias coloniales y neocoloniales por la dignidad haitiana sigue siendo una constante histórica. Estas potencias nunca han perdonado al pueblo haitiano por haber sido, y seguir siendo, el faro de la libertad y de la emancipación de los derechos de los pueblos.

​Esta estrategia del caos es un proyecto de genocidio, tal como ha sido documentado y denunciado por los intelectuales y economistas locales, orquestado por Washington con la complicidad tácita de las Naciones Unidas. Es una desposesión territorial sistemática para facilitar la explotación de los recursos mineros. Este modo de operación ha sido probado: al igual que en la RDC, en el Chad, en Sudán o en Liberia, el país es transformado en un terreno de juego para agendas geopolíticas y un mercado cautivo, donde el sufrimiento se convierte en un método de gestión para facilitar el saqueo. Esta dinámica se inscribe en lo que Alain Rouquié describe magistralmente en El Estado militar en América Latina (L’État militaire en Amérique latine), donde la fuerza bruta es utilizada para romper cualquier veleidad de soberanía nacional.

​La necesidad de un deber de memoria y de acción

​Calificar esta crisis como «construida» no es una simple hipótesis, es una lectura histórica fundada sobre documentos probatorios, incluyendo los informes críticos del diplomático de la OEA, Ricardo Seitenfus, y las posiciones firmes de los colectivos de organizaciones y movimientos sociales en Haití. Esta mascarada diplomática es un insulto directo a nuestra inteligencia humana y a nuestra historia.

​Si el pirómano se felicita hoy de la eficacia de sus métodos, es porque espera que olvidemos el origen del incendio. Pero la memoria es el arma principal de la resistencia. La soberanía no será otorgada por aquellos que la confiscaron; será reconquistada una vez que la luz se haga en la resistencia, sin concesiones, sobre los mecanismos de este sometimiento. Mientras el pueblo haitiano no sea reconocido en su plena dignidad, toda declaración emanante de los arquitectos de su angustia seguirá siendo un insulto a la verdad.

¡Patria o muerte, venceremos!

Jacques Charlemagne

Miembro de:

  • Renouveau Démocratique (RED)
  • Réseau des Organisations de la Zone Ouest (ROZO)
  • Efforts de Solidarité pour Construire une Alternative Nationale et Populaire (ESCANP)

​Documentos consultados:

  • Informe de Ricardo Seitenfus, diplomático y antiguo representante de la OEA en Haití.
  • Así habló el tío (Ainsi parla l’oncle), Dr. Jean Price-Mars.
  • El Estado militar en América Latina (L’État militaire en Amérique latine), Alain Rouquié.
  • La posición de los colectivos de organizaciones y movimientos sociales en Haití.
  • Haití: Un genocidio planificado, por Camille Chalmers (economista) y el profesor Josué Mérilien.