Por Verónica O’Kelly

El artículo de Israel Dutra, «Agosto brasileño», plantea debates importantes sobre la coyuntura nacional e internacional y sobre los desafíos que tiene por delante el PSOL. Hay, sin duda, un primer acuerdo que vale la pena remarcar: la necesidad de enfrentar a la extrema derecha, combatir el proyecto de Bolsonaro y sus aliados, defender los derechos conquistados y fortalecer las luchas sociales contra los ataques del gobierno del frente amplio petista.

Con los compañeros y las compañeras del MES tenemos acuerdos en diversos temas y, en muchos momentos, nos hemos encontrado militando y actuando juntos. Por eso escribo este texto: para abrir un diálogo fraterno que pueda aportar a este debate. Sin embargo, nuestra divergencia está lejos de ser secundaria. Tiene que ver con la política que debe orientar a la izquierda independiente de cara a las elecciones de 2026, en su primera vuelta, porque ese es el debate de hoy. La segunda vuelta es otra discusión.

En su artículo, Israel sostiene que la tarea inmediata es «construir un muro de contención, reeligiendo a Lula» y, al mismo tiempo, construir desde el PSOL una alternativa independiente que prepare el camino para la movilización y para un programa que vaya más allá del lulismo. Aquí reside el principal problema: no es posible construir una alternativa política independiente mientras se abandona, en la principal disputa electoral del país, la batalla para que el PSOL presente una candidatura propia a la Presidencia.

Lula no es una barrera contra la extrema derecha

La cuestión central es determinar si el gobierno de Lula y el frente amplio funcionan realmente como una barrera frente al crecimiento de la extrema derecha. Mi respuesta es que no.

Eso no significa desconocer las diferencias entre Lula y Flávio Bolsonaro (hijo de Jair y actual pre candidato a presidente mientras su padre está preso), ni entre el frente amplio y el bolsonarismo. Esas diferencias existen y son importantes. La extrema derecha representa una ofensiva brutal contra los derechos democráticos, sociales y económicos conquistados por la clase trabajadora y los sectores oprimidos. La experiencia de gobiernos como los de Trump y Milei demuestra hasta dónde puede llegar esa ofensiva.

Pero reconocer esa diferencia no nos obliga a transformar al gobierno de Lula en una supuesta barrera contra el bolsonarismo. Por el contrario: es precisamente la política del frente amplio neoliberal, con su programa de ajuste, austeridad y conciliación de clases con los sectores dominantes, la que contribuye a ampliar el espacio político ocupado por la extrema derecha.

Mientras el gobierno de Lula preserva los intereses del sistema financiero, del agronegocio y de los grandes grupos empresariales, millones de trabajadores siguen sometidos a la precarización, los bajos salarios, el endeudamiento, la pérdida de derechos y el deterioro de los servicios públicos. El discurso de que no existe alternativa al ajuste fiscal y a los intereses del mercado no desaparece porque el gobierno esté encabezado por el PT bajo la promesa de «defender la democracia».

La tradición marxista no nos enseñó a confundir el Frente Único contra la reacción con la subordinación política a quienes gobiernan en nombre del orden burgués. Trotsky, al combatir el fascismo en Alemania, insistió precisamente en la necesidad de un Frente Único de la clase trabajadora contra la reacción, sin que ello implicara entregar a la socialdemocracia la dirección política del movimiento obrero. La unidad para combatir a un enemigo común no puede significar renunciar a la independencia política; por el contrario, es esa independencia la que permite a la clase trabajadora disputar la dirección de los procesos de la lucha de clases.

Esta es, precisamente, la divergencia que tenemos hoy con la orientación que propone el MES. A nuestro juicio, si la extrema derecha es presentada como una razón suficiente para que la izquierda abandone su candidatura propia y apoye anticipadamente a Lula, dejamos de construir un frente de lucha contra la extrema derecha para construir una política de subordinación electoral al gobierno del frente amplio neoliberal.

Cuando la izquierda del régimen administra la crisis sin romper con quienes se benefician de ella, la extrema derecha encuentra un terreno fértil para presentarse como una falsa alternativa política. En ese sentido, Lula no funciona como un «muro de contención» sino todo lo contrario. La ausencia de una alternativa de izquierda, independiente del gobierno y capaz de expresar políticamente el descontento de las mayorías explotadas y oprimidas, es precisamente uno de los factores que dejan ese espacio abierto para la extrema derecha.

Dos proyectos burgueses, funciones diferentes

El texto también define a Flávio Bolsonaro como el candidato preferido de Trump, Netanyahu y Milei, y sostiene que busca el apoyo de sectores de la burguesía para profundizar el modelo agroexportador y rentista y subordinar aún más a Brasil a los intereses de Estados Unidos. Hay elementos correctos en esa caracterización, pero presenta un problema cuando sugiere que esos sectores de la burguesía estarían esencialmente esperando a Flávio para empezar a lucrar. Son precisamente los grandes bancos, el agronegocio, las empresas mineras y los grandes grupos empresarios quienes siguen acumulando ganancias bajo el actual modelo económico. De hecho, son los que más han ganado en los últimos años, justamente durante el gobierno de Lula. No hace falta esperar la llegada de la extrema derecha para que esos intereses sean satisfechos.

Eso no elimina las diferencias entre ambos proyectos. Por el contrario, es necesario comprenderlas. La extrema derecha representa una ofensiva autoritaria y brutal contra los derechos democráticos y sociales conquistados, mientras que el frente amplio lulista busca administrar los intereses del capital dentro de los márgenes de la democracia burguesa y de la conciliación de clases. Una apuesta burguesa por el frente amplio significa, por lo tanto, no romper con el modelo, sino administrarlo procurando preservar una determinada estabilidad política y social para que los negocios sigan funcionando.

Esa diferencia es real y no debe minimizarse. Pero tampoco puede llevarnos a concluir que un proyecto constituye el «muro de contención» del otro cuando los últimos cuatro años han demostrado exactamente lo contrario.

Hay una contradicción en la propia caracterización de Trump

Otro aspecto del argumento de Israel me llama la atención. El artículo busca, correctamente, relativizar la idea de que Trump sería una fuerza omnipotente e invencible. El propio texto habla del «pantano de Trump en Medio Oriente» y de las dificultades que enfrenta el imperialismo. Esa caracterización es importante. Pero, si reconocemos que Trump enfrenta límites, contradicciones y derrotas, también debemos evitar transformar la elección brasileña en una especie de plebiscito entre Trump y Lula.

Al imperialismo norteamericano hay que combatirlo. A la extrema derecha hay que derrotarla. Pero la mejor manera de hacerlo no es subordinar la izquierda al gobierno de Lula, sino construir una alternativa capaz de disputar políticamente a aquellos sectores que están descontentos con la extrema derecha, pero que también sufren las consecuencias de las políticas neoliberales del actual gobierno.

La extrema derecha crece allí donde la izquierda deja un vacío

Hay quienes sostienen que el problema es que Lula no tiene mayoría parlamentaria y que, por eso, la extrema derecha bolsonarista impone su agenda. Pero ese argumento se cae cuando observamos, en los hechos, cuáles son las políticas del gobierno. Basta mencionar la política económica expresada en el Marco Fiscal o la política ambiental, con la habilitación de la explotación petrolera en la desembocadura del río Amazonas y el intento de privatizar el río Tapajós. Podríamos citar muchos otros ejemplos que muestran que el problema radica precisamente en la defensa de un programa neoliberal que ataca los intereses de las mayorías populares y termina generando un creciente distanciamiento con el gobierno como consecuencia de esa frustración política.

El problema es mucho más profundo: falta una alternativa política capaz de disputar el sentido de ese descontento. Cuando un trabajador padece la jornada 6×1, cuando una familia no logra pagar el alquiler, cuando los servicios públicos se deterioran, cuando aumentan las tarifas, cuando los salarios no acompañan el costo de vida, cuando la juventud no encuentra perspectivas, cuando las mujeres y las disidencias son abandonadas por el Estado o cuando la población negra y periférica sufre cotidianamente la violencia estructural, existe un enorme espacio para una política de izquierda independiente. Pero ese espacio no será ocupado si, entre otras cosas, el PSOL se limita a defender a Lula y, de ese modo, abandona desde ahora la batalla política por una candidatura propia. El vacío existe. La cuestión es quién lo ocupará. Si la izquierda independiente no presenta una alternativa política, la extrema derecha seguirá intentando presentarse como oposición al sistema, cuando, en realidad, representa exactamente lo contrario.

En este análisis tenemos amplios acuerdos con los compañeros y las compañeras del MES. Donde divergimos es en la política que debe aplicarse en esta coyuntura electoral. A nuestro juicio, la defensa de una candidatura propia del PSOL no puede ser tratada como una tarea secundaria, destinada únicamente a «acumular fuerzas para el futuro». La disputa electoral también es una disputa por la conciencia política de las masas. Es allí donde debemos presentar un programa capaz de decir que no aceptamos que los trabajadores paguen la crisis mientras los mismos de siempre siguen acumulando riqueza.

La tarea del PSOL es presentar una alternativa

Israel también señala, correctamente, que el PSOL necesita superar sus contradicciones internas y enfrentar a aquellos sectores que defendieron la integración del partido al gobierno de conciliación y el acercamiento al PT. Pero aquí aparece una contradicción todavía mayor. Si queremos superar políticamente la integración del PSOL al frente amplio lulista, no podemos adoptar precisamente una táctica electoral que mantiene al partido subordinado a la candidatura de Lula.

No alcanza con afirmar que necesitamos ir «más allá de Lula y del lulismo». Es necesario construir las condiciones concretas para hacerlo. Desde mi punto de vista, esas condiciones pasan, en este período electoral, por la defensa de una candidatura propia a la Presidencia. Una candidatura cuyo eje sea un programa de ruptura con el ajuste fiscal, de impuestos a los superricos, de enfrentamiento al sistema financiero y al agro, de reestatización de los servicios públicos privatizados, de derogación de todas las contrarreformas, de defensa de los derechos de los trabajadores, de combate al racismo, al machismo y a la LGBTfobia, y de transición hacia un modelo económico orientado por las necesidades de las mayorías y la preservación del medio ambiente.

No podemos dejar para mañana la construcción de la alternativa política que hace falta hoy

Hay una cuestión importante que necesitamos discutir fraternalmente con Israel y con los compañeros y las compañeras del MES. Si coincidimos en que el PSOL necesita superar la política de adaptación al gobierno y a la conciliación de clases, entonces debemos preguntarnos si la táctica que se propone realmente rompe con esa orientación. A nuestro juicio, no lo hace.

Al defender la reelección de Lula como tarea central y, al mismo tiempo, plantear la construcción de una alternativa independiente «para el futuro», terminamos manteniendo precisamente los marcos políticos que decimos querer superar. La alternativa no puede construirse después de las elecciones. Tiene que presentarse en las elecciones. Es ahora cuando necesitamos disputar a los millones de trabajadores que no quieren el regreso de la extrema derecha, pero que tampoco se sienten representados por la política neoliberal del gobierno de Lula. Es ahora cuando debemos demostrar que existe una tercera alternativa: una izquierda independiente, socialista, democrática y combativa, que no acepta elegir entre distintos proyectos burgueses como si esa fuera la única opción posible.

El desafío del PSOL no es solamente sobrevivir al piso electoral, ampliar sus bancadas o participar institucionalmente de la política nacional. Es recuperar su proyecto fundacional como herramienta para construir una alternativa política de las trabajadoras, los trabajadores y los sectores populares. ¿Queremos una izquierda que ayude a administrar lo posible o una izquierda que se presente como una alternativa para transformar la realidad de las mayorías trabajadoras?

Pero, más allá de esta discusión táctica, este debate nos remite a un problema estratégico: la necesidad de construir una dirección revolucionaria y, de ese modo, avanzar en una tarea histórica que sigue pendiente. En Brasil, todavía tenemos el desafío de reagrupar a las fuerzas revolucionarias que actúan dentro y fuera del PSOL.

La Liga Internacional Socialista, nuestra organización internacional, viene impulsando este debate y haciendo un llamado a construir, tanto a escala nacional como internacional, el reagrupamiento de los revolucionarios como una tarea prioritaria. Lo hace porque comprende que las diferencias y los debates existentes entre las organizaciones que combaten el reformismo y defienden la estrategia de la revolución pueden canalizarse mediante mecanismos democráticos de elaboración colectiva, basados en un método fraternal y constructivo. Un método que permita avanzar hacia elaboraciones comunes y superar las divisiones que hoy debilitan la tarea de construir una dirección revolucionaria.

A mi juicio, los compañeros y las compañeras del MES pueden hacer un aporte importante a ese proceso, poniendo su fuerza militante, su inserción en la juventud, en el movimiento sindical, en los movimientos sociales y también en el parlamento al servicio de esa construcción. Una construcción orientada a superar la dispersión de las fuerzas revolucionarias y a presentar ante las masas una alternativa política capaz de romper con esta falsa polarización entre el mal y el “mal menor».

Mi divergencia con Israel es fraternal, pero también profunda, y espero que estas líneas hayan contribuido a este debate. Estoy convencida de que, frente al fracaso del frente amplio lulista y al avance de la extrema derecha, el peor camino sería renunciar a la construcción de una alternativa política de la clase trabajadora. El desafío planteado para la izquierda socialista es exactamente el contrario: reagrupar sus fuerzas, fortalecer una estrategia revolucionaria y presentar ante las masas un proyecto político independiente, clasista, anticapitalista y socialista, capaz de romper con los límites de la conciliación de clases y abrir una perspectiva de transformación radical de la sociedad.