Por Ali Hammoud
No se puede interpretar lo que está ocurriendo en el sur del Líbano como una serie de violaciones de seguridad o incidentes militares aislados. Estamos ante un conflicto abierto por el territorio, la soberanía y el futuro de la región, en el contexto de la continuidad de la agresión israelí y de la permanencia de la ocupación en partes del territorio libanés, así como del intento de convertir la negociación en una herramienta para reproducir el equilibrio de fuerzas en beneficio de la ocupación.
Tampoco se puede separar el sur del contexto más amplio del conflicto árabe contra la ocupación israelí, ni de la disputa imperialista por la región, sus riquezas y su posición geopolítica, ni de la guerra estadounidense contra Irán.
El Ministerio de Salud libanés anunció el 25 de septiembre de 2026 que el balance de la agresión desde el 2 de marzo ascendía a 4.386 mártires y 12.413 heridos, mientras que el balance total desde el 8 de octubre de 2023 había alcanzado los 8.953 mártires y 30.649 heridos. Estas son cifras oficiales que no incluyen necesariamente a todas las personas desaparecidas.
No se trata simplemente de estadísticas, sino del balance humano de una agresión continua: el alto el fuego no se ha convertido en el fin de la guerra ni ha conducido al fin de la presencia militar israelí en territorio libanés.
Uno de los cambios más peligrosos de esta etapa es que la propia ocupación ha comenzado a convertirse en una carta de negociación. En lugar de que la retirada israelí sea una consecuencia directa del fin de la agresión, ahora está vinculada a condiciones y acuerdos políticos y de seguridad.
La ocupación llega a las negociaciones con una fuerza militar y unos hechos consumados sobre el terreno que busca transformar en ganancias políticas, mientras que la autoridad libanesa se niega a utilizar las cartas de fuerza de las que dispone para reforzar su posición negociadora, incluida la fuerza de la resistencia. Aquí surge la pregunta: ¿se está negociando para poner fin a la ocupación o para acordar las condiciones de su permanencia y los límites de su retirada?
En junio de 2026 se anunció el nefasto acuerdo marco, resultado de una negociación directa rechazada por la mayoría del pueblo libanés, que vincula el alto el fuego y el redespliegue israelí a una serie de compromisos y acuerdos políticos y de seguridad.
El peligro no reside únicamente en las cláusulas, sino también en la lógica política que las rige: convertir derechos inalienables en objeto de negociación, como si la retirada del territorio libanés no fuera una obligación de la potencia ocupante, sino un precio por el que esta pudiera exigir concesiones políticas y de seguridad.

La resistencia frente a la lógica de la ocupación
Frente a la ocupación, no reducimos la resistencia únicamente a su dimensión militar. La resistencia, en su sentido popular e histórico, es el rechazo a convertir la ocupación en algo normal y a transformar la tierra y al pueblo en materia de negociación.
El conflicto con la ocupación no es únicamente un enfrentamiento entre ejércitos en condiciones de igualdad, sino una lucha entre un proyecto colonial que dispone de fuerza militar y apoyo internacional, y un pueblo que se aferra a su derecho a la tierra, la libertad y la soberanía.
La resistencia a la ocupación se entrelaza con la resistencia a la hegemonía imperialista, que hace que los pueblos de la región paguen el precio de los conflictos entre las grandes potencias y de sus intereses.
Por ello, defender el sur no significa defender únicamente unas fronteras geográficas, sino también el derecho de un pueblo a la autodeterminación y el rechazo a convertir al Líbano en un escenario permanente de influencia de los proyectos coloniales e imperialistas.
Israel negocia bajo el fuego
El enemigo negocia mientras continúan sus operaciones militares, de modo que la negociación se convierte en parte de la gestión del conflicto, en lugar de ser una alternativa a este.
Los ataques y la presencia militar permiten a Israel modificar los hechos sobre el terreno y después regresar a la mesa de negociación para negociar sobre los hechos que él mismo ha creado.
Si ocupa una nueva posición, su retirada de ella se convierte en una «concesión». Si destruye viviendas e infraestructuras, la reconstrucción pasa a formar parte del regateo. Si mantiene sus fuerzas en posiciones estratégicas, su presencia se convierte en una herramienta de presión. Así, la propia ocupación se convierte en un instrumento para imponer las condiciones de la negociación.

La gestión del tiempo: el arma silenciosa de la ocupación
El tiempo, en este contexto, no es un factor técnico ni neutral.
Cada día que la ocupación permanece sobre el terreno permite consolidar nuevos hechos consumados, y cada mes que continúa la negociación directa sin una retirada completa puede transformar una ocupación temporal en una realidad política y de seguridad permanente.
Mantener abiertas las negociaciones, hablar de una retirada gradual y vincular la ejecución a etapas y condiciones de seguridad son mecanismos que permiten prolongar la ocupación en medio de los conflictos abiertos en la región.
La historia de Palestina, del Líbano y de la región nos ha enseñado cómo situaciones que comienzan siendo consideradas excepcionales pueden convertirse en estructuras permanentes cuando se permite que perduren.
Por ello, no basta con preguntarnos: ¿cuándo se retirará la ocupación?
También debemos preguntarnos: ¿qué ocurrirá sobre el terreno antes de la retirada?
La continuidad del control israelí sobre posiciones dentro del sur abre la puerta a consolidar un cinturón de seguridad, ampliar la zona sometida al control militar y transformar las posiciones estratégicas en puestos militares permanentes.
La FINUL y el vacío que se avecina
El mandato actual de la FINUL finaliza el 31 de diciembre de 2026. A partir de esa fecha, comenzará un proceso de reducción y retirada que se extenderá durante un año, hasta el 31 de diciembre de 2027.
Aquí surge la pregunta: ¿quién ocupará ese vacío?
El peligro reside en que la retirada internacional se convierta en una oportunidad para ampliar el control israelí.
Las posiciones de la FINUL no son simples puestos de observación; algunas son instalaciones fortificadas situadas en ubicaciones estratégicas. Por ello, cualquier transferencia del control de estas posiciones a las fuerzas de ocupación, si llegara a producirse, supondría reproducir la presencia militar israelí bajo una nueva denominación.
Por eso, debe quedar claro: la retirada de una fuerza internacional no puede convertirse en un premio gratuito para la ocupación.
La tierra no es una carta de negociación
El territorio ocupado no es una carta que pueda utilizarse para obtener concesiones políticas, y la retirada israelí no es un privilegio que Israel conceda al Líbano.
La resistencia es un derecho frente a la ocupación, y la soberanía es un derecho que no está sujeto a negociación.
No se puede proteger al Líbano apostando únicamente por las garantías internacionales o por equilibrios regionales cambiantes. La protección del territorio requiere una fuerza popular, política y social capaz de rechazar la consolidación de la ocupación y de hacer frente a cualquier intento de convertirla en una realidad normalizada.
Desde esta perspectiva, la resistencia en su sentido más amplio también implica resistir las políticas de empobrecimiento y dependencia que hacen que las clases populares paguen el precio de las guerras y los acuerdos, mientras las grandes decisiones se toman en función de los intereses de las potencias dominantes.
No a la normalización con la ocupación
El fin de la ocupación no puede convertirse en una vía hacia la normalización de las relaciones con ella.
La normalización no comienza únicamente con la apertura de embajadas o la firma de acuerdos económicos; también puede comenzar cuando la ocupación pasa a ser considerada un actor político normal o cuando las relaciones de seguridad y económicas con ella se convierten en algo habitual. Por ello, es necesario establecer una distinción clara entre poner fin a la ocupación y normalizar las relaciones con ella.
El sur forma parte de la lucha de los pueblos de la región contra el imperialismo
No se puede separar el sur del Líbano de la causa palestina ni del conflicto más amplio que los pueblos de la región libran contra la ocupación y la hegemonía imperialista.
La defensa del territorio libanés converge con la defensa del derecho del pueblo palestino y de los pueblos árabes a la libertad y a la autodeterminación, lejos de la ocupación y la tutela.
No se puede construir una verdadera liberación sobre la base de la dependencia política o económica de las potencias imperialistas. La independencia y la liberación del territorio también están vinculadas a la emancipación social y al derecho de las clases populares a decidir su propio destino político y económico.
La lucha no gira únicamente en torno a quién controla el territorio, sino también a quién decide su futuro y en beneficio de quién se gestionan sus riquezas y sus sociedades.








