Por Imran Kamyana

Este documento fue escrito originalmente en urdu en diciembre de 2023, en el contexto de los acontecimientos descritos en el párrafo inicial. Si bien surgió a raíz de esas circunstancias inmediatas, su propósito principal era presentar la postura de Lenin sobre la cuestión nacional de la manera más clara y concisa posible.

Fue presentado al Tercer Congreso de la LIS como documento de referencia. Dado que las citas de Lenin se habían traducido del urdu, inevitablemente existían algunas variaciones menores con respecto a las traducciones estándar. En la presente versión, publicada durante un nuevo auge del Movimiento por los Derechos Populares en Cachemira, todas las citas de Lenin han sido sustituídas por las traducciones estándar para eliminar dichas discrepancias.

Esta edición también incluye algunas adiciones que se mantienen fieles a la estructura original del documento. En particular, varias citas de Lenin se han ampliado para mayor claridad. Sobre esta delicada cuestión, Lenin —y, donde es relevante, Trotsky— es citado extensamente de forma deliberada para evitar confusiones, prevenir acusaciones de sacar de contexto o distorsionar su postura y permitir que sus argumentos hablen por sí mismos.

Está demás decir que, en estas citas, Lenin utiliza el término socialdemocracia para referirse al movimiento revolucionario marxista, ya que este era el nombre con el que se conocía generalmente a los marxistas en aquel entonces.

La larga marcha y sentada que el Comité de Solidaridad Baluchi (BYC) mantiene en Islamabad —organizada contra las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzadas y la represión estatal generalizada en Baluchistán— ha vuelto a poner en primer plano la latente cuestión nacional en este país. Esta protesta forma parte de una serie de movimientos surgidos en los últimos años entre las nacionalidades oprimidas de Pakistán. Ya sea el auge del Movimiento de Protección Pastún (PTM) en Khyber Pakhtunkhwa (especialmente en los distritos tribales), el poderoso y generalizado movimiento en Cachemira contra el elevado precio de la electricidad, la agitación en Gilgit-Baltistán contra la retirada del subsidio al trigo, o las sentadas en Sindh contra los asesinatos en falsos enfrentamientos policiales… estos movimientos y protestas reflejan la profunda marginación que se vive en las regiones periféricas o atrasadas de este Estado capitalista en crisis y la continua opresión infligida a las nacionalidades subyugadas.

La política de la clase dominante y la represión estatal siempre han intentado silenciar estas voces sin cesar. A pesar de ello, éstas han ganado un fuerte apoyo entre las masas empobrecidas y trabajadoras, y ahora se han vuelto cruciales en la configuración del panorama político y social del país. Esta situación subraya una vez más que, incluso después de más de siete décadas, el sistema capitalista tardío y en crisis aquí sigue siendo totalmente incapaz de resolver la cuestión nacional; de hecho, la intensidad de esta cuestión no ha hecho más que aumentar con el tiempo. Además, esta situación no se limita a Pakistán; la cuestión nacional sigue sin resolverse en la mayoría de los estados del sur de Asia, incluida la India. Si bien sus manifestaciones —su intensidad, escala y composición— pueden diferir, el carácter de clase de estos estados, surgido del dominio colonial, no es fundamentalmente distinto entre sí. La historia de la ocupación imperialista por parte de estos estados comienza ya en 1947: por un lado, se llevaron a cabo operaciones militares para ocupar Baluchistán y Cachemira, y por otro, incluso gobernantes “progresistas” como Nehru no tardaron en atacar Hyderabad para integrarla por la fuerza en la India y ocupar el resto de Cachemira.

En general, el carácter de las instituciones y las clases sociales, moldeado por factores históricos específicos, no cambia ni siquiera después de décadas o siglos. En este contexto histórico más amplio, los estados del sur de Asia actuales son simplemente una continuación del Estado colonial, diseñado para mantener a la población de esta región sometida y vulnerable política, social y psicológicamente, y para permitir el saqueo profundo y generalizado de sus recursos. La misma situación se observa en otras regiones atrasadas como África y América Latina. Durante siglos, estos continentes fueron devastados violentamente —económica y culturalmente— mediante el saqueo colonial directo, y el desarrollo y el esplendor del capitalismo occidental surgieron, al menos en parte, de la ruina de gran parte del mundo.

Debido a las condiciones específicas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la retirada de los colonizadores occidentales, los estados “independientes” que se formaron no eran más que componentes de un nuevo sistema imperialista. El objetivo de este sistema era asegurar el flujo continuo de riqueza y recursos desde estas regiones hacia los centros imperialistas. En consecuencia, las clases dominantes de estos estados conservaron el mismo carácter comprador —basado en la servidumbre y la política de agentes comisionistas— que tenían antes de su supuesta independencia. Esto incluye no solo a las élites gobernantes de las naciones dominantes, sino también a las de las naciones oprimidas.

A pesar de diferencias de nacionalidad, religión, idioma, distribución de recursos e influencia política, la relación entre estas clases dominantes debe entenderse dentro de un marco imperialista general que perpetúa la opresión y la explotación de clase y nacional. Además, estos estados atrasados ​​—si bien sirven como instrumentos y subordinados del imperialismo global— también adoptan un rol imperialista dentro de las regiones bajo su control. En estos estados, las clases dominantes de las naciones oprimidas suelen mantener una relación con las clases dominantes de las naciones dominantes análoga a la relación entre las clases dominantes de las naciones dominantes y el imperialismo global. De esta forma, se establece una jerarquía completa de explotación y saqueo compartidos, desde la base hasta la cima.

En países como Pakistán, el avasallante control político y económico ejercido por las instituciones estatales —especialmente las militares— convierte a la élite burguesa-militar en una parte importante de esta jerarquía, que también incluye a personal perteneciente a naciones oprimidas. Sin embargo, a pesar del papel comprador de las élites gobernantes o los estratos dominantes dentro de las naciones oprimidas, la existencia de privación, opresión y explotación nacional es innegable. Al mismo tiempo, el marxismo no puede conciliarse ni transigir con el nacionalismo.

En Occidente, las naciones —o los Estados-nación con una composición nacional relativamente uniforme— fueron producto de una etapa específica del desarrollo capitalista, en la que las revoluciones, las guerras y la industrialización desempeñaron un papel decisivo. Este fue, esencialmente, el período de las revoluciones burguesas-democráticas. Respecto a la formación de los Estados-nación, Vladimir Lenin identificó el periodo comprendido entre 1789 y 1871 como “precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran, como norma, Estados unidos en el aspecto nacional”. (El derecho de los pueblos a la autodeterminación, 1914).

Pero, al igual que en otras tareas históricas, el capitalismo solo logró resolver la cuestión nacional en una parte relativamente pequeña del mundo. Hoy en día, no solo las revoluciones nacional-democráticas son cosa del pasado, sino que el capitalismo trascendió hace mucho tiempo las fronteras nacionales y entró en su fase imperialista. Como resultado, en palabras de Lenin:

[L]a opresión nacional se amplía y se agrava sobre una nueva base histórica. De ello se desprende que… debemos vincular la lucha revolucionaria por el socialismo con un programa revolucionario en cuanto al problema nacional.  (El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1915).

Hoy, la mayoría de las regiones más atrasadas del mundo no están formadas por Estados nacionalmente unificados u homogéneos, sino por estados multinacionales donde la cuestión nacional existe con distintos grados de intensidad. La razón fundamental de esto reside, una vez más, en el atraso histórico de estos estados. Por un lado, sus burocracias y clases dirigentes poseen la psicología y las ambiciones imperialistas descritas anteriormente; por otro lado, son tan débiles y empobrecidas que son incapaces de proporcionar un desarrollo equilibrado y uniforme a las naciones y regiones bajo su control. Tampoco poseen el espacio histórico, la estabilidad económica ni la capacidad necesarios para integrar sanamente a las diferentes nacionalidades y formar una nación unificada.

La cuestión nacional que surge de estas condiciones es inherentemente compleja —a veces extremadamente intrincada— y no se puede proponer de antemano una fórmula prefabricada que pueda aplicarse universalmente. Sin embargo, la extensa obra de los principales teóricos marxistas proporciona algunos principios generales invaluables. Tenerlos presentes es crucial para los revolucionarios, porque en tales regiones no se puede formular ningún programa socialista revolucionario sin abordar la cuestión nacional de manera adecuada.

Lenin comprendió esta realidad con claridad. Partiendo de la postura de Marx y Engels, el Partido Bolchevique presentó a las nacionalidades oprimidas un programa de liberación nacional que se convirtió en un factor decisivo para el éxito de la Revolución Bolchevique. En La historia de la Revolución rusa, León Trotsky ofrece un resumen de la cuestión nacional en Rusia y de la política de Lenin al respecto, un análisis que aún hoy merece ser leído y comprendido.

Rusia no estaba constituida como un Estado nacional, sino como un Estado de nacionalidades. Ello correspondía a su carácter atrasado… Así se constituyó un Imperio en el que la nacionalidad dominante no representaba más que el 43 por 100 de la población, mientras que el 57 por 100 correspondían a nacionalidades diversas tanto por su nivel cultural como por su desigualdad de derechos… Lenin había calculado con suficiente anticipación el carácter inevitable de los movimientos nacionales centrífugos en Rusia, y durante años había luchado obstinadamente, especialmente contra Rosa Luxemburgo, por el famoso párrafo 9 del viejo programa del partido, que formulaba el derecho de las naciones a disponer de sí mismas, es decir, a separarse completamente del Estado. Con ello, el partido bolchevique no se comprometía de ningún modo a hacer propaganda separatista. A lo único que se comprometía era a luchar con intransigencia contra todo tipo de opresión nacional, incluyendo la retención por la fuerza de cualquier nacionalidad en los límites de un Estado común. Sólo por este camino el proletariado ruso pudo conquistar gradualmente la confianza de las nacionalidades oprimidas. Pero esto es sólo uno de los aspectos del problema. La política de bolchevismo en la cuestión nacional tenía otro aspecto, que, aunque aparentemente estaba en contradicción con el primero, lo completaba en realidad. En el marco del partido, y en general de las organizaciones obreras, el bolchevismo aplicaba el más riguroso centralismo, luchando implacablemente contra todo contagio nacionalista susceptible de enfrentar o dividir a los obreros. Negando rotundamente el derecho al Estado burgués de imponer a una minoría nacional una residencia forzosa o incluso una lengua oficial, el bolchevismo estimaba al mismo tiempo como una tarea sagrada ligar, lo más estrechamente posible, en un gran todo a los trabajadores de diferentes nacionalidades mediante una disciplina de clase voluntaria. Así se rechazaba pura y simplemente el principio nacional federativo de la estructura del partido. Una organización revolucionaria no es el prototipo del Estado futuro, es únicamente el instrumento para crearlo. La herramienta debe ser adecuada para la fabricación del producto, pero de ningún modo debe asimilarse a él. Únicamente una organización centralista puede asegurar el éxito de la lucha revolucionaria incluso cuando se trata de destruir la opresión centralista sobre las naciones. (Historia de la Revolución Rusa, 1929-1932).

Estas pocas líneas resumen eficazmente los fundamentos de la política de Lenin sobre la cuestión nacional, cuyo punto central es el reconocimiento de la existencia de naciones opresoras y oprimidas, y, por ende, de la opresión y la explotación en el ámbito nacional. Lenin consideraba que la distinción entre naciones opresoras y oprimidas era «sumamente importante» desde el punto de vista del análisis de la esencia del imperialismo y desde la perspectiva de la lucha revolucionaria contra este. Es lamentable que muchos análisis autodenominados marxistas hoy en día ignoren estos hechos fundamentales.

Un ejemplo reciente de esto es la cuestión de la guerra entre Rusia y Ucrania, donde muchas organizaciones marxistas intentaron imponer por la fuerza la política del derrotismo revolucionario. Algunas de ellas no se cansan de citar a Lenin y Trotsky en cada asunto, pero aquí —bajo el pretexto de oponerse al imperialismo occidental— se han convertido, de hecho, en portavoces extraoficiales de Putin. Lenin no describió el imperialismo como una sola potencia o bloque imperialista, sino como una lucha entre diversas potencias o bloques imperialistas, grandes y pequeños. 

De igual modo, en sus análisis de guerras y revoluciones, Lenin siempre tuvo presentes las relaciones de subyugación y explotación entre las naciones. Sobre esta base, no sólo abogó enérgicamente por incluir el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación —que consideraba fundamentalmente un derecho democrático— en el programa del partido, sino que también enfatizó repetidamente que, sin el derecho a la secesión, el derecho a la autodeterminación se convierte en jerga vacía e hipocresía. Además, declaró que la oposición a todas las formas de opresión nacional (cultural, lingüística, política, etc.) era esencial para el proletariado y su partido. Por ejemplo, se opuso firmemente a otorgar estatus oficial a una sola lengua —generalmente la de la nación dominante— e imponerla a otras nacionalidades, así como contraponer privilegios nacionales similares.

Para Lenin, el derecho de las naciones a la autodeterminación era una de las tareas fundamentales de la revolución socialista, y consideraba su negación como una traición al socialismo. Pero el objetivo de la revolución socialista no es simplemente resolver la cuestión nacional. Más bien, se trata de aniquilar los fundamentos mismos de toda forma de opresión y explotación. Por lo tanto, al igual que Marx y Engels, Lenin consideró cada cuestión democrática —incluida la cuestión nacional— dentro de su contexto histórico y adoptó una postura basada en los intereses históricos de la clase trabajadora. Pues en cualquier sociedad donde toda la riqueza se produce mediante la explotación de clase, la contradicción de clase se convierte en la más fundamental de todas las contradicciones.

Así, Lenin recalcó repetidamente que, para los socialistas revolucionarios, la cuestión nacional no es un asunto abstracto, sino que sólo puede entenderse dentro de un contexto y unas condiciones concretas:

La exigencia categórica de la teoría marxista al analizar cualquier problema social consiste en encuadrarlo en un marco histórico determinado y, si se trata de un solo país (por ejemplo, del programa nacional para un país dado), tener en cuenta los rasgos concretos que distinguen a ese país de los demás dentro de la misma época histórica. (…) No puede hablarse de que los marxistas de ningún país elaboren su programa nacional sin tomar en consideración todas estas condiciones históricas generales y las condiciones concretas del Estado de que se trate. (El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Esta es una advertencia sumamente importante de Lenin. Pues, así como el centralismo democrático y el derrotismo revolucionario han sido mal utilizados —e incluso abusados—, también lo ha sido la postura de Lenin sobre la cuestión nacional. Los responsables no se limitan en absoluto a los nacionalistas que se hacen pasar por marxistas. Igualmente prominentes son los marxistas aquejados de pedantería y doctrinarismo, cuyo rígido formalismo a menudo los ha llevado a distorsionar el método de Lenin tanto como los nacionalistas.

En cualquier caso, Lenin dejó claro —sin vacilación ni hipocresía— que, en la época del capitalismo imperialista, la cuestión nacional está subordinada a la misión histórica de la clase obrera. Por ejemplo, en un debate con el Partido Socialista Polaco (PSP), Lenin explicó este punto de la siguiente manera:

Plantearemos abiertamente lo que constituye la raiz del problema: ¿debe la socialdemocracia exigir siempre, de manera incondicional, la independencia nacional, o sólo en ciertas y determinadas condiciones, y en cuáles? El PSP siempre contestó a esta pregunta en el sentido del reconocimiento incondicional (…)

Por desgracia, esto no pasa de ser una de tantas frases democrático-burguesas (…) Al morder en el anzuelo de estas frases y armar este alboroto, el PSP demuestra a su vez cuán endeble es, en su base teórica y en su actividad política, su vinculación con la lucha de clases del proletariado. En efecto, es a los intereses de esta lucha a los que nosotros debemos supeditar la exigencia de la autodeterminación nacional. Y aquí, en esta condición, reside la diferencia entre nuestro modo de plantear el problema nacional y el modo en que lo plantean los demócratas burgueses. El demócrata burgués (al igual que el actual socialista oportunista que sigue sus huellas) se imagina que la democracia acaba con la lucha de clases, razón por la cual presenta todas sus reivindicaciones políticas de un modo abstracto, global, «incondicional», desde el punto de vista de los intereses «de todo el pueblo», y aun desde el punto de vista de los principios eternos y absolutos de la moral. El socialdemócrata desenmascara implacablemente, siempre y en todas partes, esta ilusión burguesa, ya se exprese en una filosofía idealista abstracta o en una incondicional exigencia de autodeterminación nacional. (La cuestión nacional en nuestro programa, 1903)

En la misma obra, Lenin continúa mostrando —mediante ejemplos— que Marx y Engels abordaron la cuestión nacional de la misma forma. Por ejemplo, si bien apoyaban el derecho de Polonia a la autodeterminación, en el caso de la opresión del sur de Francia por parte del norte, adoptaron la postura de que la opresión nacional no siempre genera aspiraciones de libertad que se correspondan con los intereses de la democracia y el proletariado. Existen innumerables ejemplos más en los que Marx y Engels analizaron las guerras y luchas nacionales desde la perspectiva del internacionalismo proletario, y plantearon su programa y sus demandas sobre esa base.

Así pues, incluso al apoyar las demandas burguesas-democráticas, resulta esencial para el proletariado mantener su identidad política y organizativa independiente. Lenin aclara este punto:

A diferencia de los pequeños burgueses demócratas, Marx consideraba todas las reivindicaciones democráticas, sin excepción alguna, no como un absoluto, sino como la expresión histórica de la lucha de las masas populares, dirigidas por la burguesía, contra el feudalismo. No existe una sola reivindicación democrática que no pueda servir y que no haya servido, en determinadas condiciones, de instrumento de engaño de la burguesía a los obreros. Destacar una de las reivindicaciones de la democracia política, precisamente el derecho de las naciones a la autodeterminación, y oponerla a las demás, es radicalmente falso desde el punto de vista teórico. En la práctica, el proletariado sólo podrá conservar su independencia subordinando su lucha por todas las reivindicaciones democráticas, sin excluir la república, a su lucha revolucionaria por el derrocamiento de la burguesía. (La revolución socialista y el derecho de los pueblos a la autodeterminación, 1916)

Lenin desarrolló este método marxista fundamental en muchos de sus otros escritos. Por ejemplo, en su debate con Rosa Luxemburgo criticó el enfoque mecanicista de la cuestión nacional con las siguientes palabras:

La exigencia de una respuesta de «sí» o «no» a la cuestión de la separación de cada nación puede parecer muy «práctica». En realidad es absurda; en teoría, metafísica; y en la práctica conduce a subordinar el proletariado a la política de la burguesía. La burguesía coloca siempre en primer plano sus reivindicaciones nacionales y las formula de manera incondicional. En cambio, para el proletariado estas reivindicaciones están subordinadas a los intereses de la lucha de clases.

Lo importante para el proletariado es garantizar el desarrollo de su clase. Para la burguesía es importante dificultar ese desarrollo, haciendo pasar los objetivos de «su» nación por delante de los objetivos del proletariado. Por eso el proletariado se limita, por decirlo así, a la reivindicación negativa del reconocimiento del derecho de autodeterminación, sin garantizar nada a ninguna nación, sin comprometerse a dar nada a expensas de otra nación.

Amparándose en el carácter «práctico» de sus reivindicaciones, la burguesía de las naciones oprimidas llamará al proletariado a apoyar incondicionalmente sus aspiraciones. Lo más «práctico» sería decir un rotundo «sí» a la separación de una nación determinada, en vez de reconocer el derecho de separación de todas las naciones.

El proletariado está en contra de semejante espíritu práctico. Reconociendo la igualdad de derechos y el igual derecho a constituir un Estado nacional, aprecia por encima de todo y coloca en primer plano la alianza de los proletarios de todas las naciones, y valora toda reivindicación nacional, toda separación nacional, desde el punto de vista de la lucha de clase de los obreros. Esta apelación al espíritu práctico no es, en realidad, más que una apelación a aceptar sin espíritu crítico las aspiraciones de la burguesía.(El derecho de los pueblos a la autodeterminación, 1914)

Incluso al margen de la cuestión nacional, la argumentación de Lenin en este punto tiene mucho que enseñar a aquellos «marxistas» que, en nombre del pragmatismo, insisten en reducir cada asunto a una elección binaria: sí o no, apoyo o condena, etc. El resultado es invariablemente una serie de declaraciones abstractas desprovistas de lógica, sentido común y practicidad.

En este mismo marco, si bien priorizaba la unidad de los trabajadores de todas las naciones, Lenin formuló el principio fundamental de que los revolucionarios deben apoyar enérgicamente toda demanda que se plantee contra la opresión nacional, incluso cuando provenga de los círculos burgueses de una nación oprimida. Pero, al mismo tiempo, el nacionalismo burgués debe ser siempre condenado y combatido. Además, Lenin describió la negativa a apoyar el derecho de secesión como un claro favor a la burguesía de la nación dominante y a otras clases reaccionarias.

Así pues, la solidaridad de los trabajadores de todas las naciones siempre ha sido el objetivo central de los marxistas revolucionarios como Lenin y Trotsky, y se convierte en deber de los revolucionarios rechazar el nacionalismo, así como toda tendencia que genere divisiones dentro de la clase obrera. En sus debates con Rosa Luxemburgo, Lenin también aclaró que apoyar la igualdad de las naciones y el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación no es en absoluto «nacionalismo», pero oponerse al nacionalismo negando el derecho a la autodeterminación es igualmente irracional. Por ejemplo, al describir el enfoque marxista del nacionalismo, Lenin escribe:

El nacionalismo burgués de cualquier nación oprimida tiene un contenido democrático general dirigido contra la opresión, y es precisamente este contenido el que nosotros apoyamos de un modo incondicional. Al mismo tiempo, lo distinguimos rigurosamente de la tendencia al exclusivismo nacional… (El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Expresa la misma idea en otro lugar con estas palabras:

El despertar de las masas del letargo feudal y su lucha contra toda opresión nacional, por la soberanía del pueblo y de la nación, constituye un fenómeno progresivo. De ahí el deber ineludible del marxista de defender el democratismo más decidido y más consecuente en todos los aspectos del problema nacional. Esta tarea tiene, en gran parte, un carácter negativo. Pero el proletariado no puede ir más allá en el apoyo al nacionalismo, porque más allá comienza la actividad «positiva» de la burguesía, encaminada a fortalecer el nacionalismo. (Observaciones críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

La cuestión de la «cultura nacional» también requiere aclaración. A menudo es planteada de la manera más reaccionaria por tendencias nacionalistas que carecen de un programa político o económico serio. En este enfoque, la «cultura» —reducida en gran medida a meros elementos como la vestimenta y la música— se exhibe superficialmente para afirmar una supuesta superioridad nacional. En periodos de recesión temporal en la lucha de clases, este fenómeno también refleja una crisis de identidad, en la que las personas buscan refugio en sectas religiosas, identidades de casta o afiliación lingüística. Pero si la cultura se entiende en su sentido real y más amplio —que abarca la totalidad de las relaciones humanas, el nivel de vida, el comportamiento social, etc.—, entonces las sociedades de esta región, al igual que las de todas las naciones, están tan profundamente sumidas en la degradación y la crisis que la vida misma se ha convertido en un tormento constante.

En este contexto, Lenin también analizó la cultura desde una perspectiva de clase, haciendo hincapié en la necesidad de distinguir entre tendencias progresistas y reaccionarias dentro de cada cultura nacional. Sin embargo, en general, creía que la cultura de cualquier nación lleva la impronta de los prejuicios e intereses de su clase dominante, del mismo modo que, en circunstancias normales, las ideas dominantes en la sociedad son las de las clases dominantes.

Todo nacionalismo liberal burgués siembra entre los obreros la mayor corrupción y causa un inmenso daño a la causa de la libertad y de la lucha de clase del proletariado. Esta tendencia burguesa (y burguesa-feudal) es tanto más peligrosa cuanto que se oculta bajo la consigna de la «cultura nacional». Es precisamente bajo la bandera de la cultura nacional —gran rusa, polaca, judía, ucraniana, etc.— como los centurionegristas, los clericales y la burguesía de todas las naciones realizan su sucia y reaccionaria labor.

La consigna de la cultura nacional es un engaño burgués (y con frecuencia también centurionegrista y clerical). Nuestra consigna es la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial. (Ibid.)

Profundizando en el análisis de la cultura, escribe:

Los elementos de una cultura democrática y socialista existen, aunque sea en forma embrionaria, en toda cultura nacional, pues en toda nación hay masas trabajadoras y explotadas, cuyas condiciones de vida engendran inevitablemente la ideología democrática y socialista. Pero en toda nación existe también una cultura burguesa (y, en la mayoría de los casos, además, una cultura reaccionaria y clerical), y no simplemente en forma de «elementos», sino como cultura dominante. Por eso, la «cultura nacional» en general es la cultura de los terratenientes, del clero y de la burguesía.

Al propugnar la consigna de la «cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial», tomamos de cada cultura nacional únicamente sus elementos democráticos y socialistas; los tomamos única y exclusivamente en oposición a la cultura burguesa y al nacionalismo burgués de cada nación.

Quienes desean servir al proletariado deben unir a los obreros de todas las naciones y luchar sin vacilaciones contra el nacionalismo burgués, tanto el propio como el ajeno. El lugar de quienes defienden la consigna de la cultura nacional está entre la pequeña burguesía nacionalista, y no entre los marxistas.(Ibid.)

Lenin juzga las culturas nacionales tanto de las naciones opresoras como de las oprimidas con los mismos criterios. Al final, traza una clara distinción entre estas tendencias contradictorias:

El nacionalismo burgués y el internacionalismo proletario son dos consignas irreconciliablemente hostiles que corresponden a los dos grandes campos de clase de todo el mundo capitalista y expresan las dos políticas (más aún: las dos concepciones del mundo) en el problema nacional. (Ibid.)

En el mismo texto declara abiertamente una vez más que, por muy «civilizado» que se vuelva el nacionalismo, no puede conciliarse con el marxismo. De igual modo, al explicar los fundamentos materiales del internacionalismo proletario y la unidad obrera, escribe:

El marxismo es incompatible con el nacionalismo, aun con el más «justo», «puro», refinado y civilizado. En lugar de todas las formas de nacionalismo, el marxismo coloca el internacionalismo, la fusión de todas las naciones en una unidad superior, una unidad que crece ante nuestros ojos con cada kilómetro de vía férrea que se construye, con cada trust internacional y con cada asociación obrera que se forma (asociación que es internacional tanto por sus actividades económicas como por sus ideas y objetivos). (Ibid.)

Además, al denunciar la hipocresía del nacionalismo burgués y destacar el predominio de la contradicción de clases sobre la cuestión nacional, escribe:

En los consejos de administración de las sociedades anónimas vemos sentados juntos, en perfecta armonía, a capitalistas de distintas naciones. En las fábricas, los obreros de diferentes naciones trabajan codo a codo. En toda cuestión política realmente seria y profunda, las posiciones se adoptan según las clases, y no según las naciones. (Ibid.)

Reitera este punto en otro lugar:

Los capitalistas y los terratenientes quieren, a toda costa, mantener separados a los obreros de las distintas naciones, mientras que los poderosos viven espléndidamente juntos como accionistas de empresas lucrativas que manejan millones.

Los obreros conscientes de clase exigen la completa unidad de los obreros de todas las naciones en todas las organizaciones educativas, políticas y sindicales. (La clase obrera y la cuestión nacional, 1913)

Y de nuevo:

La socialdemocracia debe, por tanto, prevenir del modo más enérgico al proletariado y a las demás masas trabajadoras de todas las nacionalidades contra el engaño directo de las consignas nacionalistas de «su propia» burguesía, que con sus discursos melosos o fogosos sobre «nuestra patria» intentan dividir al proletariado y desviar su atención de las intrigas burguesas, mientras establecen una alianza económica y política con la burguesía de otras naciones y con la monarquía zarista. (Tesis sobre la cuestión nacional, 1913)

Trotsky, también, cuando describió el nacionalismo de las naciones oprimidas en el contexto de la Revolución rusa como «la cáscara del bolchevismo inmaduro», quiso decir que ciertas tendencias revolucionarias podrían surgir de movimientos nacionales que adoptasen rápidamente el programa marxista. Sin embargo, esto no implica en absoluto que el nacionalismo como tal sea inherentemente una ideología progresista o revolucionaria. Como ilustra con ejemplos concretos:

Esta subordinación de los movimientos nacionales al proceso fundamental de la revolución, la lucha del proletariado por el poder, no se realizó de golpe, sino por etapas sucesivas, y además de manera diferente según las regiones. Los obreros, campesinos y soldados ucranianos, bielorrusos y tártaros, hostiles a Kerenski, a la guerra y a la rusificación, se convirtieron así, pese a su dirección conciliadora, en aliados de la insurrección proletaria. De apoyo objetivo de los bolcheviques, debían pasar, en una etapa ulterior, a adherirse conscientemente también al camino bolchevique.

En Finlandia, Letonia y Estonia, y más débilmente en Ucrania, la diferenciación del movimiento nacional había adquirido en octubre formas tan agudas que sólo la intervención de tropas extranjeras pudo impedir el triunfo de la revolución proletaria. En el Oriente asiático, donde el despertar nacional se producía bajo formas más primitivas, sólo podía entrar gradualmente y con considerable retraso bajo la dirección del proletariado; en realidad, únicamente después de que el proletariado hubiera conquistado el poder.

Si se considera en su conjunto este proceso complejo y contradictorio, la conclusión es evidente: la corriente nacional, al igual que la corriente agraria, desembocaba en el cauce de la Revolución de Octubre. (Historia de la Revolución Rusa)

En el contexto de sociedades como la de Pakistán, cabe destacar que los aspectos progresistas de las culturas nacionales a los que se refería Lenin se ven aplastados bajo el peso del capitalismo tardío y retrógrado del país, especialmente durante sus crisis más agudas. Al mismo tiempo, los elementos reaccionarios y retrógrados de estas mismas culturas se exacerban y se les permite imponerse. Históricamente, así como este sistema enarboló la bandera del secularismo, hoy busca imponer a la humanidad toda forma de sectarismo y fundamentalismo religioso.

Así, según Lenin, el objetivo del internacionalismo marxista y la revolución socialista no es solo eliminar las fronteras nacionales y acercar a las naciones, sino integrarlas entre sí. Esto no es una utopía; la globalización capitalista misma sentó las bases que hacen posible dicha integración. Sin embargo, el «internacionalismo» capitalista no solo es incompleto y está plagado de contradicciones, sino que también se basa en la opresión y la explotación. Si bien la globalización existe dentro del capitalismo, el sistema se ve igualmente obligado a dividir a la humanidad y mantener a las personas en conflicto entre sí. Especialmente en tiempos de crisis, exacerba las tendencias nacionalistas y fascistas más extremas, una manifestación de las cuales vemos hoy en el auge de diversos partidos y líderes de extrema derecha. No es casualidad que, después de 2008, la globalización capitalista en el comercio y la inversión comenzara a retroceder, y la circulación internacional de personas —que ya es limitada en comparación con el capital— se restringiera aún más. En tales circunstancias, el internacionalismo proletario es la única teoría y estrategia capaz de erradicar toda forma de prejuicio reaccionario y pernicioso del pasado. 

Para Lenin, reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación es un aspecto de la lucha global por la revolución socialista, cuyo objetivo es allanar el camino hacia una futura federación voluntaria de naciones socialista (como había argumentado Marx, quien sostenía que la clase obrera británica debía apoyar la separación de Irlanda de Gran Bretaña para que ambas naciones pudieran formar una federación democrática y voluntaria). Sin embargo, un aspecto aún más importante de la política revolucionaria de Lenin era la unidad de clase y organizativa de los trabajadores en todas las naciones, a la cual subordinaba el derecho a la autodeterminación y a la secesión (como ya hemos visto). La historia está repleta de ejemplos en los que las clases dominantes, para preservar su poder o promover sus intereses de clase, pueden defender la causa de la secesión de maneras que contradicen los intereses más amplios de la clase obrera. En tales casos, la clase obrera debe conservar el derecho a manifestarse contra la secesión de acuerdo con sus intereses de clase y su misión histórica. 

Por ejemplo, durante la Revolución Bolchevique, las clases dominantes de muchas naciones oprimidas —históricamente leales al régimen zarista y cómplices de la opresión nacional— se convirtieron repentinamente en defensoras de la libertad e independencia nacionales a medida que la revolución se extendía por sus territorios. Sin embargo, Lenin insistió continuamente en que la unidad de los trabajadores de todas las naciones sólo es posible cuando el proletariado de la nación dominante y opresora se opone a todas las formas de opresión y privilegios nacionales, integra la igualdad nacional en su agenda y reconoce el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación. Sobre esta base, puede ganarse la confianza de los trabajadores de las naciones oprimidas y forjar una auténtica solidaridad de clase. Sin esto, «el internacionalismo seguirá siendo un término vacío de significado».

Por el contrario, es deber de la clase obrera de las naciones oprimidas no tolerar el nacionalismo burgués, que divide a su clase según líneas nacionales, y promover activamente la solidaridad de clase con los trabajadores de la nación dominante, sentando así las bases para una lucha proletaria independiente. Sobre la base de esta unidad y lucha de clases, cuando la clase obrera se levante en un movimiento revolucionario y toma la conducción de las naciones, puede resolver la cuestión nacional sin amargura ni división, eliminando los fundamentos mismos de la opresión y la explotación nacional.

Es importante señalar, una vez más, que Lenin se oponía firmemente a la división o separación de las organizaciones o partidos obreros por motivos nacionales. Aplicó el mismo principio al propio partido revolucionario:

El Partido no debe tener una estructura federativa ni formar grupos socialdemócratas nacionales, sino unir a los proletarios de todas las naciones en la localidad dada, realizar la propaganda y la agitación en todos los idiomas del proletariado local, impulsar la lucha común de los obreros de todas las naciones contra toda clase de privilegios nacionales y reconocer la autonomía de las organizaciones partidarias locales y regionales. (Tesis sobre la cuestión nacional, 1913)

Además, como Trotsky destacó en sus escritos, los marxistas no entienden el derecho a la secesión como un respaldo a la separación; más bien, buscan fomentar la unidad y la solidaridad entre las naciones. Lenin aclaró este punto con una vívida analogía:

Tomemos la cuestión del divorcio… Los reaccionarios se oponen a la libertad de divorcio; dicen que hay que «tratarla con cuidado» y declaran a voz en cuello que significa la «desintegración de la familia». Los demócratas, en cambio, consideran que los reaccionarios son hipócritas y que en realidad defienden la omnipotencia de la policía y de la burocracia, los privilegios de uno de los sexos y la peor forma de opresión de la mujer. Consideran que, en realidad, la libertad de divorcio no provocará la «desintegración» de los vínculos familiares, sino que, por el contrario, los fortalecerá sobre una base democrática, que es la única base posible y duradera en una sociedad civilizada…

Acusar a quienes defienden la libertad de autodeterminación, es decir, la libertad de separación, de fomentar el separatismo, es tan necio e hipócrita como acusar a quienes defienden la libertad de divorcio de fomentar la destrucción de los vínculos familiares.(El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

En las notas a la misma obra, Lenin continúa con otro punto que puede resultar bastante chocante para aquellos nacionalistas que lo confunden a él como un nacionalista más, así como para aquellos «marxistas» que se desviven por apaciguar y complacer el nacionalismo:

No es difícil comprender que el reconocimiento por los marxistas de toda Rusia, y en primer término por los grandes rusos, del derecho de las naciones a separarse, no excluye en modo alguno la agitación contra la separación por parte de los marxistas de una nación oprimida determinada, del mismo modo que el reconocimiento del derecho al divorcio no excluye la agitación contra el divorcio en un caso concreto.

Salvo en casos excepcionales, ni Marx y Engels ni Lenin y Trotsky consideraron la creación de nuevas fronteras nacionales o la división de la humanidad en pequeños estados como un desarrollo progresista o positivo. La postura de Lenin era inequívoca: la vanguardia del proletariado debía esforzarse siempre por crear el Estado más amplio posible, basado en la democracia y la igualdad nacional.

Nosotros no propugnamos la conservación de las naciones pequeñas a toda costa; en igualdad de las demás condiciones, somos decididamente partidarios de la centralización y estamos en contra del ideal pequeñoburgués de las relaciones federativas. (Sobre el orgullo nacional de los grandes rusos, 1914)

En años posteriores, Lenin profundizó en este tema:

Exigimos la libertad de autodeterminación, es decir, la independencia, es decir, la libertad de separación para las naciones oprimidas, no porque hayamos soñado con la división económica del país ni con el ideal de los pequeños Estados, sino, por el contrario, porque queremos grandes Estados y una unión más estrecha e incluso la fusión de las naciones, pero sólo sobre una base verdaderamente democrática, verdaderamente internacionalista, que es inconcebible sin la libertad de separación.

Del mismo modo que Marx, en 1869, exigía la separación de Irlanda, no para una división entre Irlanda e Inglaterra, sino para una posterior unión libre entre ellas; no para asegurar la «justicia para Irlanda», sino en interés de la lucha revolucionaria del proletariado inglés, nosotros consideramos igualmente que la negativa de los socialistas rusos a exigir la libertad de autodeterminación de las naciones, en el sentido que hemos indicado anteriormente, constituye una traición directa a la democracia, al internacionalismo y al socialismo. (El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1915)

Aproximadamente un año después, aclaró aún más:

El derecho de las naciones a la autodeterminación significa únicamente el derecho a la independencia en el sentido político, el derecho a la separación política libre de la nación opresora. Concretamente, esta reivindicación política, democrática, implica la plena libertad de realizar una agitación en favor de la separación y la libertad de resolver la cuestión de la separación mediante un referéndum de la nación que desea separarse. Por consiguiente, esta reivindicación no equivale en modo alguno a la reivindicación de la separación, de la división, de la formación de pequeños Estados. Es únicamente la expresión lógica de la lucha contra la opresión nacional en todas sus formas. Cuanto más se aproxime el régimen democrático del Estado a la libertad completa de separación, tanto más raros y débiles serán en la práctica los deseos de separación; pues las ventajas de los grandes Estados, tanto desde el punto de vista del progreso económico como desde el punto de vista de los intereses de las masas, son indudables…

El reconocimiento de la autodeterminación no equivale a hacer de la federación un principio. Se puede ser adversario decidido de este principio y partidario del centralismo democrático, y, sin embargo, preferir la federación a la desigualdad nacional como único camino hacia el centralismo democrático completo. Precisamente desde este punto de vista Marx, aunque centralista, prefirió incluso la federación de Irlanda con Inglaterra a la sumisión forzosa de Irlanda a Inglaterra. (La Revolución Socialista y el Derecho de las Naciones a la Autodeterminación, 1916)

Trotsky consideraba la invaluable obra de Lenin sobre la cuestión nacional como uno de los «tesoros eternos de la humanidad». La política de Lenin hacia las naciones oprimidas no solo aseguró el éxito de la Revolución Bolchevique, sino que también garantizó la victoria del Ejército Rojo en la posterior guerra civil, extremadamente destructiva y sangrienta. Los bolcheviques demostraron con sus acciones que el derecho de las naciones a la autodeterminación no era para ellos una mera consigna. Inmediatamente después de asumir el poder, el gobierno soviético reconoció el derecho de Finlandia a la independencia en menos de una semana y, posteriormente, apoyó la independencia de Ucrania, Moldavia, Lituania, Estonia, Bielorrusia, Polonia y Letonia, entre otros.

Aunque esta fue una tarea sumamente compleja y desafiante en el contexto de la Primera Guerra Mundial, la crisis revolucionaria y la inminente guerra civil, Lenin tuvo que esforzarse intensamente para preparar teóricamente al Partido Bolchevique en la cuestión nacional. Como explica Trotsky:

El Partido bolchevique no adoptó, ni mucho menos, inmediatamente después de la revolución de Febrero, la actitud en la cuestión nacional que, a la larga, había de garantizarle la victoria. Esto era cierto no sólo en las regiones fronterizas, con sus organizaciones partidarias débiles e inexpertas, sino también en el centro de Petrogrado. Durante la guerra el partido se había debilitado tanto, el nivel teórico y político de sus cuadros había descendido de tal modo, que también en la cuestión nacional sus dirigentes oficiales mantuvieron una posición extremadamente confusa y a medio camino hasta la llegada de Lenin… (Historia de la Revolución Rusa)

Esto demuestra que las ideas erróneas, los prejuicios y las dudas nacionalistas y conciliadoras respecto a la cuestión nacional pueden infiltrarse no solo en la clase obrera, sino también en los partidos y organizaciones más revolucionarios de la época, lo que exige una lucha ideológica y política constante, algo que Lenin mantuvo hasta su muerte. Para él, la lucha contra la opresión nacional y el limitado enfoque nacionalista —especialmente el chovinismo del opresor o de la nación dominante— era un proceso continuo, inseparablemente ligado a la lucha por la revolución socialista y la construcción del socialismo.

Es imposible, en el siglo XX y en Europa (incluso en el extremo oriental de Europa), «defender la patria» de otro modo que empleando todos los medios revolucionarios para combatir la monarquía, los terratenientes y los capitalistas de la propia patria, es decir, los peores enemigos de nuestro país…

El papel socialista del proletariado gran ruso, como principal fuerza motriz de la revolución comunista engendrada por el capitalismo, será tanto mayor. La revolución proletaria exige una prolongada educación de los obreros en el espíritu de la más completa igualdad y fraternidad nacional. Por consiguiente, los intereses del proletariado gran ruso exigen que las masas sean educadas sistemáticamente para defender —con la mayor decisión, consecuencia, audacia y espíritu revolucionario— la completa igualdad y el derecho a la autodeterminación de todas las naciones oprimidas por los grandes rusos. (Sobre el orgullo nacional de los grandes rusos, 1914)

Su lucha por desarrollar y defender una política socialista revolucionaria sobre la cuestión nacional continuó incluso después de la Revolución Bolchevique. Por ejemplo, cuando Stalin, como Comisario de Nacionalidades, propuso incorporar a las repúblicas soviéticas independientes de Ucrania, Bielorrusia, Georgia, Azerbaiyán y Armenia a la República Rusa como regiones autónomas, Lenin, a pesar de su grave enfermedad, expresó su enérgica desaprobación e insistió en establecer la Unión Soviética como una federación de repúblicas iguales, obligando a Stalin a ceder. Con el tiempo, la política nacional de Lenin fue ocultada por Stalin y el estalinismo. En consecuencia, tras la muerte de Lenin y el exilio de Trotsky, la burocracia estalinista reaccionaria impuso el dominio y la coerción de Rusia sobre las naciones más pequeñas dentro y fuera de la Unión Soviética, una política sin ninguna relación con el marxismo. Sin embargo, la obra de Lenin sobre la cuestión nacional sigue siendo tan relevante e importante hoy como lo fue durante la Revolución Rusa.

En el contexto actual de nuestra región, la opresión y la explotación de clase extremas han alcanzado un punto álgido, y la cuestión nacional arde con igual intensidad. Son los profundos sentimientos de privación y subyugación nacional los que alimentan no solo los movimientos por los derechos nacionales, sino también las aspiraciones secesionistas. En los últimos años, estos movimientos han presenciado el surgimiento de nuevos líderes, incluyendo jóvenes y mujeres en roles clave. Si bien existen tendencias progresistas y demandas de clase dentro de estos movimientos, también son visibles y, en ocasiones, dominantes, prejuicios reaccionarios vinculados al nacionalismo y a las ilusiones del capitalismo liberal. Una razón para esto es el retroceso temporal de la lucha de clases y la falta de movilización de la clase trabajadora en Pakistán. En consecuencia, la cuestión nacional a menudo se ve a través de una lente nacionalista o la gente deposita su esperanza en instituciones engañosas como las Naciones Unidas o en potencias imperialistas extranjeras.

Sin embargo, estos movimientos no pueden ser ignorados ni desestimados. La privación y la subyugación de Baluchistán, por ejemplo, no pueden ser ignoradas culpando al asesinato de trabajadores no locales (en su mayoría punjabíes), lo cual es sin duda un acto altamente reaccionario y condenable en sí mismo. Por un lado, culpar a toda una nación por los actos de su clase dominante o Estado, o por incidentes de terrorismo individual, es injusto. Por otro lado, equiparar al opresor con el oprimido oculta el largo trasfondo histórico de dominación y explotación, permitiendo que las potencias imperialistas responsables queden impunes. Además, la situación actual pone de manifiesto las limitaciones de la lucha armada y el terrorismo individual, especialmente cuando se llevan a cabo sin condiciones objetivas, desprovistos de teoría revolucionaria y aislados de las masas trabajadoras, impulsados ​​en cambio por un nacionalismo estrecho, la precipitación o el aventurismo, lo que en última instancia conduce a todo el movimiento a un callejón sin salida.

De igual modo, no se puede pasar por alto a la llamada élite política dominante de las naciones oprimidas, que se apoya en el aparato estatal, el clientelismo y el servilismo burocrático. En estas circunstancias, es deber de los revolucionarios, siguiendo el marco estratégico de Lenin, luchar contra todas las formas de subyugación y opresión nacional, esforzándose por unir a los trabajadores de todas las naciones y presentar a las masas un programa socialista revolucionario para resolver todos los problemas acuciantes de la sociedad, incluida la cuestión nacional, mediante demandas de transición. La materialización de este objetivo histórico requiere la intervención en cada movimiento nacional y de clase, no para apaciguar a los dirigentes, sino para ganar a los elementos más conscientes y de vanguardia para el programa.

Dada la complejidad de la cuestión nacional en Pakistán hoy en día, y el asentamiento y la migración a gran escala de diferentes grupos nacionales a través de las regiones, no es exagerado afirmar que si estas sociedades se fracturan por líneas nacionales de manera reaccionaria, como en una guerra civil étnica, la devastación resultante podría eclipsar las masacres ocurridas en Yugoslavia. Sin embargo, la creencia en la teoría científica del marxismo y la lucha por la revolución socialista hacen posible reemplazar este mundo sombrío y explotador por uno nuevo basado en el principio leninista de unidad de la clase obrera de todas las naciones: un mundo en el que no existan privilegios especiales, ningún ser humano sea oprimido por otro y los trabajadores de todas partes comiencen a construir una auténtica cultura humana e internacional sobre bases históricas y materiales más elevadas.