Por Asif Rashid

El movimiento por los derechos del pueblo en curso en Jammu Cachemira bajo administración pakistaní, ha llegado a una encrucijada tan crítica que se ha vuelto imprescindible reevaluar todos los aspectos de los últimos tres años de lucha: sus logros, los sacrificios, la estrategia adoptada por sus dirigentes y la actuación del Estado. Durante este periodo, mediante protestas sostenidas y valientes, sentadas, huelgas de cierre de comercios, bloqueos de carreteras, largas marchas y otras formas de resistencia, el pueblo logró inicialmente no solo satisfacer sus reivindicaciones económicas, sino también expresar su rechazo a la política tradicional, decadente y compradora, y al orden administrativo imperialista-colonial imperante.

Ningún movimiento popular puede entenderse únicamente a partir de sus consignas o reivindicaciones inmediatas. Por el contrario, es fundamental comprender los factores históricos que lo sustentan, las circunstancias globales y regionales, las contradicciones de clase, el equilibrio de fuerzas, las estructuras estatales y la cuestión del control sobre las fuerzas productivas y los recursos. El movimiento actual en Jammu Cachemira tampoco se reduce únicamente a la inflación, los precios de la harina de trigo y la electricidad, los impuestos o los privilegios de que disfrutan la burocracia estatal y la élite política. Aunque, al igual que los trabajadores de todo un mundo azotado por una profunda crisis capitalista, la población de Cachemira también se ha visto sometida a condiciones de vida cada vez más insoportables a causa de estos problemas económicos —y estas cuestiones han servido de catalizador para el reciente estallido—, las reivindicaciones económicas han puesto de relieve, con el tiempo, varias cuestiones políticas más profundas e históricas. ¿Quién controla los recursos de esta región? ¿Quién toma aquí las decisiones políticas y estatales? ¿En qué consiste, en última instancia, la «cuestión de Cachemira» y cómo puede resolverse? ¿Cómo puede el pueblo de Jammu Cachemira determinar su futuro colectivo y lograr el derecho a la autodeterminación…? En este momento, estas son las cuestiones candentes que han adquirido una enorme importancia a la hora de determinar el curso de la lucha histórica del pueblo de Jammu Cachemira y el destino del movimiento actual.

El veredicto de la historia

Calificar de «éxito menor» lo que el pueblo ha logrado en los últimos tres años sería una injusticia a la historia y un acto de deshonestidad. Si lo analizamos desde el punto de vista de sus logros iniciales, se trata de un movimiento de importancia internacional que ha conseguido satisfacer reivindicaciones muy concretas y sustanciales. Basta con pensar en el logro de la harina barata y en una reducción significativa de las tarifas eléctricas —la electricidad a 3 rupias por unidad, en comparación con las 50 rupias o más por unidad de electricidad en Pakistán, y la harina a aproximadamente la mitad de los precios vigentes— para darse cuenta de que es difícil encontrar un ejemplo comparable en cualquier parte del mundo. Incluso en Sri Lanka, Nepal, Bangladés y otros lugares donde la población ha derrocado gobiernos enteros y sacudido los cimientos del Estado en los últimos años, no se han logrado conquistas que supongan un alivio económico tangible en la vida cotidiana. Por el contrario, el avance del movimiento de Jammu Cachemira, la aceptación de sus demandas (económicas) iniciales y la retirada del Estado demuestran que el poder popular organizado tiene la capacidad de alterar el curso de la historia.

Sin embargo, el éxito inicial de cualquier movimiento también plantea la cuestión de cuáles deben ser su programa, sus métodos y su línea de actuación de cara al futuro. La protesta puede obligar a un gobierno a cambiar una política. Puede lograr que se acepten reivindicaciones, al menos parcialmente. Pero no se puede construir un sistema alternativo únicamente con métodos de protesta. Para ello se requieren formas y métodos más elevados y amplios de organización y agitación populares. Especialmente en regiones ocupadas como Cachemira —rodeada por todos lados por Estados imperialistas, con un proletariado industrial prácticamente inexistente, sin ejército propio y con una economía que no depende de los medios de producción locales, sino de las remesas, el turismo y otros factores externos—, la propagación y expansión del movimiento a otras regiones, en una etapa concreta, adquiere una importancia decisiva. En tales circunstancias, métodos como las sentadas solo pueden cuestionar el funcionamiento y la autoridad del Estado de forma temporal.

Cabe aclarar aquí que, en la historia política reciente de Pakistán, la práctica de las marchas largas, las sentadas y otras formas similares de protesta fue popularizada por el Pakistan Tehreek-e-Insaf (PTI). Sin embargo, lamentablemente, en el actual período de crisis del movimiento obrero y de retroceso de la lucha de clases, el uso indiscriminado de las sentadas también se ha ido extendiendo gradualmente por los movimientos proletarios y populares. Mientras tanto, métodos mucho más eficaces de lucha política, adecuados a momentos y circunstancias concretos, han quedado relegados al olvido o han caído en desuso. El problema es que ningún método de agitación, protesta o lucha —incluidas las sentadas— puede seguir siendo eficaz en todas las circunstancias. Siempre es necesario adaptar la estrategia en función del equilibrio de fuerzas y de las condiciones imperantes. Una de las responsabilidades fundamentales y más importantes de una dirección es evaluar continuamente las circunstancias y la evolución de los acontecimientos, y cambiar sus métodos cuando sea necesario. Al igual que en las batallas militares, la lucha política también requiere todo tipo de maniobras estratégicas, incluyendo avances, retrocesos y consolidación de posiciones. Un movimiento popular se basa en un enfrentamiento entre fuerzas vivas. Nunca ha tenido, ni podrá tener jamás, un modelo, una fórmula o un plan prefabricado.

Del mismo modo, surgen graves problemas cuando se confunden los medios con el objetivo. La protesta no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar un objetivo o una reivindicación concretos. Por ejemplo, cuando las largas marchas o las sentadas dejan de ser medios para alcanzar un objetivo y se convierten, en cambio, en objetivos en sí mismas, se corre el riesgo de perder de vista la meta. Mantener y prolongar una sentada durante un período prolongado también se convierte en un problema. Aparte de las cuestiones económicas, administrativas y de seguridad, la gente empieza a sufrir fatiga, frustración y aburrimiento. En tales circunstancias, suele intentarse mantener la moral mediante una retórica cada vez más encendida. Esto puede dar lugar a una serie de problemas políticos. Además, los empleados asalariados, los trabajadores, los jornaleros, los estudiantes y otros colectivos no pueden suspender o posponer indefinidamente sus actividades profesionales y educativas. La alteración prolongada de la vida cotidiana, sin perspectivas de un éxito significativo ni de la consecución de un objetivo sustancial, afecta inevitablemente al apoyo popular del que gozan los movimientos.

Del mismo modo, no basta con limitarse a rechazar la política dominante y los partidos políticos tradicionales. También hay que presentar una alternativa a las personas que se han movilizado en el movimiento y están dispuestas a luchar y a hacer sacrificios. Cuál debe ser esa alternativa depende, una vez más, del momento y las circunstancias; y por esta razón, no se puede descartar sin más el método consolidado de participar en la política electoral. De hecho, en determinadas circunstancias, los revolucionarios pueden incluso verse obligados a presentarse a elecciones a parlamentos extremadamente débiles o impotentes. Maestros marxistas como Lenin no dedicaron cientos de páginas a este tema sin motivo. Estas son precisamente las etapas en las que los movimientos populares deben ir más allá de la política de protesta inmediata y transformarse en una fuerza o formación política permanente y duradera. De lo contrario, el poder popular se disipa gradualmente con el tiempo, se fragmenta al encontrarse con un obstáculo importante o acaba siendo utilizado precisamente por aquellas fuerzas a las que el pueblo había salido a la calle a rechazar.

La esencia del movimiento

La lucha que se inició contra las subidas exorbitantes de los precios de la electricidad y la harina —una escalada vinculada no solo a la crisis económica del Estado pakistaní, sino también a la crisis más amplia del capitalismo global— en el fondo, ha sido impulsada por la cuestión con raíces históricas del control de los recursos y el derecho a gobernar, así como por la indignación en Jammu Cachemira contra la estructura estatal existente. Por eso comenzaron a surgir reivindicaciones políticas junto a las de carácter económico y de clase, mientras que la cuestión nacional histórica de Cachemira pasó cada vez más a primer plano. En las regiones habitadas por naciones oprimidas, estas cuestiones están inevitablemente interrelacionadas y no pueden separarse unas de otras mediante ningún método artificial o mecánico. El control y la dominación externos sobre los recursos tienen un impacto directo en la vida de la clase trabajadora. También en Jammu Cachemira, las reivindicaciones relativas a la electricidad, la harina, los impuestos, el empleo, la educación, la sanidad y la tierra terminan siendo vinculadas a la cuestión del control sobre los recursos naturales y los asuntos políticos. En una era de dominación mundial del capitalismo imperialista, separar la cuestión nacional de la cuestión de clase —o la cuestión de clase de la cuestión nacional— conduce inevitablemente a un análisis erróneo, a una perspectiva equivocada y a programas y estrategias defectuosos. Esto puede resultar fatal para los movimientos y puede hacer retroceder décadas la lucha por la emancipación de clase y nacional. Desde el Kurdistán hasta Baluchistán y el propio Jammu Cachemira, la historia está repleta de las desastrosas consecuencias de los intentos de encontrar atajos o soluciones aparentemente «fáciles», «prácticas» e inmediatas a tales cuestiones. En los Estados fundados sobre la subyugación de naciones, estas complejas cuestiones históricas solo pueden resolverse por medios revolucionarios. Esto requiere vincular las reivindicaciones de independencia nacional, emancipación y derecho al autogobierno con las reivindicaciones e intereses de clase de los trabajadores, los campesinos, los estudiantes y las clases medias bajas, tanto a nivel nacional como internacional. Se trata, sin duda, de un proceso extremadamente difícil, arduo y, en ocasiones, amargo. Pero no hay otra alternativa que atravesarlo. Las emociones desprovistas de un programa revolucionario concreto y las consignas desprovistas de reivindicaciones políticas razonables pueden resultar tan atractivas y entusiastas como se quiera a corto plazo, pero, en última instancia, conducen a los movimientos a un callejón sin salida. Allí, por un lado, surgen tendencias hacia la desesperación y el compromiso, mientras que, por otro, surgen tendencias hacia el aventurerismo y el extremismo. A pesar de parecer contradictorias, estas tendencias son, en realidad, complementarias entre sí.

Represión estatal y estancamiento político

A pesar del valor sin precedentes del pueblo, su valentía, sus sacrificios, sus notables muestras de creatividad colectiva y los ejemplos históricos que han dado, el movimiento en Jammu Cachemira se enfrenta actualmente a una crisis. Antes de tratar una enfermedad, es necesario realizar un diagnóstico correcto y honesto. Por muy amargos que sean los hechos, reconocerlos es el deber de cualquier activista político serio y sincero. Del mismo modo que hay que evitar caer en la desesperanza y el pesimismo, es igualmente necesario evitar los elogios falsos y el optimismo artificial. En la actualidad, el mayor y más inmediato desafío que enfrenta este movimiento en la región de Jammu Cachemira administrada por Pakistán —que, a pesar de gozar de un amplio apoyo popular y simpatía, ha quedado confinado en gran medida a Rawalakot— es la represión estatal. En los últimos dos meses, la muerte de más de un centenar de jóvenes, cientos de detenciones, miles de causas abiertas contra personas, la suspensión o la escasez de raciones alimentarias y medicamentos, y la intensa presión económica y administrativa sobre los activistas y sus familias han agravado la situación a un nivel extremadamente grave. Los despidos laborales, la congelación de pensiones, cuentas bancarias y propiedades, la anulación de documentos de identidad y de viaje, y la interposición de graves denuncias contra activistas políticos demuestran también que la intimidación y la represión estatales ya no se limitan a los manifestantes que participan en las sentadas. Por el contrario, se están extendiendo por todo Cachemira e incluso a Pakistán y al extranjero. El objetivo es sembrar el miedo en toda la sociedad, para que toda la población tenga que considerar que el alto precio de la lucha política y la resistencia lo puede tener que pagar no solo la persona afectada, sino toda su familia.

Pero la situación actual también ha puesto de manifiesto otra realidad. Para muchos participantes en el movimiento, las vías de retirada también se han visto bloqueadas en gran medida. Esto no se debe simplemente al miedo a las medidas de represalia del Estado. No cabe esperar razonablemente que quienes han perdido a compañeros y seres queridos, han sufrido el encarcelamiento y se enfrentan ahora a todo tipo de represión económica y administrativa —incluidas acusaciones draconianas— pongan fin a la sentada y regresen a casa en base a meras garantías verbales. Esperar esto equivaldría a ignorar la realidad sobre el terreno.

Por lo tanto, la situación es de naturaleza contradictoria. También deja claro que el coraje, la valentía y el espíritu de sacrificio del pueblo son, sin duda, una fuente de fuerza para los movimientos. Pueden sacudir los cimientos incluso de las esferas de poder más intimidantes y opresivas. Pero si este espíritu no encuentra su expresión a través de una organización política concreta y dinámica, una estrategia clara y un plan de acción con perspectiva hacia el futuro, ese mismo espíritu puede conducir a una confrontación innecesaria o «prematura», a la pérdida de vidas humanas inestimables e incluso a una anarquía devastadora. La política revolucionaria no considera el sacrificio como un fin en sí mismo, sino como un medio; busca minimizar, en la medida de lo posible, la pérdida de vidas y los daños materiales, y transforma la pasión y el entusiasmo del pueblo en una fuerza política capaz de proteger sus intereses comunes.

¿Negociaciones o resistencia?

Hasta ahora, el Estado no ha realizado ningún intento serio ni significativo de entablar negociaciones. Incluso cuando se habla de negociaciones, la condición fundamental que se impone es que primero levante la sentada. Esta condición, de hecho, altera el propio significado de las negociaciones. Además, esta situación refleja también la actitud y la conducta generales no solo de Pakistán, sino de los Estados capitalistas en general, en las circunstancias nacionales e internacionales específicas de nuestra época, en las que las guerras, los genocidios, la represión estatal y las crisis se han convertido en la norma. No es posible desarrollar ninguna estrategia política razonable sin tener en cuenta estas cuestiones aparentemente «innecesarias», pero que en realidad son fundamentales e importantes.

Así pues, la condición de poner fin a la sentada, impuesta desde una postura de arrogancia derivada del poder estatal, se convierte, en la práctica, en un intento de llevar al movimiento a la mesa de negociaciones desde una posición de debilidad. Por otra parte, tampoco es fácil para el movimiento limitarse a prolongar la sentada indefinidamente. Como se ha mencionado anteriormente, mantener el poder popular concentrado en un solo lugar durante un período prolongado genera diversos problemas dentro del movimiento, entre ellos el desgaste. Al mismo tiempo, brinda al Estado la oportunidad de confinar el movimiento dentro de unos límites concretos. Por lo tanto, la verdadera cuestión no es si poner fin a la sentada o continuarla, sino cómo transformarla en una resistencia política y social más amplia por parte del pueblo. La forma de protesta puede cambiar. Pero el proceso político y social de resistencia popular debe continuar.

También existe la preocupación de que, en lugar de negociar, el Estado pueda intentar poner fin a la sentada por la fuerza y expulsar a sus dirigentes del lugar. Es una tragedia que, incluso tras años de lucha, la vida política del movimiento siga dependiendo en gran medida de una sentada clave o de un puñado de dirigentes centrales. En caso de una represión a gran escala, la situación podría estallar violentamente. Pero esto no es más que una posibilidad. Lo que sí es una realidad, sin embargo, es que años de lucha popular aún no han logrado transformarse en una organización o formación política concreta y duradera. Existe una necesidad urgente de superar esta grave tragedia y de trabajar en una estrategia alternativa en caso de que la sentada sea aplastada. Para ello, es necesario organizar a la población —incluidas las mujeres— en todos los niveles de base: distritos, tehsils, consejos sindicales, barrios, mercados, instituciones educativas, lugares de trabajo, etcétera. Es esta organización popular la que puede convertirse en la fuerza de resistencia del movimiento frente a un golpe dirigido a su corazón y frente a la represión estatal generalizada.

El escenario electoral y el vacío político

A lo largo de todo este período, la dirección del movimiento ha sido incapaz de presentar una posición unificada o un plan serio sobre la cuestión de las elecciones. Durante este tiempo, varios círculos políticos revolucionarios y progresistas no solo se mostraron en desacuerdo con la estrategia de organizar otra «larga marcha», sino que también propusieron entrar en la arena electoral con un programa político alternativo. Más de diez personas activas en el movimiento y que gozaban de credibilidad entre la población llegaron incluso a presentar sus candidaturas. Sin embargo, en medio de la larga marcha, los enfrentamientos, las sentadas, las muertes y la represión estatal, este proceso se estancó. La mayoría de las candidaturas fueron rechazadas a instancias del Estado, mientras que los candidatos restantes decidieron, acertadamente, boicotear unas elecciones coercitivas y carentes de transparencia. El boicot iba acompañado de condiciones claras: debían aceptarse las reivindicaciones populares, debían levantarse las restricciones impuestas al movimiento, debían liberarse los activistas detenidos y debían retirarse las causas políticas. No se trataba de una huida de la política electoral; más bien, dadas las circunstancias específicas que se habían producido, fue una estrategia política totalmente acertada y a favor del pueblo.

Ahora la situación ha dado un nuevo giro. Se han celebrado elecciones en las tres divisiones y en los escaños reservados a los refugiados, quedando solo siete escaños por disputarse. Se trata de las elecciones más polémicas y menos transparentes de la historia de Cachemira, impuestas en un contexto de represión y medidas coercitivas por parte del Estado. Aunque el Comité de Acción Awami Conjunto (JAAC) no había anunciado formalmente un boicot a las elecciones, la mayoría de la población no solo las rechazó, sino que además organizó enérgicas protestas en su contra. Durante este periodo se produjeron detenciones, así como alrededor de una docena de muertes. A pesar de ello, el proceso de formación del llamado gobierno sigue adelante. Debido a la indecisión del movimiento respecto a la cuestión de las elecciones, las fuerzas antipopulares se han encontrado con un escenario electoral completamente vacío, que ahora están explotando sin reparos a pesar del rechazo, el odio y el desprecio generalizados que suscitan entre la población. Si el gobierno recién formado invita al Comité de Acción a negociar, también será una cuestión extremadamente delicada decidir si se debe aceptar dicha invitación. Y si las negociaciones con este gobierno se consideran inaceptables, ¿cuál es entonces la alternativa?

Por consiguiente, en el período que se avecina, también hay que impulsar el debate sobre la construcción de una alternativa electoral y llevarlo hasta su conclusión lógica. Debe continuar la lucha por la supresión de los 12 escaños reservados a los refugiados y por otras reformas electorales. Pero, partiendo de esta base, mantener una postura ambigua, contradictoria o indecisa respecto a las elecciones seguiría resultando perjudicial. Además, si las recientes elecciones son fraudulentas y poco representativas, debería plantearse una exigencia clara de que se celebren nuevas elecciones transparentes y aceptables. Al mismo tiempo, si se celebran nuevas elecciones, debe quedar claro qué posición, qué programa y qué plataforma política presentará el propio movimiento ante el pueblo.

En los últimos años, el movimiento ha minado en gran medida la credibilidad de los partidos políticos tradicionales. Una amplia parte de la población se ha desilusionado con los partidos tradicionales, que no son más que marionetas. Incluso tras las elecciones, continúan las diferencias y las disputas entre estos partidos a la hora de formar Gobierno. Esta situación no es solo un signo de la debilidad y el fracaso de la clase dominante; también es indicativo de una crisis política más amplia. Cuando la política tradicional no responde a las demandas populares y la propia gente sale a la calle en busca de soluciones a sus problemas, se pone en tela de juicio todo el orden político establecido y la relación entre esa política y el Estado. Pero una alternativa electoral revolucionaria, o incluso relativamente favorable al pueblo, no surge automáticamente de una crisis de la política tradicional. Este vacío debe llenarse mediante una intervención política consciente, un programa político alternativo y una organización que represente al pueblo.

La prueba del liderazgo

Los Comités de Acción Awami se han convertido ahora en una fuente de esperanza para una alternativa entre un amplio sector de la población. La razón fundamental de esta confianza radica en los logros alcanzados a través de la lucha hasta la fecha. Pero esta misma confianza supone también una dura prueba para el liderazgo y le impone una gran responsabilidad. La debilidad del movimiento no radica en que no haya logrado obtener el apoyo popular necesario ni la disposición a hacer sacrificios. Más bien al contrario: su problema fundamental es que ese amplio apoyo popular y ese poder aún no han encontrado una orientación ideológica y política clara sobre la que se pueda construir una lucha a largo plazo para el futuro. La dirección del movimiento es una amalgama de diferentes tendencias políticas e ideológicas, que además chocan entre sí de vez en cuando. Este carácter amplio y polifacético fue una fuente de fuerza para el movimiento en sus etapas iniciales. Pero una vez que el movimiento va más allá de las reivindicaciones inmediatas y se enfrenta a cuestiones y exigencias históricas, esta ambigüedad ideológica y la falta de estrategia se convierten en un obstáculo y un problema importantes. Esta situación también puede conducir a enfrentamientos innecesarios, inoportunos o inútiles con el sistema vigente. Por otra parte, el movimiento puede acabar buscando soluciones dentro del propio sistema imperante. Como resultado, los acuerdos temporales, las promesas, las garantías y las reformas administrativas menores pueden limitar sus horizontes. O bien, los movimientos pueden oscilar entre estos dos extremos y acabar disipándose. La verdadera prueba a la que se enfrenta ahora el movimiento es precisamente si es capaz de protegerse de tales tendencias y encontrar una forma de seguir adelante.

La necesidad de un programa político

Las reivindicaciones del movimiento, así como las nuevas cuestiones y retos que han surgido, deben abordarse ahora mediante un programa político concreto, claro y coherente, tal y como exigen los tiempos y las circunstancias. Cuestiones como la electricidad, la harina, los impuestos, los privilegios burocráticos y las reformas electorales no pueden considerarse al margen del sistema capitalista imperialista imperante, ya que son problemas generados por ese mismo sistema. Pero, al mismo tiempo, ese sistema no puede ser cuestionado de forma decisiva y a largo plazo dentro de los límites de Cachemira únicamente.

Si aquí existen los recursos para generar electricidad, ¿quién decidirá el precio, la producción y la distribución de la misma? Si existen recursos naturales, ¿quién tendrá el control sobre ellos? Si el propio presupuesto de la región es limitado, ¿cómo se pueden tomar decisiones financieras de forma diferente a la actual? ¿Cómo se pueden aumentar el presupuesto de la región y los ingresos públicos? ¿Cómo se pueden crear oportunidades de empleo a nivel local? Si los poderes constitucionales y legislativos son limitados, ¿cómo se pueden ampliar? Del mismo modo, las reivindicaciones para garantizar el derecho al autogobierno, liberarse de la estructura administrativa de tipo colonial, lograr una auténtica autonomía fiscal y establecer el control popular sobre los recursos deben organizarse en un programa político coherente. Si el movimiento considera que el marco constitucional vigente (Ley 74) constituye un obstáculo fundamental, también debe dejar clara su alternativa. Del mismo modo, la reivindicación de una Asamblea Constituyente podría convertirse en un componente importante de dicho programa.

La revolución no es un mero eslogan, sino un programa

Dentro del movimiento se está debatiendo la idea de la revolución. Pero la revolución no significa simplemente un cambio en la composición del gobierno o de la asamblea. Incluso paralizar el sistema existente puede ser solo una etapa de una revolución. No hace falta remontarse demasiado en la historia. Desde 2011 hasta la actualidad, la historia está repleta de ejemplos de revoluciones que no lograron ir más allá de esa etapa y cuyo posterior retroceso trajo consigo una devastación aún mayor para el pueblo. Si se sustituye a un gobernante por otro, las clases privilegiadas mantienen el control sobre los recursos, la administración sigue ejerciendo los mismos poderes que antes y la clase trabajadora sigue excluida de la toma de decisiones, entonces eso no es ni libertad ni ninguna transformación social fundamental.

En nuestra opinión, la revolución supone una transformación fundamental de las relaciones de propiedad y un cambio radical en el equilibrio de poder entre las clases. No basta con limitarse a decir que el sistema actual es erróneo. También debe quedar claro qué sistema lo sustituirá. ¿Cómo se resolverán los problemas de la educación, la sanidad, el empleo, la electricidad, las infraestructuras y los medios de subsistencia? ¿Sobre qué base se reorganizarán los recursos naturales, el sistema tributario, el gobierno local, las competencias fiscales y las instituciones estatales? ¿Cómo tomará el pueblo las riendas de su propio destino?

Liberación nacional y lucha de clases

La cuestión nacional de Jammu Cachemira no puede separarse de las reivindicaciones económicas, de la cuestión de clase ni de los pueblos de la India y Pakistán. Las élites locales de estas regiones ocupadas o coloniales, los gobernantes de los Estados imperialistas regionales y las potencias imperialistas mundiales son eslabones distintos de la cadena de un sistema imperialista universal. Por lo tanto, en la época actual, ninguna lucha por la independencia nacional y la liberación puede tener éxito sin basarse en la política de clases. Solo vinculando las reivindicaciones de liberación de la subyugación nacional con las acuciantes reivindicaciones económicas de las masas explotadas puede surgir un movimiento que no se limite a sustituir a los gobernantes, sino que pretenda transformar el propio sistema y los métodos de gobierno.

Las clases trabajadoras de Jammu Cachemira —incluidos los empleados del sector público—, junto con los estudiantes, los profesores, los pequeños comerciantes y los estratos medios-bajos, pueden convertirse en la fuerza organizada capaz de proporcionar al movimiento una base social permanente y un apoyo político dinámico.

También en Pakistán, los trabajadores industriales, los campesinos, los estudiantes, los empleados del sector público y los sectores más maltrechos y explotados de la pequeña burguesía sufren las interminables penurias de la inflación, la privatización, el desempleo, los cortes de suministro eléctrico y la desigualdad económica. El pueblo de Cachemira tiene una afinidad natural con estos cientos de millones de seres humanos explotados. Por consiguiente, esta lucha no debe organizarse contra ninguna nación, sino contra la dominación imperialista, la explotación, la represión, la injusticia económica y las estructuras estatales dominantes. Por ello, es necesario establecer vínculos con sindicatos, organizaciones estudiantiles, movimientos de base en defensa de los derechos fundamentales y fuerzas progresistas de todo el mundo.

La siguiente etapa del movimiento

La cuestión fundamental a la que se enfrenta hoy el movimiento no es dónde se celebrará la próxima sentada ni cuándo tendrá lugar la próxima larga marcha. La verdadera pregunta es: ¿qué lecciones se han extraído de los últimos tres años de lucha?, ¿en qué punto se encuentra hoy el movimiento? y ¿cómo puede transformarse el poder popular que ha surgido del movimiento en una fuerza política duradera?

Si la sentada es disuelta por la fuerza, debe existir una línea de acción alternativa. Si se llevan a cabo negociaciones, estas deben realizarse con un mandato popular. Si se forma un gobierno, debe existir una fuerza política capaz de enfrentarlo. Si se celebran de nuevo elecciones de forma transparente y pacífica, el movimiento debe contar con su propio programa, estrategia y candidatos que rindan cuentas ante el pueblo. Si se exige un cambio constitucional, también debe presentarse ante el pueblo un marco claro para dicho cambio.

Los últimos años han demostrado que el pueblo de Jammu Cachemira posee una extraordinaria capacidad de lucha y resistencia. Pero no hay otra alternativa que transformar el movimiento, pasando de la protesta a la organización, y de la organización a una fuerza política disciplinada y democrática que cuente con un amplio apoyo popular.

Por último, es sumamente importante comprender que una sentada no es el movimiento; el movimiento es algo mucho más grande que una sentada. Una larga marcha es un medio, no un fin. El boicot a las elecciones es una táctica, no un programa político permanente. Las negociaciones son una etapa del proceso, no un sustituto del poder popular.

El pueblo ha demostrado que es capaz de hacer historia. Ahora, los dirigentes deben demostrar que también tienen la capacidad de transformar esa historia en un nuevo futuro. Esta es la etapa en la que el movimiento o bien se replegará a los límites de las protestas y enfrentamientos temporales o los acuerdos y compromisos; o bien, mediante un avance trascendental, se convertirá en un faro de luz y esperanza no solo para Jammu Cachemira, sino también para los pueblos oprimidos y subyugados de todo el sur de Asia y más allá.