Por más de medio siglo, la literatura de ciencia ficción sirvió como el espejo distorsionado de nuestras peores pesadillas tecnológicas. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick describió un mundo postapocalíptico donde las fronteras entre lo humano y lo artificial se disolvían bajo el peso de la devastación bélica. Hoy, los CEO de las corporaciones tecnológicas de Silicon Valley parecen utilizar los dilemas éticos de aquella ficción no como advertencias, sino como manuales de inspiración operativa. Sin embargo, con las recientes y virales declaraciones de Jacob Coxon, los contornos de esa distopía han abandonado los límites de la literatura para materializarse en la realidad. Mientras ellos nos hablan del fin del mundo, nosotros tenemos que discutir el fin del capitalismo.
Por Manuel Velasco
La renuncia de Coxon sacudió las redes sociales. En un hilo público, el ex ingeniero de Anthropic y OpenAI denunció que los titanes de la Inteligencia Artificial (IA) están inmersos en una carrera frenética hacia una “superinteligencia auto-mejorante”, apostando literalmente la supervivencia colectiva en el proceso. La alarma cobró un matiz aún más siniestro cuando Evan Hubinger, responsable de Ciencia de Alineamiento en Anthropic, respaldó públicamente a Coxon, calculando en más de un 10% la probabilidad de que la IA provoque la extinción humana en la próxima década.
El fetichismo de la tecnología y la expropiación colectiva
Este pánico existencial no puede leerse como un mero desfase técnico o un “error de programación”. El alarmismo de los científicos de Silicon Valley opera bajo la misma lógica del fetichismo de la mercancía: se dota a la IA de una voluntad autónoma, cuasi divina, ocultando que estos sistemas no son más que el producto del trabajo humano acumulado. La “amenaza de la máquina” es, en realidad, la amenaza de las relaciones sociales capitalistas que la configuran.
El verdadero peligro de la IA no se encuentra en un futuro distópico gobernado por Skynet de Terminator, sino en su despliegue material presente. La automatización cognitiva bajo el control de la burguesía digital ya funciona como una formidable herramienta de acumulación por desposesión: precariza y desplaza a la fuerza laboral, sofoca la disidencia mediante sistemas de vigilancia masiva y perfecciona la maquinaria de muerte industrial en los campos de batalla contemporáneos. Aquí se evidencia la contradicción fundamental del modo de producción capitalista: las fuerzas productivas, que bajo una gestión colectiva y socialista podrían emancipar a la humanidad del trabajo alienado, son privatizadas y monopolizadas por el capital para maximizar la plusvalía, operando de espaldas y en contra de las mayorías trabajadoras.
Incluso las descalificaciones de magnates como Elon Musk, quien catalogó las advertencias de Coxon como un “montaje” coordinado, revelan las pugnas intestinas del capital. No se trata de minimizar los riesgos reales de la tecnología, sino de desentrañar las intencionalidades políticas detrás del discurso corporativo: instrumentalizar el miedo al apocalipsis funciona como un punto de apoyo y de justificación de la urgencia por desarrollar “herramientas propias de defensa” antes de que el enemigo lo haga.
Imperialismo digital y el productivismo suicida
Lejos de responder a una búsqueda neutral del conocimiento, la espectacularidad de este debate responde a una profunda competencia interimperialista. Estados Unidos ha convertido el desarrollo de la IA en un asunto de seguridad nacional para contener el ascenso económico y tecnológico de China. La historia demuestra que la lógica del capital es incapaz de autoregularse: así como los tratados de no proliferación nuclear durante la Guerra Fría jamás detuvieron la acumulación de ojivas por parte de las potencias dominantes para salvaguardar sus privilegios de clase, la actual “carrera armamentística digital” frustraría cualquier intento regulatorio nacional o internacional.
Esta compulsión productivista e hiperdesarrollista comparte raíces con las tragedias del siglo XX. La obsesión por el crecimiento cuantitativo y la tecnificación ciega —replicada históricamente por la burocracia estalinista, cuyo máximo exponente de desastre ecológico fue Chernobyl— se reedita hoy bajo el ropaje de la economía digital. La infraestructura necesaria para sostener la IA demanda volúmenes astronómicos de agua para refrigeración y una quema masiva de combustibles fósiles para alimentar granjas de servidores, acelerando el colapso metabólico del planeta a cambio de procesar datos orientados al consumo publicitario y la especulación financiera.
La clausura del futuro y el realismo capitalista
¿Por qué, entonces, en la prensa repercute con tanta facilidad la idea de una extinción provocada por la IA, pero resulta tan inconcebible un cambio de sistema?
La respuesta está en los mecanismos de dominación ideológica de nuestra época. Analizando el caso de Jacob Coxon tomando las ideas de Mark Fisher —quien popularizó el concepto de Realismo Capitalista a partir de las tesis de Fredric Jameson—, queda al descubierto la maniobra última de la propaganda burguesa: naturalizar la barbarie como el único horizonte realmente posible.
La espectacularización del fin del mundo a manos de una superinteligencia artificial desvía la atención de la crisis sistémica del capitalismo actual. Se nos induce a temer a un “apocalipsis tecnológico” para que aceptemos, de manera resignada, la explotación y la degradación ecológica del presente como único horizonte.
Contra esa parálisis ideológica, la tarea de una crítica anticapitalista urgente consiste en recordar que el fin del mundo no es un destino técnico inevitable, sino la consecuencia lógica de un sistema que prefiere destruir el planeta antes que poner en cuestionamiento la propiedad privada. En oposición al destino de barbarie, tenemos que pelear por una alternativa para reducir las jornadas laborales y otorgar el tiempo y las herramientas necesarias para la realización humana de las mayorías. Esto, lejos de ser la trama de una novela de ciencia ficción, es una posibilidad actual si los avances científicos y tecnológicos persiguieran el bienestar social en vez de la ganancia de unos pocos. Para eso, es necesario un giro hacia un rumbo socialista que arrebate el control de los medios de producción a la burguesía y los ponga en manos de los trabajadores.
Las revoluciones parecen imposibles, hasta que se vuelven inevitables. Estamos en ese momento.








