Por Gustavo García
Estalló la bronca de la juventud francesa. Frente a la degradación de sus condiciones de estudio y de vida, los estudiantes secundarios han tomado la ofensiva encabezando un auténtico levantamiento en los liceos de todo el país. Mediante asambleas y el bloqueo sistemático de sus colegios, los lycéens se organizan desde la base para denunciar la superpoblación en las aulas frente a la supresión de puestos docentes y el cierre de clases, la falta de mobiliario junto a la infraestructura que se cae a pedazos y es deficiente ante las temperaturas extremas —congelando en invierno y sofocando en verano—, y el empeoramiento del servicio alimentario y la calidad de la comida en las cantinas. A esta degradación estructural de la educación pública se suma la clasificaciòn social implacable que el gobierno de Macron instauró mediante Parcoursup (una plataforma web que asigna estudiantes a los establecimientos universitarios en función de su trayectoria educativa), lanzando además cruzadas reaccionarias contra la abaya y el hiyab en los liceos de la mano de la extrema derecha.
Justamente por ello es que desde hace una semana se vienen desarrollando manifestaciones espontáneas y bloqueos en las escuelas secundarias con sus estudiantes a la cabeza quemando basura, contenedores y lo que tengan a su alcance para hacer efectivos dichos bloqueos y sobre todo expresando la ira acumulada de años de violencia institucional, ajuste económico y deterioro de la vida.
Frente a la exigencia de condiciones dignas de estudio, el fin de los filtros de exclusión social y un presupuesto a la altura de las necesidades educativas, la respuesta del gobierno ha sido feroz: desplegar una represión brutal e inédita, con las fuerzas policiales cercando establecimientos, lanzando gases lacrimógenos, ejecutando arrestos arbitrarios y promoviendo la persecución judicial para amedrentar a la juventud que se rebela. Más de 5.000 detenciones desde que iniciaron las protestas y 4 estudiantes con heridas irreversibles como resultado de la represión.
Los reclamos estudiantiles son absolutamente legítimos y creemos que exigen forjar una alianza obrero-estudiantil que rodee de apoyo los bloqueos, exija la libertad de los detenidos y la caída de las causas penales, y golpee con un solo puño junto a los trabajadores en huelga. Por ello, las manifestaciones unitarias que desarrollaremos el 6 y el 17 de octubre adquieren una importancia fundamental y debemos impulsarlas en todos los lugares de trabajo y estudio.
Crisis económica, salarios de hambre y deterioro de las condiciones de vida
Al ataque contra la educación y la revuelta de la juventud se suma la crisis económica que golpea de lleno en los hogares de las y los trabajadores. Las familias obreras han visto disminuir su poder adquisitivo en los últimos años, con una pérdida estimada de unos 1.200 euros anuales en su capacidad de compra desde el año 2024. Esta evolución se explica principalmente por el efecto acumulado de la inflación: aunque el ritmo de aumento de los precios se ha moderado respecto a los niveles registrados en 2022 y 2023, los precios de productos y servicios esenciales, como la alimentación, la energía y la vivienda, se mantienen altos. Al mismo tiempo, los salarios y algunas prestaciones sociales no han aumentado al mismo ritmo que los gastos obligatorios —como alquileres o hipotecas, electricidad, gas, carburantes y seguros—, impactando significativamente a las familias populares que disponen de un margen más reducido para hacer frente al encarecimiento de la vida.
En este marco, las condiciones de trabajo se degradan aceleradamente: aumenta la explotación tanto en el sector público como privado —reducen el personal y nos obligan a trabajar más argumentando una especie de “polivalencia” que no es más que la profundización de la precarización—, se alargan los años de trabajo para acceder a una jubilación digna y se congelan los ingresos, tal y como lo observamos en el proyecto de presupuesto presentado para el año 2027, en donde el gobierno confirmó el congelamiento del punto de índice salarial de los empleados públicos por cuarto año consecutivo, pretendiendo que los trabajadores sigan pagando el costo del déficit.
Esta situación desembocó en autoconvocatorias en redes sociales similares a las que hubo en 2025 pero esta vez haciendo referencia directa a la reactivación de la lucha de los Chalecos Amarillos contra la política de Macron y sus cómplices, llamando a manifestarse el próximo 17 de octubre en toda Francia.
Programa de lucha: Unir las peleas y coordinar desde las bases
Para hacer triunfar los reclamos estudiantiles, es indispensable forjar una alianza obrero-estudiantil que rodee de solidaridad los bloqueos, exija la libertad inmediata de las y los detenidos junto a la cancelación de las causas penales, y golpee codo a codo con los sectores de trabajadores en huelga.
La clase trabajadora tampoco se queda de brazos cruzados: lo demuestran las jornadas de huelga de la última semana de los trabajadores del transporte —tanto en la SNCF como en la RATP—, la jornada de los trabajadores del sector público del 29 de septiembre que movilizó a más de 300.000 personas en todo el territorio para exigir más medios y aumentos salariales, e incluso el medio millón de personas que se movilizó en la marcha del orgullo este sábado 3 y se plantó contra la extrema derecha.
Se comienza a respirar Mayo del 68’. Las movilizaciones de las últimas semanas demuestran que la voluntad de dar la pelea está intacta. Sin embargo, las acciones aisladas y los paros testimoniales de 24 horas convocados a cuentagotas por las burocracias sindicales resultan insuficientes para doblegar al gobierno de los patrones; un límite que se vuelve aún más peligroso a pocos meses de un escenario electoral donde la extrema derecha se perfila como fuerte candidata.
Ante esta encrucijada, la tarea urgente es superar la fragmentación. Necesitamos unificar y coordinar las luchas desde las bases, impulsando asambleas generales en cada colegio, facultad y lugar de trabajo, conformando comités de huelga y coordinadoras unificadas. Solo así podremos transformar la bronca dispersa en una fuerza combativa capaz de frenar el ajuste de Macron, derrotar los recortes y defender nuestro derecho a una vida digna de ser vivida.
Francia está en llamas, arde por abajo. Si la juventud, junto a los trabajadores y los jubilados sufren la crisis de este sistema, es hora de coordinar las luchas para que también ardan los patrones, su gobierno y sus cómplices políticos y sindicales.








